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A todos los diseñadores del mundo, ya seáis profesionales o aficionados, ¡este es el concurso que estabais esperando!

Nos hemos asociado con ShowUsYourType, un proyecto creativo que nació en 2009 y que ofrece una plataforma en la que artistas y diseñadores de todo el mundo pueden compartir su talento mientras exploran ciudades desde una perspectiva única.

Durante los últimos 10 años, ShowUsYourType ha explorado 26 ciudades, colaborado en 10 exposiciones alrededor del mundo, participado en conferencias internacionales, organizado talleres de tipografía y protagonizado infinidad de artículos.

Volotea y ShowUsYourType compartimos la misma pasión por viajar, por estimular el sentido aventurero y por servir de inspiración para explorar el mundo. Por eso, nos hemos unido para organizar el concurso «Design & Fly» en 3 ciudades diferentes a lo largo de 3 meses.

¿Te gustaría participar? Solo tienes que seguir estos pasos.

  1. Elige la ciudad y la fecha que más te convengan.

Ciudad n.º 1: Venecia (Italia), del 1 al 28 de mayo

Ciudad n.º 2: Bilbao (España), del 1 al 28 de junio

Ciudad n.º 3: Nantes (Francia), del 2 al 28 de julio

  1. ¡Síguenos para encontrar inspiración! 

Para cada ciudad, Volotea compartirá en Facebook (facebook.com/volotea) y en Instagram (instagram.com/volotea) diferentes publicaciones para ayudar a explorar cada cultura.

  1. Crea el cartel que mejor describa la ciudad utilizando tu propio estilo. 

Nuestro único requisito es que debe incluir el nombre de la ciudad elegida (Venecia, Nantes o Bilbao). El resto es cosa tuya. No dudes en usar interpretaciones, ilustraciones, dibujos a mano, fotografías, postales… ¡todo lo que se te ocurra! Venga, ¡sorpréndenos!

  1. Envía tu cartel a través de la plataforma de ShowUsYourType.com. 

El formato del cartel debe tener un tamaño de 396 px (ancho) × 559 px (alto). Recuerda guardar el archivo .jpg poniéndole tu nombre.

  1. Al final de cada mes, se realizará una selección de los mejores carteles.

Los participantes elegidos verán sus diseños publicados en todas nuestras plataformas, así como en una exposición. Si eres una de las personas seleccionadas para la exposición, guarda el cartel en formato A3 con 300 ppp.

¡¡Manos al diseño!!

Una exposición que atrae, en años alternos, a visitantes de todo tipo, tanto profesionales como profanos.

A finales del mes de mayo da comienzo una cita ineludible: la Bienal de Arquitectura, que podrá visitarse hasta el 25 de noviembre en Venecia.

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Esta exposición está consagrada al arte (al que debe su nacimiento en 1895) y a la arquitectura en años alternos. La muestra de esta edición —que lleva por título «Freespace» y cuyo montaje corre a cargo de dos diseñadoras, Yvonne Farrell y Shelley McNamara— analizará los espacios como parte fundamental de la arquitectura con un debate sobre su uso.

Un paseo por los senderos arbolados de los Jardines que albergan la exposición permite visitar los pabellones históricos de los distintos países, donde se exhiben las ideas del sector que, cada año, versan sobre un tema específico.

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A aquel «Common ground» de la edición de 2012, cuyo hilo conductor era el interrogante sobre cómo organizar el espacio compartido, le siguió en 2014 una investigación sobre la arquitectura contemporánea y futura con el título de «Fundamentals».

En 2016, la exposición «Reporting from the front» ponía el foco de atención sobre los distintos desafíos a los que se enfrenta la arquitectura.

La exhibición de nuevas formas y el uso de nuevos materiales a menudo dotan a los proyectos de cierta provocación deliberada para suscitar o despertar el interés o la toma de conciencia del visitante.

Aunque nunca me pierdo este evento tan interesante, debo confesar que, como les sucede a muchos profanos en la materia, a menudo las propuestas que aquí se exponen me resultan graciosas o incomprensibles.

A pesar de todo, este evento —al igual que su exposición gemela dedicada al arte— es la excusa perfecta para darse un paseo por Venecia. Después de los pabellones de los Jardines, a pocos minutos a pie, la visita continúa en el entorno incomparable del Arsenal.

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De camino, dependiendo de la hora, se puede disfrutar de uno de los muchos restaurantes típicos italianos disponibles o, si todavía no es momento de almorzar, degustar cualquier pincho o «cicchetto» típico para acompañar una copa de vino.

Además, los eventos especiales y la serie de encuentros secundarios a la exposición brindan la oportunidad de visitar otros lugares de la ciudad para, de este modo, adentrarnos en las nuevas ideas y tendencias de la arquitectura de todos los países del mundo. Una oportunidad que supera con creces cualquier visita típica de Venecia.

Una visita a un museo único en el mundo que, a través del retrato de la sociedad del siglo XVIII, nos conduce por la vida y obra del personaje veneciano más famoso.

No existe ningún otro personaje que haya nacido y vivido en Venecia como Giacomo Casanova, conocido en todo el mundo y al que acompaña una fama perpetua que sigue generando interés.

En el nuevo museo Casanova, ubicado en el Palacio Papafava, se ilustra su vida: mientras sube los escalones, el visitante ya empieza a sumergirse en el siglo XVIII veneciano y, si deja volar un poco la imaginación, podrá verse rodeado de nobles y adinerados mercaderes con sus damas, todos ellos vestidos con ropas brillantes de damasco y sedas preciosas, ascendiendo también por esa misma escalinata.

Una sociedad, aquella del siglo XVIII veneciano y europeo, cuya esencia puede captarse al recorrer las salas del museo y observar las reconstrucciones de los ambientes en los que se desenvolvía nuestro carismático personaje.

Una historia, aquella de su tumultuosa y fascinante vida, a caballo entre amoríos y juegos de azar, amistades poderosas y poderosos enemigos, que lo llevó primero a los calabozos del Palacio Ducal y, luego, tras una rocambolesca fuga, a deambular por las cortes y las ciudades más importantes de la época: Viena, París, Moscú, Madrid o Barcelona.

Casanova era un hombre de su tiempo, culto y refinado, aventurero y espía, seductor y jugador empedernido, aunque también literato y estudioso.

Por todo esto, el personaje, su vida y sus romances fueron los protagonistas de diversas películas —la primera de 1934 y la última de 2005—, que ocupan también una sala del museo.

A través de la exposición de imágenes, ilustraciones y pequeños objetos cotidianos de la época, el visitante puede hacerse una idea de la vida del personaje e, incluso, gracias a la tecnología, convertirse durante unos minutos en el propio Casanova.

Un visor de realidad virtual disponible en una de las salas permite sumergirse en la Venecia del siglo XVIII y rodearse de bellas damas y amigos que acuden a saludar para, de este modo, vivir en primera persona instantes de la vida de Casanova.

Una experiencia divertida e inolvidable para cualquier visitante, quien gracias a la disponibilidad de guías en diez idiomas, no querrá abandonar este museo para regresar a la época actual. Un visitante que agradecerá a Casanova el buen rato que le ha hecho pasar y que, quizás, se marche con un poco de envidia por su fascinante vida.

Una idea para cambiar los recorridos turísticos típicos y abarrotados de gente por una caminata entre el mar y la naturaleza en un lugar al que llegar fácilmente desde la plaza de San Marcos.

Con la llegada del buen tiempo, quizás sientas la necesidad de encontrar algún rincón tranquilo, alejado del mundanal ruido de los puntos más concurridos de la ciudad, en busca incluso de un reencuentro con la naturaleza.

El paseo que te sugerimos discurre a lo largo de los espigones o «murazzi» y te conducirá hasta el pueblecito de Malamocco, en el Lido.

El recorrido puede realizarse a pie, en un par de horas, o alquilando una bici en uno de los arrendadores de S. Maria Elisabetta, nada más bajar del vaporetto en el Lido.

A pie, una vez hayas caminado todo el Gran Viale, el itinerario se adentra en la playa. Si continúas hacia la derecha por el arenal, llegarás hasta la entrada de la carretera que discurre a lo largo de los «murazzi» y a la que, si vas en bicicleta, llegarás siguiendo el paseo marítimo.

Los «murazzi», construidos en la época de la República de Venecia, estaban formados por grandes bloques de piedra procedentes de la costa de Istria. Su finalidad era proteger la parte inferior del litoral de la furia del mar y de la erosión para, de este modo, garantizar la seguridad y la navegación en la laguna.

Si bien, tras la gran inundación de 1966, estas barreras se reforzaron, la pequeña carretera que las atraviesa por encima todavía ofrece un panorama inusual y fascinante: a un lado, el espectáculo del mar Adriático —que, si el tiempo acompaña, invita incluso a darse un chapuzón— y, al otro, una hilera continua de juncos y zarzas que esconden de la vista la civilización y que, de vez en cuando, permiten encontrar restos de fortificaciones austríacas y de búnkeres que datan de la II Guerra Mundial.

En un determinado punto del descenso por unos pequeños senderos hacia el núcleo de población, este se disipa y te verás envuelto por el sonido del mar y el silbido del viento hasta que, casi por arte de magia, surge un campanario que indica la llegada a meta del paseo.

Otra senda que desciende entre zarzas y juncos, parecería que hacia ninguna parte, conduce al visitante hasta Malamocco, al que se accede por el bonito y pintoresco «Ponte di Borgo» para el reencuentro con un rincón de la Venecia del pasado.

Un breve paseo permite admirar en la plaza la iglesia y la Casa del Podestà. En las inmediaciones también es posible ver algunos brocales de pozo con la insignia del león marciano.

Ha llegado el momento de disfrutar de los dos restaurantes disponibles para degustar platos de pescado regados con una copa de vino blanco, siempre en compañía de los clientes locales inmersos en sus parloteos.

En el lugar también existen un par de «hoteles con encanto» y, al atardecer, desde la terraza sobre la laguna desde la que se puede admirar Venecia a lo lejos, es posible que surja la inspiración, como le ocurrió a Hugo Pratt, el creador de Corto Maltese, que ambientó aquí algunas viñetas de sus tebeos.

Visita algunas fortificaciones costeras en un recorrido histórico, a pocos pasos de Venecia, en el centenario de la Primera Guerra Mundial.

Durante estos últimos años se han celebrado distintos actos para conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Concluirán este 2018, cuando se cumplen cien años de la firma del armisticio entre los bandos enfrentados, que marcó el fin de este trágico e importante suceso.

Hace cien años Venecia vivía la guerra en primera persona. Blanco frecuente de los bombardeos aéreos enemigos, sufrió víctimas civiles y daños a su patrimonio artístico, como recuerdan las placas que se pueden encontrar en multitud de fachadas de iglesias y casas venecianas.

Basta con recordar el bombardeo del hospital civil y el de la Iglesia de los Descalzos, que derrumbó el techo y el fresco de Tiepolo que representaba la Traslación de la Casa de Loreto, cuyos restos se conservan en la Galería de la Academia.

La ciudad y su Arsenal militar, importante base naval con talleres y establecimientos para la producción de armamento junto a la cercana escala para hidroaviones en la isla de Sant’Andrea, constituían un importante objetivo militar. Tuvo una importancia especial después del retroceso de las líneas italianas tras la derrota de Caporetto, cuando el frente llegó a alcanzar el río Piave, a menos de treinta kilómetros de la ciudad.

Para defender Venecia y su mar se habían construido grandes complejos de baterías costeras, imponentes obras de defensa a lo largo del litoral de Punta Sabbioni, en Cavallino Treporti, a poca distancia del centro de la ciudad. Algunas de ellas todavía se pueden admirar hoy en día, aunque ahora forman parte de algunos de los numerosos complejos turísticos y campings que se levantan a lo largo de esta costa.

Batería Amalfi, Batería Pisani, Batería S. Marco y Batería Radaelli son los nombres de estas fortificaciones de defensa. Entre ellas, la Batería Pisani, bautizada en honor al comandante veneciano que derrotó a los genoveses en la Guerra de Chioggia, ha sido recientemente recuperada del deterioro y el abandono en el que se hallaba y se ha transformado en un lugar para el recuerdo de estos trágicos sucesos.

La visita al interior de la batería puede realizarse de marzo a noviembre, siguiendo el interesante recorrido museístico a través de las estancias, y discurre tanto por la historia de su construcción como la de su reciente recuperación. La extensa exposición de restos de distinto tipo encontrados durante los trabajos de restauración, tanto militares como del día a día, permite entender cómo era la vida durante esos años y dentro de las baterías para los soldados de la guarnición.

Todavía hoy en día existe una carretera que lleva el nombre de «Via delle Batterie» en el lado de la costa que se asoma al mar, cerca de la cual se levantaban estos complejos fortificados. Del lado de la laguna aún se pueden ver las altas construcciones de las torres telemétricas de detección, necesarias para el avistamiento de los objetivos enemigos y la dirección de los cañonazos, hoy abandonadas o destinadas a otros usos.

Para los amantes de la historia reciente, un paseo en bicicleta por estas zonas puede constituir una alternativa interesante a la usual visita a Venecia y una oportunidad para descubrir interesantes recorridos naturales, que también pueden visitarse en bicicleta, en las zonas de la laguna Norte.

Entre pedaladas, siempre viene bien realizar una pausa en una de las muchas trattorias de la zona para disfrutar de un almuerzo con productos típicos. En verano, se puede además finalizar la larga excursión con un chapuzón en una de las numerosas playas.

La zona que rodea Venecia, a pocos kilómetros de distancia del centro de la ciudad, ofrece muchas ideas interesantes para visitar lugares cuya construcción se remonta a tiempos muy lejanos.

Esta amplia zona del Véneto, habitada desde el Neolítico, fue ocupada primero por poblaciones sedentarias de vénetos y a continuación la colonizaron los romanos, formando parte de la “Regio X Venetia et Histria”,cuya capital era la ciudad de Aquilea, que es hoy uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del norte de Italia. Aquí surgieron importantes centros urbanos, como Iulia Concordia, la actual Concordia Sagittaria, y Altino, importante ciudad a lo largo de las vías imperiales Annia, que se unía mediante la vía Postumia a Aquilea, el puerto del Adriático, a Génova, el puerto del Tirreno, y a la vía Claudia Augusta, que llevaba a la antigua región del Nórico, que correspondía a parte de las actuales Austria y Baviera.

Por lo tanto, Altino representaba un importante cruce por grandes arterias y se desplegaba por la zona inclinada de la laguna, por lo que también era un importante centro marítimo portuario para tráfico y comercio. De este importante asentamiento quedan pocos restos visibles, como algunas partes del trazado de la Vía Annia, mientras que en el nuevo museo arqueológico, que abrió hace pocos años, se exponen restos hallados en la zona que muestran sin duda alguna la historia desde el Neolítico hasta los tiempos del gobierno romano.

Una reconstrucción de cómo debía ser la ciudad, expuesta en el museo, nos da una idea del tamaño del centro habitado en el que, al igual que en todas las ciudades de la época romana, no faltaba ni el foro ni el anfiteatro para los espectáculos.

Al subir a la torre del museo puedes contemplar el campo que lo rodea y, cerrando los ojos, imaginar cómo podía ser esa próspera ciudad, importante centro del comercio marítimo del Adriático.

Según investigaciones y teorías recientes, fueron los habitantes de Altino los que iniciaron la colonización de las islas de la laguna trasladándose a Torcello, tras el probable enterramiento de los canales navegables que impedían el acceso a las aguas de la laguna, y por lo tanto al mar, a las naves con sus cargas y mercancías.

Para llegar a la nueva sede del Museo de Altino de Venecia puedes utilizar el servicio de la empresa ATVO, cogiendo el autobús de la línea 25A a Piazzale Roma y, en unos 20 minutos, llegas al museo.

Llega el momento de hacer la maleta, la miramos vacía y pensamos: ¿qué vamos a necesitar?

Es el paso irremediable antes de una escapada de varios días. Los billetes ya están impresos o descargados en el teléfono móvil, el hotel está reservado por internet, y la maleta aguarda abierta para llenarse con lo que nos acompañará en nuestra travesía.

¿Y qué es lo que vamos a necesitar?

Pues todo depende de la estación del año, porque lo que vale para el verano no servirá para otras épocas más frías.

Tanto es así, que queremos saber si hará frío o calor en nuestro anhelado destino. ¿Y si además llueve?

Así que disipamos nuestras dudas acudiendo al ordenador. Allí, trataremos de averiguar qué tiempo hará en el sitio elegido en la época del año en la que viajaremos huyendo de la rutina diaria del trabajo, la casa y los compromisos habituales, en búsqueda de una experiencia diferente, en un punto de la geografía totalmente nuevo con rostros desconocidos.

En mi caso, los imprescindibles de mi maleta de viaje son mi cámara de fotos y un par de objetivos para poder saciar mi pasión por la fotografía.

No obstante, para los que no sean fotógrafos, les resultará suficientes una pequeña cámara compacta o incluso el teléfono móvil.

Entonces, si vamos a Venecia, ¿qué es lo que no debe faltar en la maleta, teniendo en cuenta que se trata de un destino romántico, cultural y, a la vez, ocioso?

Si se viaja en febrero, la máscara es casi una imposición necesaria para confundirse en el carnaval de Venecia y pasear por la ciudad en el más divertido anonimato, como hacía el mismísimo Casanova. Aunque, por lo visto, no era el único que aprovechaba estas celebraciones para acudir a apasionados encuentros.

De todas formas, no es necesario llevar la máscara en la maleta, ya que existen numerosas tiendas y puestos que ofrecen una amplia variedad de modelos para todos los gustos y presupuestos, desde las más sencillas, de cuya expresión máxima es la clásica bauta, hasta las más elaboradas.

Sin embargo, nuestro equipaje será diferente si viajamos en verano, ya que será imprescindible un traje de baño.

Y es que no hay mejor forma de poner la guinda a una larga caminata admirando los tesoros de la ciudad por sus callejuelas y plazoletas que escapándonos al Lido, donde una playa pública espera al final del Gran Viale. Allí, podremos liberarnos de la fatiga causada por el calor y la humedad del verano sumergiéndonos en un refrescante baño.

Y para sorpresa de muchos, otra estación ideal para descubrir las maravillas que esconde Venecia es el otoño, ya que es entonces cuando una niebla envuelve esta mágica ciudad creando unas imágenes que parecen casi irreales. Resulta especialmente espectacular el fenómeno que sucede sobre todo en noviembre, conocido como «acqua alta» y que consiste en unas mareas tan altas que inundan la mayor parte de la ciudad.

Por eso, una vez más, el contenido de nuestra maleta vuelve a cambiar, y aquí es obligado llevar unas botas de agua para perderse por sus calles con tranquilidad, aunque a veces la marea sube tanto que nos empaparemos si nuestras botas no son lo suficientemente altas.

Tal vez sea para muchos una propuesta inusual y desconcertante, sin embargo, resulta una opción real y fácilmente alcanzable. Cuando los cielos están despejados, después de que varios días de viento de tramontana o bora soplen tan fuertes que dejan el firmamento limpio de nubes, tanto que podemos vislumbrar su tono cerúleo como si de un cuadro de Canaletto se tratase, podemos contemplar cómo las montañas que conforman el telón de fondo tras Venecia parecen tan cercanas que podemos palparlas con nuestras manos.

Y es que desde el aeropuerto Marco Polo se puede acceder a dos tesoros que aguardan en los Dolomitas, una cadena montañosa de una belleza tan extraordinaria que ha sido declarada patrimonio de la humanidad. El primero es Cortina, la protagonista indiscutible que se encuentra a solo una hora y media. Y la otra es el macizo de la Marmolada, a cuyo pie se puede llegar en solo dos horas y media.
Numerosos aficionados a los deportes de invierno acuden cada año a estos dos fabulosos destinos. Además de por el encanto de su valle, Cortina es famosa por su vida social y comercial. Sus calles ofrecen al visitante una gran variedad de boutiques de moda, además de poseer una amplia oferta en pistas de esquí y remontes que disponen de todos los niveles de esquí alpino, esquí de fondo y snowboard.

Es imposible no caer rendido ante las maravillosas vistas que se divisan desde las cumbres de las montañas Tofana, Cristallo y Faloria. Y para poner la guinda a este destino exclusivo, el visitante puede saborear la gastronomía típica en los diversos refugios de montaña que encontrará entre un descenso y otro.

Tomamos como punto de salida la localidad Malga Ciapela para coger el funicular de la Marmolada, donde a través de sus tres tramos podremos alcanzar la cima de Punta Rocca, situada a 3265 metros de altura. En este enclave se han inaugurado recientemente dos ascensores panorámicos que facilitan el descenso al glaciar inferior, así como el acceso a las pistas de esquí que se comunican con el Dolomiti Superski, el complejo de esquí más grande del mundo.

Asimismo, las pistas de la Marmolada son un punto de conexión con la Sellaronda, una de las rutas de esquí más impresionantes de toda la región alpina, la cual se puede recorrer en un día rodenado el macizo del Sella y cruzando los cuatro puertos dolomitas de Campolongo, Gardena, Sella y Pordoi. Sin duda, esta será una experiencia para el recuerdo, ya que los amantes del esquí pueden exprimir al máximo este trepidante deporte mientras contemplan unos paisajes espectaculares.

En la segunda estación del teleférico de Serauta se encuentra el único museo de Europa a 3000 metros de altitud, dedicado a la Primera Guerra Mundial, un duro episodio que también sufrió la población de esta región.

El visitante dispondrá de una amplia oferta hotelera para pasar la noche, tanto cerca de las instalaciones de Malga Ciapela como en los pueblos de los alrededores, entre los que se encuentra Sottoguda, un perfecto ejemplo de aldea que gracias a su excelente estado de conservación es considerada una de las más bellas de Italia.

Desde este precioso lugar, a través de un increíble paisaje rodeado de cascadas de hielo, se puede dar un paseo inolvidable por el cercano Serai, el único cañón de los Dolomitas.

Desde el aeropuerto de Venecia hay conexiones en minivans o minibuses para visitar estos destinos, y en el camino de regreso, después de haberlo dado todo en las pistas de esquí, podremos aprovechar para alojarnos en una relajante estancia en Venecia antes de emprender el camino de vuelta a casa.

Detrás de la conocidísima imagen turística, la ciudad ofrece también otras visiones.

La ciudad sobre el agua por antonomasia, conocida en el mundo entero por esta peculiaridad, se ha convertido en eso gracias al agua, mediante el próspero comercio marítimo de los pasados siglos con el Extremo Oriente y el Oriente Medio, fuente de las riquezas que han permitido erigir iglesias y palacios que aún hoy admira maravillado el turista.

De la potencia marítima de la antigua República de Venecia ha llegado hasta hoy, después de algo más de 8 siglos, el testimonio más importante representado por ese Arsenal donde, detrás de sus altas murallas, esta antigua fábrica encerraba uno de los primeros, si no el primer, ejemplo de producción con sistemas de cadena de montaje y utilización de piezas estandarizadas que se retomarán en la producción industrial del siglo XX.

Aquí se construían las galeras, galeazas, cocas y todas las embarcaciones de la potente flota militar y comercial veneciana, empleando un número de trabajadores que llegaba hasta los 5000 en los momentos de máximo trabajo, empleados en todas las tareas de producción.

Además de poder admirar desde el exterior (ya que aún es zona militar) su Porta di Terra rodeada de las estatuas de los leones y las torres que vigilan la entrada a la dársena interna, una buena parte del interior puede visitarse con motivo de las exposiciones de la Bienal de Arte y de Arquitectura que se celebran en años alternos, para poder hacerse una idea de lo que era esta gran fábrica del pasado.

Venecia siempre ha sido un puerto comercial. Basta con mirar algunas representaciones realizadas por numerosos pintores, albergadas en los museos de la ciudad o en las galerías y colecciones más prestigiosas del mundo, donde el dique de S. Marco y la Punta della Dogana están representados con un gran número de galeras, veleros y otras embarcaciones en los amarraderos.

Hasta las primeras décadas del siglo XX el terminal marítimo comercial se situaba en la zona conocida como la “Marítima”, en la parte occidental de la ciudad, en el extremo del lago paseo de las Zattere, nombre que también evoca las embarcaciones en forma de balsas que atracaban aquí.

Ahora la zona de Marítima se utiliza para amarrar naves de cruceros, mientras que el puerto comercial se encuentra más allá del puente translagunar que conecta la ciudad con la tierra firme, en la zona de Porto Marghera, del que este año es el centenario del inicio de las obras de esta importante zona portuaria e industrial.

Para celebrar el evento, recordar su importancia y darlo a conocer también a las jóvenes generaciones, hasta finales de enero una muestra en el Palacio Ducal presentará su evolución y la vida cotidiana que se desarrollará a través de fotos y vídeos del puerto junto con obras de arte moderno que evocan los trabajos que allí se realizaban.

La zona industrial, principalmente con producción química, hace un tiempo daba trabajo a casi 15.000 empleados, pero ha ido desapareciendo mientras que el puerto permanece aún en plena actividad y es uno de los más importantes puertos italianos y del alto Adriático.

Desde algunas zonas de la ciudad se pueden entrever sus grandes estructuras, silos para el grano, cisternas para los productos petrolíferos, grandes grúas que descargan contenedores y, quizá, algunos cruceros en una fase avanzada de construcción en los astilleros.

Antiguamente, tanto en la ciudad como sobre todo en numerosas islas de la laguna, surgían huertos donde se cultivaban verduras, había árboles frutales y se criaban también animales que proporcionaban huevos, leche y carne.

Esto sucedía en grandes espacios de los que disponían los numerosos conventos diseminados por todas las islas, muchos desaparecidos, otros en abandono.

Entre los pocos que quedan, en la isla de Giudecca, hay un convento con grandes huertos de la iglesia del Redentore. Otros se encuentran en la conocidísima y maravillosa isla de S. Francesco del Deserto y en la isla de S. Michele, pero la reducción de las vocaciones a la vida monacal ha conllevado el abandono de estos lugares.

Un ejemplo es el convento de S. Michele, donde los frailes producían vino y tejidos para sus sayos con antiguos telares.

La isla que aún hoy mantiene una producción agrícola abundante es S. Erasmo, donde se cultiva la preciada alcachofa violeta de S. Erasmo y donde existen otros productos de la tierra que también han hecho surgir actividades de turismo rural junto a estas pequeñas empresas agrícolas.

En los últimos siglos los productos de la tierra se llevaban de las islas a la ciudad para venderse en el mercado con un tipo particular de embarcaciones, aún existentes en la laguna, donde también remaban las mujeres.

Actualmente, con la tecnología actual, se pueden realizar pedidos de fruta, verdura y otros productos en la página web del productor, que en determinados días de la semana procede a las entregas en diferentes lugares con una espaciosa embarcación a motor.

Desde hace años una asociación ha decidido recuperar las numerosas viñas de la laguna que estaban en estado de abandono devolviéndoles su función productiva original con un trabajo paciente de puro voluntariado.

La laguna nel bicchiere – le vigne ritrovate es el nombre de esta asociación que nació antaño de un proyecto de recuperación de viñedos abandonados por parte de escuelas que realiza su fundador, un profesor de enseñanza secundaria, donde participan los chicos.

Un proyecto que se ha desarrollado recuperando varios viñedos en muchos lugares de la ciudad y de las islas, con investigación esmerada en el cultivo y la cultura de la vid y del vino y con la participación de algunos enólogos y pequeños productos de vinos naturales.

Este año, aparte de las distintas cosechas y vendimias que se realizan por la ciudad y por las islas, sigue el transporte de la uva al antiguo convento de los frailes camaldulenses de la isla de S. Michele, donde la asociación tiene en concesión la vid y los equipos de los frailes, como las añejas cubas, para el prensado y la elaboración de este antiguo producto.

Una producción de pequeño tamaño, pero de óptima calidad, totalmente natural y manual, testigo de la transformación de los viñedos clásicos de la laguna, como dorona o la malvasía, nombre de algunas calles de Venecia. La producción embotellada adquiere nombres evocadores incluso de los lugares de cosecha, desde el “Rosso Gneca – Le Zitelle fertili” (Gneca es un apodo veneciano de la isla de la Giudecca, donde se encuentra el convento de las Zitelle), al blanco de las “Turgide Vignole al vento”, producto con la uva de la isla de las Vignole, hasta llegar a los “Arcangeli scalzi”, producto de la uva recogida en el convento de los Carmelitas Descalzos, junto a la estación de tren de Venecia.

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