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La Bourse du travail (bolsa del trabajo), un palacio «Art déco» que debe descubrir en Burdeos

¿»Art déco» en Burdeos? La pregunta no es tan extraña como puede parecer en un principio. Se suele elogiar la arquitectura del siglo XVIII de Burdeos, su fachada fluvial, su sector mejor conservado. No obstante, aparte de los caminos más conocidos de su patrimonio, Burdeos nos reserva algunas joyas desconocidas. La Bourse du travail, edificio emblemático del estilo «Art déco», es sin duda uno de los máximos exponentes de estas maravillas olvidadas y abandonadas, que es imperativo descubrir.

Por deseo del entonces alcalde de Burdeos, Adrien Marquet, que quería ofrecer un «palacio del trabajo» a los sindicatos, la Bourse du travail fue inaugurada el 1 de mayo de 1938: un hermoso regalo simbólico a los obreros de Burdeos y de su región. Jacques d’Wells, el arquitecto municipal, diseñó el edificio mientras que varios de los mayores artistas bordeleses aportaron su grano de arena en la decoración y en la exaltación de las riquezas de Burdeos.

El tiempo pasó y la Bourse du travail ya no es el centro de reunión de los trabajadores, aunque el sindicato de la CGT sigue utilizando sus dependencias unas horas a la semana. Ha estado a punto de desaparecer. La cuarta planta fue destruida y reconstruida de forma idéntica debido a su estado de deterioro; y la fachada, cuya renovación está siendo terminada, está cubierta con una red para evitar que caigan fragmentos de hormigón sobre los transeúntes.

A pesar de su situación en una arteria muy concurrida de Burdeos, que lleva a la plaza de la Victoria y, más adelante, a la estación, no se le presta mucha atención. Cuando se atraviesa la vía del Cours Aristide Briand en coche, en taxi, en bus, en bicicleta o a pie, siempre es con prisa y no se tiene tiempo de deambular. El barrio no incita particularmente a pasear y no forma parte de los circuitos turísticos. Debido a la falta de espacio, resulta difícil admirar este imponente edificio en su conjunto. Lo austero de las puertas vidriadas y la ausencia de paneles informativos desalientan igualmente a los curiosos que carecen de atrevimiento.

Pase entre las últimas puertas a la derecha, como me gusta hacera a mí, y entrará en un sorprendente universo. Silencioso y amplio, el gran vestíbulo de la planta baja nos evoca el palacio de la bella durmiente. Algún que otro panel con carteles instalado aquí nos recuerda la finalidad del edificio, dedicado a los trabajadores.

Pero no se quede ahí, diríjase hacia las majestuosas escaleras. En el primer piso, se hallan los ocultos tesoros de la Bourse du travail. La gran sala, con capacidad para 1500 personas, y que yo he visto invadida de casetas de obra, cuenta con un escenario cuyo fresco fue confiado al pintor Jean Dupas. En torno al escudo de armas de Burdeos, imaginó una composición colorista y llamativa con la diosa Fama tocando la trompeta, Baco en evocación del vino o personajes exóticos en recuerdo del pasado colonial de Burdeos.

Las dos imágenes que la rodean no le van a la zaga. A la derecha, Camille de Buzon representa el puerto con los rasgos de una diosa de rubios cabellos que eleva un navío por encima de su cabeza. De un lado, se aprecia a los bordeleses y bordelesas en sus tareas cotidianas; y, del otro, los productos coloniales que entran a Francia y a Europa por el puerto de Burdeos. En segundo plano, se distinguen los arcos del Pont de pierre (puente de piedra). André Caverne, en el fresco lateral, representa la arquitectura bordelesa: la fachada fluvial, la Grosse Cloche (el gran campanario) o el Gran Teatro.

En la estancia de la izquierda, François-Maurice Roganeau enaltece el vino y los viñedos. Un personaje lánguido ante un cuerno de la abundancia rebosante de uvas ocupa el centro de la composición. Está rodeado de vendimiadores de todas las edades con sus cestas, y de hombres, vaso de vino en mano, que disfrutan al son del acordeón. Al fondo, Apolo domina a sus caballos. El fresco superior de Albert Bégaud exalta el bosque de las Landas con sus helechos y pinos.

Al abandonar el lugar, dese la vuelta para contemplar en la fachada del edificio el bajorrelieve del parisino Alfred Janniot, una obra dedicada también a la gloria de Burdeos.

La fábrica Jules Vieillard, aunque cerró en 1895, mantiene una relación particular con los bordeleses. Las familias de largo abolengo de Burdeos aprecian especialmente la muy variada producción de porcelana de esta empresa, que dio empleo a varios centenares de personas. Y yo no soy una excepción.

Hasta donde se remonta mi memoria, siempre he conocido Vieillard. De niña solía divertirme en las comidas de familia descifrando los jeroglíficos de los platos de postre Vieillard. Más tarde me enteré de que la producción de la fábrica instalada en los Chartrons no se limitaba a esos platos. En los rastros de Burdeos y en el mercadillo de Mériadeck, ya desaparecido, pude comprobar la infinita variedad de objetos de la fábrica Vieillard.

Existen numerosos artículos Vieillard de servicio de mesa. Los más sencillos fueron fabricados en serie y la porcelana presenta motivos monocromáticos estampados. Otros son más sofisticados, con esmaltes en relieve. Y también están los pedidos especiales, como el de la Cámara de Comercio e Industria de Burdeos para sus armas heráldicas, con su imponente centro de mesa adornado con delfines.

Las vajillas no deben hacernos olvidar lo demás: menaje de baño, grandes platos decorativos, péndulos, pilas monumentales, jarrones, floreros, maceteros, jardineras, fuentes ¡e incluso acuarios! Y también están las estatuas y estatuillas: angelotes, delfines, Venus con concha o paragüeros con garzas, por nombrar solo los más conocidos.

¿Cómo reconocer un Vieillard? Nada más sencillo para un neófito. Basta con dar la vuelta al objeto y observar la firma en el envés. Ciertas técnicas son, además, propias de Vieillard, como el esmalte “cloisonné” o alveolado. De hecho, fue Amédée de Caranza quien la introdujo en Vieillard. Este hombre fue un verdadero enigma, ya que se sabía que había trabajado en Burdeos pero se ignoraba dónde había nacido, así como su carrera profesional anterior y posterior. Intrigada por este talentoso personaje sobre el que se contaban tantas incongruencias, me lancé a investigar. Acabé por descubrir que Amédée de Caranza nació en Constantinopla en 1843, se trasladó con su familia a París, donde trabajó antes de venir a Burdeos y de marcharse a Estados Unidos alrededor de 1890, para luego interesarse por el vidrio, de nuevo en Francia, hasta su fallecimiento en Suresnes en 1914.

Para continuar impregnándome del espíritu Vieillard, me doy una vuelta por el Museo de Artes Decorativas de Burdeos, que posee varios Vieillard, visito los anticuarios de la calle Notre-Dame y el domingo por la mañana acudo al mercadillo de Saint-Michel o al rastro de Quinconces, que es de temporada. También me gusta observar el restaurante La Belle Epoque para admirar los paneles Vieillard que decoran su sala desde el suelo al techo. Y cuando enfilo la calle David Johnston, vuelvo a pensar en este antiguo alcalde de Burdeos, negociante de vinos, predecesor de Jules Vieillard, al que vendió su fábrica de porcelana en 1845.

Sorprendente configuración en Burdeos del cine Utopia, instalado, en pleno dentro de la ciudad, en el interior de una iglesia abandonada. Este entorno fuera de lo común le da más encanto a este cine de arte y ensayo.

Durante varios años, cuando iba a comprar velas a la pequeña fábrica de Bourdy, en la calle de la Saint-Siméon, siempre avanzaba un poco más, hasta la plaza de Camille Jullian, para echar un vistazo a un edificio en deterioro. Qué pena me daba ver la antigua iglesia de Saint-Siméon totalmente expuesta a la intemperie, gris, decrépita, y haciendo las veces de aparcamiento. Era tan solo la última de las muchas peripecias que venía viviendo la iglesia.

Hay pocas iglesias en cuyo interior se hayan desarrollado actividades tan dispares. Antiquísimo lugar de culto de Burdeos modificado con el paso del tiempo, la iglesia de Saint-Siméon fue clausurada en la Revolución Francesa. Hasta ahí, todo dentro de lo normal. Sin embargo, enseguida se convirtió en una fábrica de salitre. El salitre después se mezclaba con azufre y carbón para elaborar pólvora de cañón. En 1833, los hermanos Laporte crearon allí una escuela naval para los grumetes y novicios, así como un gimnasio. A finales del siglo XIX se instaló allí una conservera.
Se cuenta que allí se inventó el abrelatas para las latas de sardinas. Yo no me lo acabo de creer, porque hay otras regiones de Francia y otros países que también reivindican este invento. Después tocó una tienda de bicicletas, y, finalmente, el parking.

En 1999, el Utopia tomó el relevo. Este cine de arte y ensayo, con una programación rigurosa y libre, también organiza veladas de debate. En el hall de la entrada han puesto un pequeño restaurante. Me encanta recorrer este espacio anclado en el tiempo, cálido y acogedor, hojear los periódicos o leer los folletos colocados sobre los muebles religiosos, que no desentonan con las vidrieras. Me imagino oir los gritos alegres de los marineritos que se formaron allí.

A veces también me siento en la terraza que da a la plaza de Camille Jullian. Camille Jullian es un nombre que me sigue trayendo recuerdos, ya que así se llamaba mi instituto, también conocido cariñosamente como «Caju». Camille Jullian fue un famoso historiador que solía enseñar en Burdeos y su gran obra sobre la Galia sigue siendo una referencia. Sin embargo, seamos sinceros. La cafetería del Utopia también está estratégicamente situada para hacer un alto en el camino al ir de compras entre la calle de Sainte-Catherine, donde se encuentran las grandes marcas, la calle de Pas-Saint-Georges, y las calles de alrededor del casco antiguo de Burdeos, donde están las tiendas más modernas.

Hay cosas con las que no se juega. Y las especialidades de Burdeos son una de ellas. Algunos, víctimas de su éxito, se imitan en el resto de país. El cannelé o canelé es, sin lugar a dudas, el pastel más famoso. La bonita historia según la cual las hermanas del Convento de la Anunciación habrían elaborado esta receta en el siglo XVIII se considera que es falsa. Pero esto no impide ir a visitar este antiguo convento donde ahora se encuentra la Dirección Regional de Asuntos Culturales.

El cannelé ha conocido altos y bajos y ha vuelto a resurgir a principios del siglo XX. Hecho con harina y con yema de huevo, se cocina en un molde de cobre acanalado que le da su forma y su nombre. Es crujiente y marrón por fuera y esponjoso por dentro. Me encanta oler la vainilla y el ron que lo aromatizan. Tradicionalmente entraban en Francia por el puerto de Burdeos. Vuelvo a probar todas las variantes fantasiosas. Cuando voy de visita, no me olvido de llevarles a mis amigos algunos canelés, de los más grandes, que no se secan tan rápido como los canelés pequeños.

También están de moda los macarrones, que se pueden elaborar en los sabores más variados y que mezclan a veces el dulce y el salado y exhiben sus llamativos colores. Para mí solo existe un macarrón, el de Saint-Emilion. Bonito y modesto, se elabora desde 1620 a partir de una receta de las antiguas religiosas de Saint-Emilion a base de almendras dulces y almendras amargas.

Los puits d’amour existen también fuera de Gironda, pero el de Maison Seguin con su crema Chiboutz caramelizada por arriba es de una sutileza infinita. Esta pastelería, instalada desde 1952 en Captieux, à 90 km de Burdeos, acaba de abrir una tienda en esta ciudad. Cuando íbamos a ver a mis abuelos a Tarbes, solíamos parar en Captieux para llevar unos puits d’amour.

La dune blanche, una creación más reciente, debe su nombre a la Duna de Pilat, en la cuenca de Arcachón. El profiterol con nata es bastante traidor. Pues es más rico de lo que te crees. Por último, la galette des rois que durante la Epifanía provoca enfrentamientos familiares. Aunque es más chauvinista, prefiero la galette parisina rellena de crema de almendras. Mi hermana solo conoce la «bodelesa», un roscón con masa de brioche recubierta con grandes trozos de azúcar.

La vivienda bordelesa suele ser diferente de lo que se imaginan los viajeros a raíz de las guías turísticas. Al explorar la ciudad se constata que, en los barrios donde realmente residen los bordeleses, las calles están repletas de casitas típicas, las «échoppes».

A diferencia de los inmuebles nobles cuyas fachadas bordean los muelles dieciochescos que dan fama a la ciudad de Burdeos, las «échoppes» tienen un lado modesto que me resulta emocionante. En Burdeos, la palabra «échoppe» no significa tiendecilla (su acepción francesa habitual), sino que hace referencia a estas casitas humildes antaño ocupadas por trabajadores. Además, se construyeron durante el siglo XIX.

La «échoppe» bordelesa obedece a ciertas reglas arquitectónicas: es de piedra y de una sola planta. Puede ser sencilla o doble. La «échoppe» sencilla tiene un pasillo lateral y una o dos ventanas en la fachada, mientras que la «échoppe» doble se distribuye en torno a un pasillo central. Las «échoppes» a veces se suceden a lo largo de la calle, pero también pueden intercalarse entre inmuebles más altos, lo cual crea un efecto algo cómico.

Por lo general, su superficie oscila entre 60 y 80 m². De acuerdo con su configuración, la «échoppe» consta de tres salas consecutivas; la central es algo oscura, pues carece de ventanas. Tradicionalmente incluye un patio o pequeño jardín en la parte trasera. Sin lujos.

Y a pesar de esta exigüidad y de la estandarización de los planos de estas casas, lo que me impresiona es que sus propietarios a menudo les han dado un toque personal para diferenciar su «échoppe» de la del vecino de al lado. Así que siempre recorro las calles en busca de un pequeño detalle esculpido en la piedra. A menudo se trata de un motivo, como por ejemplo una hoja de acanto sobre la puerta, tan solo para dar algo de relieve a la fachada.

Pero también observo guirnaldas de flores que realzan un dintel, ramos o cestas de frutas sobre las ventanas, jambas en relieve, columnas que bordean puertas y ventanas… La escasa superficie de estas fachadas no impide los destellos de fantasía, a los que soy especialmente sensible. Incluso descubrí en la calle Guillaume Leblanc una «échoppe» de estilo Art Nouveau profusamente decorada con flores, en los arcos redondeados de las ventanas y de la puerta de entrada. Una pequeña maravilla. Cuando visito este barrio, siempre me desvío para ir a contemplarla. A veces me acompañan amigos, que quedan inevitablemente deslumbrados ante tal abundancia.

En la actualidad las «échoppes» son muy codiciadas. Muchas veces, sus nuevos propietarios únicamente preservan la fachada; derriban los tabiques, amplían sobre el jardín y construyen un piso adicional sobre el techo. La gran cantidad de «échoppes» presentes en el territorio de Burdeos explica que la ciudad se desarrollara como una yuxtaposición de casitas.

Las ciudades están vivas y sus barrios van transformándose, al igual que sus edificios. En Burdeos, el distrito de la Bastida encierra todo un universo olvidado, vinculado al pasado industrial de la ciudad. Un paseo conmovedor y singular.

La Bastida fue, durante años, un barrio de la ribera derecha del Garona en el que nunca me hubiera adentrado. Las casas abandonadas y los vestigios de las fábricas no me atraían precisamente.  Pero se comenzó a hablar de proyectos de revitalización y se me antojó dar una vuelta para apreciar el encanto de este arrabal caído en el olvido.

Burdeos nunca tuvo verdadera vocación industrial, si bien en la Bastida se concentraban las fábricas más representativas,tales como Motobloc, célebre marca de automóviles de lujo y de carreras, por la que sentía un cariño especial, puesto que mi abuela trabajó en ella para fabricar munición para la guerra. Un millar de personas, en su mayoría mujeres, se dedicaron a esta labor. La fábrica, inaugurada en 1902, cerró sus puertas en 1961. No queda nada de ella más que una magnífica puerta de entrada, obra de Alfred Cyprien Dupras.

El gigantesco complejo formado por la caserna Niel y los almacenes generales de la Gironde también terminó por desaparecer. La empresa de los almacenes generales había levantado cuatro  depósitos en 1868 para custodiar mercancías, que el Estado le expropió en 1874 para construir la caserna Niel. Luego vinieron el abandono, el deterioro, los ocupas… En 2011 comenzó la primera etapa de la reconquista con el proyecto Darwin, una rehabilitación basada en un modelo respetuoso con el medio ambiente para dar cabida a empresas y asociaciones. Le Magazin Général, bistró-comedor y tienda de alimentación biológica a pie de calle, cuya terraza ocupa el vestíbulo, es el lugar de reencuentro por excelencia de Darwin.

Pero antes de sentarme a tomar un té, recorro la gran vía central, rodeada de cobertizos, aún presa del abandono desafiante del tiempo y de los saqueos, escenario de grafitis pintorescos y puertas entreabiertas que baten a voluntad del viento, como si tuvieran vida propia.

A lo lejos, los antiguos depósitos ferroviarios de 1852 que antes atravesaban los trenes. Fueron arrasados por un incendio cuando ya habían dejado de estar operativos, pero acaban de cobrar una nueva vida; ahora albergan los archivos municipales de Burdeos. Este imponente edificio industrial ha recuperado su potencia arquitectónica, anclado sobre su gran armazón de piedra. Echo de menos sin duda el hotel Ragueneau, del siglo XVII, situado en el centro de la ciudad, donde llevaba a cabo mis investigaciones y cuya puerta rodeaba una impresionante glicina. No obstante, se tomaron esquejes de esta planta legendaria de Burdeos para que la glicina florezca en la nueva ubicación de los archivos, en la Bastida, como símbolo del eterno retorno.

Toda ciudad se expresa a través de su arquitectura y Burdeos no es una excepción. Tiene sus códigos, que es interesante conocer para no obviar sus especificidades.

Burdeos no sería Burdeos sin su arquitectura dieciochesca, sus edificios clásicos en piedra rubia, sus muelles y su Sector Salvaguardado. Este patrimonio es uno de los principales puntos destacados de Burdeos, que le valió, en gran parte, la catalogación de la UNESCO. Por falta de tiempo, muchas veces no aprecio este marco excepcional en su justa medida. No obstante, cuando me es posible, ralentizo el paso para observar los detalles con toda tranquilidad.

Los mascarones son, sin duda, los elementos decorativos más fáciles de detectar, situados sobre las ventanas cuyo arco subrayan. Esculpidos en la piedra, suelen representar el rostro de un hombre o una mujer, a veces sobre un fondo de conchas o de hojarasca. Estas representaciones rememoran la mitología: Zeus y Baco son evocados con frecuencia. Algunos sátiros se extienden sobre las fachadas, y están también los grotescos, una especie de monstruos, que siempre resultan. Me encantan los leones, que rugen con la dentadura bien visible. Estos mascarones aparecen en múltiples variaciones y son muy numerosos, puesto que al ser adornos de tamaño reducido, eran menos costosos.  Florecieron en el siglo XVIII, su gran época. Además, el intendente Tourny, responsable de la ordenación de Burdeos en aquella época, los fomentaba. Otros más recientes, que datan del siglo XIX, no son más que copias. Sin embargo, mi satisfacción no se ve mermada. Los mascarones, cincelados con mayor o menor finura sobre la piedra, por lo general están bastante bien conservados. Algunos hay que han perdido la punta de una oreja o de la nariz por culpa del granizo o del hielo y no se han sometido a una operación de cirugía estética.

Otro complemento de los inmuebles bordeleses es el hierro forjado. Lo he podido observar en el hueco de la escalera de hoteles como el Boyer Fonfrède, el cual un día visité. Lo construyó el arquitecto Victor Louis, autor del Gran Teatro de Burdeos, en la esquina de la calle Chapeau Rouge con la plaza Jean-Jaurès. El hierro forjado que hace de rampa destaca con gran elegancia el movimiento en espiral de la escalera. Lamentablemente, no puedo adentrarme en todos los inmuebles particulares, pero me fijo en las repisas de las ventanas y las barandillas de los balcones. ¿Mis preferidos? Los balcones con voladizo cuya curvatura encaja con las volutas y los arabescos presentes en los motivos del hierro forjado.

Por último, busco con obstinación y perseverancia las aldabas.  Cuanto más voluminosas, más hermosas son. Los ferreteros que las forjaban podían dar rienda suelta a su vena creativa. Por desgracia, veo que cada vez abundan menos. Algunas han sido robadas; otras, desmontadas por el propietario para evitarlo.

Le Petit Commerce es una cantina de pescadores más que un restaurante elegante de marisco pero, a pesar de las pocas florituras, tiene su propio bar de moluscos y sirve el mejor marisco de Bordeaux. Justo en el corazón de Arcachon, región francesa famosa por sus ostras y mejillones, este local es un favorito de los lugareños y está situado justo en la esquina de la histórica.

Place du Parlement. Siéntate en una de sus pequeñas mesas con mantel a cuadros y pide unas ostas en escabeche, un cocido de marisco al estilo del País Vasco, mejillones servidos con una salsa rica en ajo u otras delicias marinas que podrás elegir de entre el listado escrito en tiza en la pizarra.

El Burdeos más chic está repleto de museos interesantes y fantásticos, pero si quieres visitar un lugar extravagante y curioso de verdad tienes que ir a un museo al que casi nunca llega ningún turista: La Maison de L’Eau. Único en toda Francia (y seguramente más allá de sus fronteras), el museo dedicado al

agua, La Maison de L’Eau, es un bizarro país de las maravillas, donde poder ver y tocar estrambóticas exposiciones, artefactos maravillosamente eclécticos y algunos experimentos de genio chiflado centrados en el húmedo mundo del H2O.

¿Te apetece un paseo tranquilo por la Orilla Derecha de Burdeos? Consigue las mejores vistas (y las mejores fotos) de esta ciudad Patrimonio Mundial de la Unesco dando la espalda a los autocares de turistas que llegan a oleadas para ver el Gran Teatro neoclásico y otras grandes atracciones.

En su lugar, gira por el Pont de Pierre de Napoleón hacia la Orilla Derecha del río, y pasea por los jardines botánicos mientras admiras, sin nadie a tu alrededor, la increíble panorámica sobre las bellas fachadas barrocas de la ciudad.

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