Cuando se habla de Cerdeña, se piensa sobre todo en su maravilloso mar, en sus pequeñas calas entre magníficos acantilados y sus sugerentes paisajes marinos, así como en su naturaleza salvaje y virgen. Pero te aseguro que Cerdeña tiene mucho más.
Cuna de la tradición enogastrómica y con un carácter sencillo pero decidido, Cerdeña debe la autenticidad de sus productos a la abundancia de sol y a su naturaleza virgen, capaces de regalar sabores únicos y genuinos a nuestros productos de tierra y mar y de sorprendernos cada vez como si fuera la primera.
Cuando cierro los ojos y empiezo a saborear las delicias sardas, los sabores fuertes pero, al mismo tiempo, delicados de sus platos me teletransportan a cuando era niña y mi abuela cocinaba para toda la familia. Me da la sensación de poder percibir la historia de mi tierra.

La calidad de los productos, la preparación y el sabor de los platos tienen un valor que va más allá del gusto y cuentan la historia de un territorio y de una cocina similar a la de hace muchos siglos.

La enogastronomía en Cerdeña es una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida; empezando por el pan y la pasta fresca y seca, siguiendo con los segundos como el cochinillo y el cordero o la oveja, y acompañándolos con el pecorino y con un excelente vino local como el Vermentino (Gallura), el Torbato e Cagnulari (Alghero) y el Cannonau (Ogliastra y Nuorese).

Y por último, con todos los dulces típicos, auténticas obras de arte originales: amaretti, pabassini, bianchini, ciambelle y muchos otros.

Incluso los paladares más exigentes terminarán enamorándose de la cocina de Cerdeña. ¡Fíate de mí!