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Si uno piensa en los jardines sicilianos, el primer sitio que le viene a la mente probablemente sea Palermo. Los palacios de la nobleza del Reino de las dos Sicilias probablemente se asocian más a un imaginario de pompa, parterres y carrozas. Además existe en Catania una larga lista de jardines (un poco secretos, como en la novela de Frances Burnett) un poco desconocidos pero de gran efecto. De esos en los que uno se ve bien haciendo un picnic o leyendo un libro. Y no, no estoy hablando de la villa Bellini, el parque municipal más céntrico y conocido.

Jardín de los novicios
Imaginando un tour por el centro histórico de Catania, el primer jardín secreto que me viene a la mente es el de los novicios. Se encuentra en el interior del ex Monasterio de los Benedictinos de la plaza Dante, actual sede del departamento de Humanística de la universidad de Catania. Yo he pasado ahí los años más despreocupados de mi vida. ¿Un consejo? Visitadlo en primavera, mejor si es durante la segunda sesión de los exámenes de los estudiantes. Lleno de vida, allí se pueden escuchar un montón de conversaciones divertidas.

Jardín de la calle Biblioteca
Salid del jardín de los novicios a la hora de la comida, pasad por la Plaza Dante a por algo de comida para llevar y comedlo en el jardín de la calle Biblioteca. Está justo a dos pasos de la entrada de los Benedictinos, enfrente de una placita llena de árboles. En teoría, se trata de una vía pública cerrada en el interior de los muros de la universidad. Lo mejor es que es uno de los lugares donde el trabajo del arquitecto Giancarlo De Carlo, que ha rehabilitado todo el complejo monástico, se funde perfectamente con las plantas. Hasta hace unos meses, en el interior de un parterre había un gran algarrobo dedicado a los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. Ahora, desgraciadamente, ya no existe.

Los patios del Palazzo Biscari
Hace años trabajaba en una oficina del Palacio Biscari. Es, para entendernos, uno de los edificios nobiliarios más extraordinarios y mejor conservados de toda Sicilia. Tanto que dentro hasta los Coldplay quisieron grabar un video. Además de, vale, Carmen Consoli. Ella, sin embargo, es catanesa y, por tanto, jugaba en casa. No me había parado nunca a mirarlo bien hasta que un día, más o menos en mayo, me encontré con la más increíble floración de buganvillas que jamás había visto hasta ese momento. Había una luz tan limpia que tuve la necesidad de fotografiarla tres veces. Sin conseguir nunca mostrarla tan perfecta como era.

El Huerto botánico de Catania
También esta vez es culpa de un puesto de trabajo. Estaba en el autobús y pasaba por la calle Etnea cuando, mientras leía un poco distraída, pasamos delante del Huerto botánico. Yo me he aficionado porque de pequeña me habrán llevado de excursión con el colegio miles de veces. Y aún ahora que soy un poco más mayor, lo aprecio mucho más (por lo demás, está abierto y las guías son muy espabiladas y amenas) Lo fundó un monje benedictino y todas las veces que tengo que imaginar la lección de Herbología de Hogwarts la pienso ahí dentro.

A mis 26 años, puedo decir que no conozco la fiesta de Catania. Siempre me han contado historias sobre que esta ciudad era la Milán del sur, la Seattle de Europa: se tocaba música en directo en todos los rincones, solo se bailaba rock y el estadio se llenaba para un concierto de los Rem, que venían a la ciudad gracias a un productor discográfico catanés. Para que conste: ese concierto del que hablo – era el año 1995– lo abrían los desconocidos Radiohead, y el resto es historia. De esa ciudad no tengo ningún recuerdo. Sin embargo, me gusta mucho un local que ahora está casi siempre vacío y en el que hace tiempo iba a cantar Carmen Consoli cuando todavía nadie imaginaba que llegaría hasta Nueva York, con esa voz y ese acento.

La «radiante Catania» de esos años fue sustituida, mientras tanto, por otra ciudad. Dividida entre quien mira con nostalgia al pasado y quien, en cambio, reinventa todos los días el futuro. Y es esta la Catania que prefiero, la que por la noche se encuentra en los mismos lugares. Pero no como hace un tiempo, cuando salir significaba ir a la plaza Teatro Massimo. Ahora está lleno de pequeñas calles y otras tantas pequeñas plazas plagadas de personas. Barriles minúsculos para vinos buenos, o para cervezas artesanales, o para lo que prefieras. Porque de todas maneras, con esta nueva fiesta democrática y segmentada, hay opciones para todos los gustos.

Via Santa Filomena

Si hay que hablar de gusto, entonces comenzamos con la calle gourmet de Catania. Metafórica y literalmente en boca de todos. Uno cerca del otro, negocio tras negocio, en via Santa Filomena están casi todos los mejores restaurantes de la ciudad. O, al menos, los que responden a las tendencias del último periodo: japonés, cocina fast food deluxe, productos típicos con una presentación nueva y un gran plato de envergadura. En via Santa Filomena está la sala de té con muffins y cheesecake, el negocio de las albóndigas, la hamburguesería de renombre – de tal éxito que ha abierto también en Palermo -, la pizzería más famosa y el sushi bar para llevar. Todo en un espacio chiquitín para vivir (aplausos a quien haya pillado la cita de Disney) que, después de la cena, cambia de cara y llena los dos bares con mesitas fuera y la cerveza a buen precio.

Plazoleta Goliarda Sapienza

Bienvenidos a San Berillo, el renacer de un barrio En San Berillo hay una comisión de ciudadanos que hace muchísimas cosas, un museo como un oasis y la plazoleta Goliarda Sapienza, dedicada a la poetisa y escritora que dedicó sus mejores años a ese barrio. Hace poco, en esa plaza, ahora hermosa gracias a la pintura de un artista, abrió un local. Pasé por allí una noche, después de haber comido en un restaurante vegano cerca de allí, y había tanta gente que causaba impresión. Pensé: «¿Has visto lo que puede hacer un buen barrio cuando crees en él?».

Plaza Federico di Svevia (zona Castillo Ursino)

Aquí nosotros diríamos «‘na iuta e du sivvizza». Que sería algo así como «Matar dos pájaros de un tiro». O, como en el caso de la zona del Castillo Ursino, más de dos. Mientras tanto se va a ver el Castillo del rey que lo mandó construir, Federico de Svevia. Es un museo y dentro organizan bonitas exposiciones. Después se sale por la entrada principal y se va más allá de la carretera, a la derecha. Allí donde las aceras están delimitadas por cubiertas de coche pintadas y usadas como jardines urbanos. Esta zona, desde hace un tiempo, se llama Piazza dei Libri, la plaza de los libros. La creó una asociación cultural que realiza actividades en el barrio y se llama Gammazita: si te fijas bien, es una biblioteca al aire libre. Llegas, coges un libro, te sientas en los palés, lees un rato y te puedes ir. Sin embargo, si llegas de noche, difícilmente encuentres sitio. Hay quien, incluso, se lleva la silla de casa. Y lo más bonito es saber que eso antes era un aparcamiento abusivo, y ahora si la gente se queda de pie no es por los coches.

Lo primero que impresiona de Catania cuando se llega de fuera, me dicen, es que es una ciudad negra. Yo nunca me había parado a pensar en ello, visto que, habiendo crecido aquí, para mí ciertos colores eran absolutamente normales. Lo pensé cuando estaba en Edimburgo y, mientras charlaba con un amigo español (me gusta decirlo porque a veces la geografía sabe ser divertida), él me dijo «Catania, qué ciudad tan fea. He estado allí y no volvería nunca». Yo me quedé fatal. Porque, a pesar de reconocer todos sus defectos, estoy profundamente enamorada de mi ciudad. Tanto como para haberme quedado aquí cuando habría podido irme lejos.

Le pedí más explicaciones a mi amigo español. «Es una ciudad oscura –me dijo–. Todos esos edificios negros, todas esas calles negras, te hacen sentir angustia». Encima él, antes de visitar Catania, había estado en Ortigia, en Siracusa. Y Ortigia es el centro histórico blanco por excelencia. De un blanco tan puro que es casi cegador. Ortigia se abre al mar, es una especie de terraza. Catania es prácticamente todo lo contrario. Por lo que no es extraño que, viniendo de un lugar completamente diferente, la capital etnea pueda provocar un efecto particular. «Y, además, déjame que te lo diga –continuó mi amigo español–, no entendí para nada ese elefante en la plaza principal».

Reflexioné durante un tiempo sobre esta historia de mi Catania fea y oscura y decidí que, en realidad, mi amigo español no la había observado bien. Entendí que no se había parado lo suficiente. Porque en realidad Catania es oscura porque es negra como la lava del volcán en el que está ubicada. El Etna la expulsa roja e incandescente, pero cuando se seca se vuelve durísima y del color de la pez. Y los cataneses, a quienes se nos da muy bien transformar las desgracias en oportunidades, la hemos usado para construir allí los edificios que las catástrofes naturales nos han destruido periódicamente. Catania es negra porque está hecha de lava, y la hemos remodelado del mismo modo porque esa es su identidad y no podíamos cogerla y eliminarla.

Piazza Duomo, via Etnea, via Crociferi: los lugares simbólicos de la ciudad están construidos con los materiales que la montaña –para nosotros el volcán es una chica– nos ha dado. Después de haberlos destruido todas las veces que ha tenido la oportunidad. Y nosotros, pacientemente, los hemos reconstruido todas esas veces. Mejores que los anteriores. Por ejemplo, hay una cosa que a menudo se tiende a olvidar: el estilo con el que se construyó la Catania de hoy tiene un nombre propio. Se llama «barroco siciliano», con un marcada personalidad en la zona de Catania. En 1693 un terremoto derribó todo lo que pudo, y el estilo imponente con el que se levantaron después los edificios siempre me ha parecido un desafío. Algo así como: «¿Y ahora? ¿Crees de verdad que todo esto puede derrumbarse?».

Hasta ahora aguanta, y está allí. Oscuro, sí, gracias a la alternancia de la piedra lávica de la que hablábamos. Pero también tan lleno de significados escondidos en las formas. Por ejemplo, descubrí hace pocos días que las fachadas de las iglesias, cuando tienen curvas, hay que saber leerlas. Si la fachada es convexa, entonces es una iglesia dedicada a un personaje de sexo masculino. En cambio, si la fachada es cóncava, entonces la iglesia está dedicada a un personaje femenino. Una cuestión de iconografía, me dijo un experto en la materia. El vientre materno a un lado y la exuberancia masculina al otro. Un encaje perfecto que, después de haber oído hablar de él, empecé a buscar por las calles de la ciudad. Dos ejemplos: la iglesia de la Colegiata, en via Etnea. y la iglesia de San Michele ai Bianchi, en via Vittorio Emanuele. Que además, no hace falta decirlo, son también un bonito paisaje sin pensar demasiado en las ondas de la arquitectura.

«Ni siquiera el mar tiene país, pertenece a quienes lo escuchan». Catania tiene una relación con el mar tan profunda como complicada. Lo sabía bien Giovanni Verga, que en la novela «Los Malavoglia» citada arriba describe una práctica a la que los cataneses se acostumbran desde niños: contemplar el mar. En verano, en primavera, en otoño o en invierno. En todas las estaciones el mar etneo es diferente; es una diferencia que se percibe observándolo desde lejos, mientras las olas rompen contra la piedra negra de la lava del Etna. Sin embargo, los mejores sitios para observar el Mediterráneo casi siempre están fuera de los itinerarios turísticos de las guías. En realidad ese es el motivo por el que puedes estar seguro de que allí solo encontrarás a los que han nacido o crecido en esta ciudad.

El muelle de Levante

No hay lugar que sintetice mejor Catania que el muelle de Levante. Se encuentra dentro del puerto y se llega a él desde la entrada de la calle Dusmet o desde la parada de metro. Es, como su propio nombre indica, un muelle. Creo que es el lugar más bonito de la ciudad en los hermosos días de sol, que son la mayor parte de los días en Sicilia. Delante está el mar, el Etna detrás, las cúpulas de los edificios más bonitos que se elevan sobre las casas. ¿Algo mejor? Hay quien va a correr allí por las mañanas; otros, en cambio, se adentran en las escolleras para tomar un almuerzo rápido. Además están también los pescadores. Nadie lo diría, pero muchos son jóvenes universitarios que van en busca de un poco de tranquilidad.

El puerto de Ognina

No lo puedo evitar, pero todos los puertos deportivos que han conservado su forma de puerto pequeño me producen un efecto inmediato de calidez en el corazón. Porque me recuerdan que vivo en una ciudad cuyos cimientos son su relación con el mar y eso me hace sentir aún más isleña. O, como dijo en una ocasión Carmen Consoli (la cantante que ha dado a conocer el nombre de Catania en todo el mundo), me hace sentir aún más «sirena», incapaz de estar lejos de la playa. Y así en el puerto de Ognina, con los barcos pesqueros con nombres de mujer y las gaviotas que vuelan a ras del agua, la ciudad se mece en el mar.

El mirador de Santa Caterina

De día para dejarse conquistar por su belleza, de noche porque es el lugar más romántico de todos. El mirador de Santa Caterina está a las afueras de Catania. Para llegar hay que ir en coche y llegar a las puertas de Acireale, tras un trayecto de unos quince minutos. Después hay que parar en esta placita con un par de bancos, una barandilla y el mar abajo. Que también puedes visitar si quieres. Porque hay una escalera —con cerca de 500 escalones— que lleva hasta la playa de piedras negras. Antiguamente, desde el mirador se observaba cómo los barcos enemigos intentaban atracar en la zona de Catania. Hoy se puede observar la reserva natural que lo rodea. Es uno de los puntos más sugerentes de la Sicilia oriental.

Cuando estaba en bachillerato, había una librería cerca de mi instituto que me encantaba. No me acuerdo ya del nombre, pero era muy grande y dentro había un montón de géneros y una variedad completamente inesperada. Los escaparates estaban siempre llenos de los libros más vendidos del momento o los éxitos literarios, pero solo había que entrar y hablar con una de las propietarias y en seguida el mundo era más bonito y se llenaba de historias, escritores y personajes. Tuve una pasión especial por aquel lugar hasta que cerró. Sufrí mucho en su momento, y me encariñé con otra librería –que dentro tenía también un salón de té–, que cerró también un tiempo después. En  Catania no se puede decir que haya pocas librerías, pero también sienten la crisis económica y de los lectores. Sin embargo, hay al menos tres que resisten de forma tan agradable que no se puede no ir a verlas.

Vicolo Stretto
Es el fruto de la pasión de la propietaria y un lugar tan adorable en el que pasaría horas y horas. Es muy pequeña, se encuentra en vía Santa Filomena y tiene al lado un callejón muy estrecho (vicolo stretto en italiano) del que toma el nombre. Organizan siempre muchas actividades en la librería, como presentaciones de libros, lecturas y debates. Lo que impresiona es la elección de los textos: no está todo, pero sí mucho. Y, sobre todo, hay cosas bonitas. Tal vez no tenga todos los superventas, pero seguro que sí encuentras los autores locales, los textos comprometidos y, sobre todo, los buenos consejos de quien vive de los libros y de quien ha elegido transmitir su pasión. Hay que apoyar los lugares así. Para conocer una parte del espíritu de la Catania que se mueve.

 

 

Macondo wine and book cafè
Leer un libro bebiendo una copa de vino, o una infusión, o una cerveza artesanal. Macondo surgió de repente en vía Vittorio Emanuele y ocupa una callecita estrecha y característica, cerca de vía Landolina y plaza Teatro Massimo, es decir, los lugares símbolo de la ajetreada movida ciudadana. Sin embargo, la librería es en realidad un oasis de paz y serenidad. Desde las mesitas de dentro –el mobiliario está hecho principalmente de materiales reciclados– hasta las mesitas de fuera se respira el aire de casa y del tiempo que se resiste a pasar. Yo he tenido allí largas conversaciones en verano y en invierno, y he pasado muchas horas leyendo sin que nadie me molestara. Macondo, como el pueblo ficticio del que toma el nombre, es un lugar encantado. De vez en cuando tocan música en directo y con DJ, pero si quieres tranquilidad solo tienes que informarte y evitar esas actividades.

Prampolini
La librería histórica por excelencia. Está en vía Vittorio Emanuele –pero bastante lejos de Macondo– y abrió en 1894, cuando también se encuadernaban libros. Toma el nombre de Giuseppe Prampolini, que la levantó. Durante muchos años la llevaron los Prampolini, hasta que tras la muerte de Romeo –de quien la librería toma el nombre actualmente– recayó en manos de un discípulo. La librería Prampolini es un salón literario, además de un lugar con atractivo histórico. Los locales son los mismos desde hace más de cien años, las estanterías son de época y muchos de los textos que hay expuestos tienen un enorme valor histórico, además de literario. Para entendernos: ahí dentro se encuentra lo mejor de la literatura catanesa y el mobiliario no ha cambiado desde entonces. Vale, no será sentarme en el mismo sofá de Vitaliano Brancati lo que me convierta en un intelectual brillante, pero tal vez ayude un poco.

Hace algunos meses, en un determinado momento, tuve que participar por motivos de trabajo en la realización de un anuncio publicitario. «Qué guay –dije enseguida–. Es precioso». Sí, es cierto, es precioso, solo que el tiempo era poco, hacía falta un lugar muy bonito, cerrado, con largos pasillos y, a la vez, con habitaciones muy abiertas. Tenía que ser también un lugar que fuese relevante artísticamente. Uno de esos lugares que cuando los ves, te quedas con la boca abierta y piensas que querrías vivir allí solo para disfrutar de él todos los días. Al final optamos por el ex Monasterio de los Benedictinos, pero no antes de que yo terminara de estudiar buena parte de las ambientaciones etneas que el cine ha llevado a la gran pantalla. Elegí cinco.

«Una notte blu cobalto» (Una noche azul cobalto) por Catania de noche, o mejor, Catania de noche en Vespa. Es una película independiente grabada por completo en la ciudad. El protagonista, –interpretado por Corrado Fortuna,  artista con una larga trayectoria que además se ha revelado como un gran escritor– sube a una Vespa de color azul cobalto y lleva pizzas de un lado a otro. En un momento determinado, gira alrededor del elefante del Duomo y se ve una parte de vía Garibaldi con su «fortino», una de las antiguas puertas de acceso a la ciudad, y es ahí cuando se me corta el aliento.

«Besos perdidos» por la Porta della bellezza. Se habló mucho de ello cuando grabaron esta película en Catania. Lo hicieron en Librino, un barrio periférico, el mismo en que nació y continuó la experiencia deportiva de los Briganti, mi equipo de rugby preferido. Por cierto, de esta película también me gustan mucho las escenas en moto. Hay un par de ellas preciosas en las que la protagonista femenina pasa cerca de un puente pintado de azul. Es la Porta della belleza, el regalo de un mecenas y de muchísimos artistas al barrio. Trabajaron en ella los niños de las escuelas, la realizaron con sus propias manos y nadie la ha tocado nunca. Está ahí, íntegra e intacta, y conmemora el compromiso.

«La tierra tiembla» por los farallones de Aci Trezza. Estudié esta película en la universidad y todavía hoy debo dar las gracias a esa bonita asignatura porque aprendí muchísimas cosas sobre el cine. Por ejemplo, aprendí a mirarlo con un ojo algo más crítico que antes. Los farallones de Aci Trezza (esas rocas enormes en medio del mar) son el escenario de esta obra de arte de Luchino Visconti, que había partido para hacer un documental y al final hizo una película basada en la historia de Los Malavoglia  de Giovanni Verga. De haber estado en su lugar, yo también me habría dejado inspirar por ese paisaje.

«La novicia» por la Ermita de Sant’Anna. Después de Luchino Visconti, es el turno de Franco Zeffirelli. La historia es claramente la de la novela en la que se inspira (otra novela de Verga, solo para dejar claro que estoy algo obsesionada), pero centrémonos únicamente en el lugar: la Ermita está en un pueblecito que se llama Aci San Filippo. Tras una mañana en el mar con los farallones de Trezza, se coge un camino y se sube toda una colina. La iglesia, muy pequeñita, está ahí arriba. Y delante hay una plaza con una vista preciosa.

«Palombella rossa» por las Termas de Acireale. Que, por cierto, son un lugar precioso. Nanni Moretti grabó una película tan propia de su estilo que es imposible no citarlo, en especial por el diálogo entre el deportista Michele Apicella y la pobre periodista atrapada en los lugares comunes. La escena ha hecho historia: «Ma come parla? Ma come parla? Le parole sono importanti» («¿Pero cómo habla? ¿Cómo habla? Las palabras son importantes»), grita el alter ego del director sentado en el borde de la piscina etnea.

El dialecto siciliano es una lengua extremadamente fascinante, principalmente por su capacidad de evocar imágenes familiares, asociándolas a significados inesperados. El proverbio «cu mancia fa muddichi», por ejemplo, se traduce como «quien come suelta migajas». Es una forma como cualquier otra para explicar que quien tiene boca se equivoca. Pero siempre es mejor equivocarse por acción, que no equivocarse por omisión.

Una filosofía con la que me identifico totalmente, y que describe en parte el espíritu dinámico y emprendedor de los catanesi (habitantes de Catania). Uno de los motivos por el cual el proverbio «cu mancia fa muddichi» me gusta tanto es porque habla de comida, aunque sea de forma metafórica. Y la comida, para quien vive a la sombra del Etna, es algo con lo que no se bromea.

La revitalización de la street food es tendencia en los últimos años. La comida a pie de calle se ha transformado en una experiencia sensorial, realizada por grandes y distinguidos chefs. En Catania se reinterpreta esta forma de cocina en las mesas de los restaurantes, y, pese a que abundan las versiones, a los catanesi les sigue gustando más soltar las migajas en la calle. En la capital del Etna la ruta de la street food es una experiencia culinaria de 360 grados y puede estar seguro de que no deja hueco en el estómago. Es cierto que para vegetarianos y veganos hay menos opciones, pero aun así existen propuestas para todos los gustos. El tema económico es algo que ni siquiera se plantea. La comida en la calle está concebida para ser barata, y con pocos euros se puede disfrutar de una colmada pitanza. ¿Qué es lo que no deberíamos dejar de probar?

Su majestad el arancino

En Catania es masculino y es el auténtico. En Palermo es femenino (arancina) y pretende ser una versión más sofisticada. Nosotros lo preferimos estofado, con unos buenos trozos de carne de vacuno y cocido en su salsa con guisantes. Casi no hace falta explicar que se trata de una albóndiga de arroz empanada y frita. La textura crujiente de la cobertura es garantía de calidad y además con la cocción del arroz no es fácil atinar. Los granos deben quedar bien enteros porque de lo contrario se pierde la mitad de su sabor. ¿Cuál es el más famoso? El arancino de Savia, el histórico bar de la Via Etnea, frente a la Villa Bellini. Es una visita obligada. ¿La alternativa vegetariana al estofado? El arancino alla catanese: tomate, berenjena frita y ricotta salata. También se recomienda probar el arancino al pistacho de Bronte.

La carne de caballo

Para los catanesi es una especie de institución. Se come en restaurantes tradicionales y en carnicerías que permanecen abiertos durante la noche y encienden sus braseros para cocinar la carne en medio de la calle, en Via Plebiscito. Es un espectáculo, sin duda, colorido que tiene cabida en las principales guías turísticas de la ciudad. Yo además propongo otra alternativa: en la zona del Castello Ursino, a pocos pasos de la Piazza del Duomo, hay un montón de restaurantes con mesas al aire libre y que sirven buena carne. Y es menos caótico y más familiar que Via Plebiscito. Hay que probar sin falta la cipollata (tocino envuelto en un tallo de cebolleta fresca) y las albóndigas de carne de caballo, además del clásico escalope llamado fettina. ¿La alternativa vegetariana? La ensalada de la abuela: buen aceite, tomates de Pachino, cebolla roja de Tropea y, para quien quiera, además ricotta salata. La salsa del aderezo se rebaña religiosamente con un buen trozo de pan casero.

La morcilla

Se puede decir más alto pero no más claro: se trata sangre de cerdo embutida dentro de la tripa del cerdo. En el dialecto lo llamamos sangele y se asemeja a una salchicha, pero con una forma más regular. Yo no la había probado nunca en Catania hasta que la pedí en una versión transalpina mientras estaba de vacaciones en Lyon, gracias a mi ignorancia de la lengua francesa. Cuando me trajeron el plato pensé en devolverlo, pero al final decidí probarlo y me pareció suculento. En Catania se suele comer a menudo en la calle, en Via de la Concordia. O también en la Pescheria, el histórico mercado de pescado que abre sus puertas cada mañana cerca de la fontana dellAmenano de la Piazza del Duomo. ¿La alternativa vegetariana? En este caso no existe. Con frecuencia los que venden morcilla también despachan un poco de vino para passare la bocca, es decir, para limpiar el paladar del intenso sabor del plato. El vino en cuestión es el zibibbo, un vino de licor un poco dulce. A mí personalmente me encanta.

La cipollina

Es un hojaldre relleno de cebolla caramelizada, tomate y mozzarella. A veces lleva solo estos ingredientes y es en sí mismo un buen plato también para el que no come carne. Otras veces, en cambio, al relleno además se le añade jamón prosciutto. Existen otras versiones apócrifas en las que el rollo de masa se rellena con cebolla y champiñones, o con cebolla, aceitunas y espinacas. Las posibilidades son infinitas y todas son respetables, aunque el sabor de la tradición es muy difícil de superar. ¿Dónde probarla? En el Laboratorio de Via Napoli, un lugar imprescindible en la tarde noche de los catanesi con denominación de origen. Una buena noticia es que desde hace un tiempo se ha ampliado este local y ha creado además una sección para celíacos. Se trata de un rincón muy popular. Hay quien dice que es el mejor sitio donde tomar un refrigerio (la cipollina se sirve en un pezzo, es decir, en porciones) sin ni siquiera darse cuenta de que no hay gluten de por medio.

La segunda ciudad más grande de la isla de Sicilia es un atracón de impresiones para los sentidos. Sus límites los pone el mar y el inmenso volcán del monte Etna. Parece como si el volcán vigilase a la ciudad, pero esta no ha dejado de reinventarse tras las históricas erupciones y terremotos. Catania, fundada por colonos griegos en el s.VIII aC, es predominante azul y cobalto, y llana: se extiende desde la montaña como una sábana hasta llegar al mar Jónico. Es una amalgama de culturas, de nostalgia y alegría. Si eres amante de la buena gastronomía, prepárate para deleitarte con multitud de productos autóctonos. No todo lo que brilla en Italia es pasta: descubre sus típicos arancini, una explosión de sabor. Contempla la espectacular arquitectura de sus anchas calles. Sientáte en la Piazza del Duomo y abre bien los ojos.

Autor: Luisa Santangelo

Lo primero que impresiona de Catania cuando se llega de fuera, me dicen, es que es una ciudad negra. Yo nunca me había parado a pensar en ello, visto que, habiendo crecido aquí, para mí ciertos colores eran absolutamente normales. Lo pensé cuando estaba en Edimburgo y, mientras charlaba con un amigo español (me gusta decirlo porque a veces la geografía sabe ser divertida), él me dijo «Catania, qué ciudad tan fea. He estado allí y no volvería nunca». Yo me quedé fatal. Porque, a pesar de reconocer todos sus defectos, estoy profundamente enamorada de mi ciudad. Tanto como para haberme quedado aquí cuando habría podido irme lejos.

Le pedí más explicaciones a mi amigo español. «Es una ciudad oscura –me dijo–. Todos esos edificios negros, todas esas calles negras, te hacen sentir angustia». Encima él, antes de visitar Catania, había estado en Ortigia, en Siracusa. Y Ortigia es el centro histórico blanco por excelencia. De un blanco tan puro que es casi cegador. Ortigia se abre al mar, es una especie de terraza. Catania es prácticamente todo lo contrario. Por lo que no es extraño que, viniendo de un lugar completamente diferente, la capital etnea pueda provocar un efecto particular. «Y, además, déjame que te lo diga –continuó mi amigo español–, no entendí para nada ese elefante en la plaza principal».

Reflexioné durante un tiempo sobre esta historia de mi Catania fea y oscura y decidí que, en realidad, mi amigo español no la había observado bien. Entendí que no se había parado lo suficiente. Porque en realidad Catania es oscura porque es negra como la lava del volcán en el que está ubicada. El Etna la expulsa roja e incandescente, pero cuando se seca se vuelve durísima y del color de la pez. Y los cataneses, a quienes se nos da muy bien transformar las desgracias en oportunidades, la hemos usado para construir allí los edificios que las catástrofes naturales nos han destruido periódicamente. Catania es negra porque está hecha de lava, y la hemos remodelado del mismo modo porque esa es su identidad y no podíamos cogerla y eliminarla.

Piazza Duomo, via Etnea, via Crociferi: los lugares simbólicos de la ciudad están construidos con los materiales que la montaña –para nosotros el volcán es una chica– nos ha dado. Después de haberlos destruido todas las veces que ha tenido la oportunidad. Y nosotros, pacientemente, los hemos reconstruido todas esas veces. Mejores que los anteriores. Por ejemplo, hay una cosa que a menudo se tiende a olvidar: el estilo con el que se construyó la Catania de hoy tiene un nombre propio. Se llama «barroco siciliano», con un marcada personalidad en la zona de Catania. En 1693 un terremoto derribó todo lo que pudo, y el estilo imponente con el que se levantaron después los edificios siempre me ha parecido un desafío. Algo así como: «¿Y ahora? ¿Crees de verdad que todo esto puede derrumbarse?».

Hasta ahora aguanta, y está allí. Oscuro, sí, gracias a la alternancia de la piedra lávica de la que hablábamos. Pero también tan lleno de significados escondidos en las formas. Por ejemplo, descubrí hace pocos días que las fachadas de las iglesias, cuando tienen curvas, hay que saber leerlas. Si la fachada es convexa, entonces es una iglesia dedicada a un personaje de sexo masculino. En cambio, si la fachada es cóncava, entonces la iglesia está dedicada a un personaje femenino. Una cuestión de iconografía, me dijo un experto en la materia. El vientre materno a un lado y la exuberancia masculina al otro. Un encaje perfecto que, después de haber oído hablar de él, empecé a buscar por las calles de la ciudad. Dos ejemplos: la iglesia de la Colegiata, en via Etnea. y la iglesia de San Michele ai Bianchi, en via Vittorio Emanuele. Que además, no hace falta decirlo, son también un bonito paisaje sin pensar demasiado en las ondas de la arquitectura.

En Catania encontrarás multitud de playas idílicas por las que pasear despreocupado y vivir la esencia de la mezcolanza de ciudad y naturaleza. Pero si lo que quieres es visitar una playa diferente a todo lo demás, pasea hasta el pequeño puerto de la playa volcánica, conocida como San Giovanni Li Cuti. El color oscuro, a causa de las rocas volcánicas, le da un aspecto inusual,

como de paisaje galáctico, estancado en el tiempo. Y es que el enigma del Etna encierra infinidad de historias y leyendas. El choque de las olas ha ido puliendo las rocas conformando un insólito paraje de aspecto irregular. Estas playas están menos frecuentadas por los turistas, pero son muy recomendables de ver por su extraña belleza.

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