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Para los visitantes de Venecia, una ruta casi obligatoria es hacer una excursión a las mayores islas de la ciudad.

Entre ellas, la más cercana es Murano, que se presenta desde el vaporetto con la laguna Norte como escenario y con su faro blanco alzándose hacia el cielo; una isla muy conocida por la elaboración del vidrio artístico soplado.

Dicha producción se concentró aquí a finales de 1200, debido a que los muchos hornos activos por entonces en Venecia eran un peligro de incendio en las casas, muchas de ellas aún de madera, y también porque se dice que de esta forma se conseguía mantener en secreto esta técnica de producción que representaba un importante recurso económico.

La elaboración del vidrio tiene orígenes antiguos que se remontan a los fenicios y llegan hasta los romanos. Las producciones de esta época se encuentran en el museo de Altino, que en la actualidad es una pequeña aldea en el campo en los alrededores del aeropuerto de Venecia, pero que por entonces era una próspera e importante ciudad romana, o en el museo del vidrio de Murano, que merece sin duda una visita para tener un cuadro completo de las obras realizadas con este material desde el pasado hasta nuestros días.

El gran número de tiendas en la isla ofrece una selección inagotable de objetos de vidrio para todos los gustos y para todos los bolsillos.

Sin embargo, solo con una visita a uno de los hornos activos podrás darte cuenta por completo de la magia de la transformación de esta incandescente masa líquida, con una realización artística creada por la habilidad del maestro vidriero, en un elegante objeto de decoración, ya sea un jarrón de colores, un adorno polícromo o la infinidad de piezas que forman una lámpara.

Junto a las piezas más laboriosas, realizadas en horno, se encuentran los pequeños objetos realizados con la técnica llamada “a lume”.

Se realizan pequeños objetos de distinto tipo con barras de vidrio de colores fundidos y a los que se da forma con un pequeño quemador de gas que, con su llama, hace que el vidrio se derrita y se pueda trabajar y en la que la habilidad del artesano consigue producir objetos increíbles de colores variados que se pueden comprar por cifras más económicas.

Pero la isla ofrece también un itinerario histórico-cultural con visita a sus iglesias, en primer lugar la catedral de S. María y Donato, cuyos restos fueron llevados aquí tras la conquista de Cefalonia, con un bonito suelo de mosaicos y un ábside que da al canal.

Y después de haberte sumergido en el descubrimiento de todas estas cosas nuevas tan hermosas, una parada en una de las muchas trattorias de la isla te permitirá sentarte a comer disfrutando de un buen plato de la cocina veneciana.

Un recorrido por la historia a través de personajes más o menos conocidos que nacieron, vivieron o estuvieron en Venecia.

Una forma chismosa-histórica de ver Venecia a través de la historia es a partir de las anécdotas de personajes más o menos famosos que nacieron en la ciudad o que vivieron o estuvieron en ella durante periodos más bien largos de sus vidas.

Puede que Venecia, además de en el presente, atrajera más aún en el pasado a personajes ilustres a la ciudad, que por entonces era un importante emporio comercial y, por lo tanto, económico y de riqueza. Personajes que aspiraban a encontrar nobles, comerciantes, congregaciones eclesiásticas e incluso nada menos que al mismo senado y gobierno ciudadano que apreciasen sus dotes y capacidades.

Y ahí estaban los pintores en busca de clientes para sus obras; los escritores deseosos de encontrar protectores y mecenas ricos; los hombres con talento, los navegadores o los comandantes militares que ponían sus capacidades al servicio de la república.

Al pasear por las calles y las plazoletas, al viandante suele sentirse atraído por las placas e inscripciones fijadas en las paredes de algunas casas y edificios para recordar que en aquel lugar nació un pintor famoso, vivió un músico conocido o estuvo un tiempo algún escritor ilustre.

Y he ahí una placa, encima del arco de un soportal que conduce de Calle S. Domenico a un pequeño patio, que recuerda que esa era la casa natal de Tiepolo; en el muro de la serie de palacios Mocenigo, por el Gran Canal en frente de S. Tomà, la inscripción recuerda la estancia del poeta inglés Lord Byron, que murió combatiendo por la independencia griega y al que, según dicen, le encantaba nadar en la laguna veneciana.

En la estrecha callecita Malipiero, en San Samuel, surgía la casa natal de uno de los personajes y aventureros venecianos más conocidos, Giacomo Casanova, tal vez el único que consiguió escapar de las cárceles de la Serenísima; mientras en el muro de Ca’ Vendramin una placa recuerda que ahí murió Wagner y, dentro del edificio, ahora sede del Casino, en la salita.

Hay muchos otros repartidos por la ciudad: pintores, escritores, músicos, muchos personajes de la época de la Unificación, de la historia italiana y veneciana. Para cerrar la lista, que es imparcial y que evidentemente no concluye ahí, al principio de Vía Garibaldi, la primera casa a la derecha pertenecía a Juan y Sebastián Caboto, padre e hijo navegadores, que descubrieron Terranova y la parte septentrional del continente americano. Una doble placa, una colocada por el ayuntamiento veneciano y la otra por la provincia canadiense de Terranova y Labrador, recuerda a estos ilustres hijos de Venecia.

Sumérgete en un momento de romanticismo en la ciudad romántica por antonomasia

En la iconografía mundial, Venecia ha sido considerada siempre como «la ciudad del amor», un destino de luna de miel, una ciudad para saborear, vivir y disfrutar con tu alma gemela perdiéndote en el laberinto de sus calles y plazoletas más escondidas.

¿Y cuál es el momento de máximo romanticismo en cualquier lugar y que aquí es una experiencia única?: ¡El atardecer!

Sin embargo, ver un atardecer impresionante en Venecia no es algo fácil; de hecho, al  estar la ciudad rodeada de agua, la humedad del aire impide, en ciertos periodos, disfrutar  por completo de la puesta de sol.

El verano es el momento del año menos indicado, salvo raras excepciones, mientras que de septiembre en adelante, sobre todo en el periodo de invierno con los días fríos y despejados en los que sopla el Bora ─el viento que viene del nordeste─ o  la tramontana, el fenómeno se puede observar con toda su belleza.

También después de un día de mal tiempo de final de verano ─ ya que un potente chaparrón acompañado por el viento dejan  el cielo y el aire despejados─  el espectáculo de la puesta de sol es fascinante.

Pero después de uno de estos días, si por ejemplo esperas el atardecer con la cámara de fotos en la mano, es importante elegir un lugar apropiado para disfrutar del espectáculo.

Las opciones son asistir al atardecer con el sol desapareciendo por detrás de la silueta de la ciudad o ver los reflejos y los colores de este momento del día sobre la laguna.

En el primer caso, la localización obligatoria para este escenario es la orilla orientada a la cuenca de S. Marco, a las zonas del Arsenal o de los Jardines, sentados, por ejemplo, en uno de los bares que hay tomando un aperitivo, o bien en el Lido, desde S. Maria Elisabetta donde hay un hotel con bar restaurante y una bonita terraza hacia la laguna, en la que se puede disfrutar del espectáculo del sol desapareciendo por detrás de la ciudad.

Para los que tengan un espíritu aún más romántico, también desde el Lido, por la zona entre Malamocco y Alberoni  ─a la que se puede llegar en autobús o alquilando una bicicleta─, se puede observar el sol escondiéndose lentamente por el horizonte, mientras  la laguna refleja una serie de colores que dejan sin palabras.

Las fiestas con motivo religioso y político animan aún la ciudad y apasionan a los habitantes y visitantes.

En los siglos pasados muchos eran los festejos que animaban la ciudad en los distintos periodos del año que iban desde las festividades de carácter religioso, para mantener la fe en el voto hecho por el Dogo y el Senado para el cese de terribles pestes, siendo las fiestas del Redentor y de la Virgen de la Salud aún vivos testimonios, hasta las de carácter principalmente “político” para celebrar la grandeza de la Serenísima, la fiesta “de la Sensa” o de la Ascensión, donde el Dogo a bordo del Bucintoro celebraba el casamiento con el mar, hasta las populares que tenían lugar en las plazas de la ciudad con exhibiciones de funambulistas o la caza al toro y otros acontecimientos similares.

También eran famosas las disputas en las que “Castellani e Nicolotti”, habitantes de dos barrios de la ciudad, se batían con pruebas de fuerza en varios “ponti dei pugni”, sin parapetos, con duelos de lucha y boxeo donde el que perdía acababa en el agua del canal.

Muchas de estas festividades y fiestas han sido inmortalizadas por varios pintores a lo largo de los siglos y se pueden admirar en muchos cuadros, otras en algunos dibujos expuestos en el Museo Correr.

Algunas han sobrevivido a los siglos hasta nuestros días y son festividades sentidas y en las que participan los venecianos.

La que probablemente sea la más conocida es la Regata histórica que tiene lugar cada año el primer domingo de septiembre con un recorrido que va desde las aguas de la laguna que dan a S. Marco internándose a lo largo del Canal Grande.

Un evento que atrae la atención de muchos venecianos y de los numerosos turistas presentes en la ciudad en las márgenes o en barcas amarradas a lo largo del recorrido para asistir o, los más afortunados, desde los balcones de sus casas orientadas al recorrido que siguen las embarcaciones.

La regata, dividida en dos momentos, se abre con el desfile histórico en el que vuelven a lucir los fastos de la Serenísima con la parada de las “bissone”, típicas embarcaciones ricamente decoradas, propulsadas con remos de figurantes vestidos con trajes antiguos y con otros figurantes a bordo vestidos de dogo y dogaresa, de nobles y, como no podía faltar, de la Reina de Chipre, Caterina Cornaro  que, tras quedar viuda, abdicó cediendo a Venecia esta isla suya.

A continuación sigue la parte batalladora, donde participan muchos espectadores, en una sucesión de regatas de todas las categorías de remeros y en recorridos de distinta longitud, mozos en “pupparini”, mozas en “mascarete”, las “caorline” con 6 remeros con vítores cada vez más alentadores para sus benjamines que no tiene nada que envidiar a un partido de fútbol, hasta los campeones del remo en las “gondolini” que concluye la jornada.

Un espectáculo único de colores y luces, siendo septiembre uno de los mejores meses para el clima en Venecia, que deja otro recuerdo indeleble de esta ciudad.

Regata histórica sitio web

Las embarcaciones típicas de la laguna veneciana y del mar Adriático que marcaron la historia, la economía y la vida de la ciudad.

Caorline, mascarete, sandoli, s’cioponi, topi, peate, burci, bragozzi, pieleghi, quechemarines y, para terminar, la famosa góndola: una serie de nombres extraños que designan algunas de las embarcaciones típicas de la laguna que se han usado desde siempre para la pesca y el transporte de mercancías en la ciudad.

Hace tiempo eran las que se veían con más frecuencia en la laguna y en los canales; hoy han sido sustituidas casi por completo por las típicas embarcaciones a motor anónimas que aumentan el indeseado «movimiento ondulante» que daña costas y construcciones, sobre todo en los pequeños y sinuosos canales internos de Venecia.

Hoy en día las embarcaciones tradicionales se pueden ver de forma casi exclusiva en algunas regatas, durante la Vogalonga o gracias a un pequeño número de apasionados de las distintas sociedades de boga de la ciudad, que se pueden observar mientras empujan con dificultad a golpe de remo, manejándose entre las embarcaciones a motor que pasan por su lado como una bala y sin apenas mostrar atención; estas barcas que son ya parte de la historia de la Serenissima.

Como ya sabemos, el poder de Venecia procede del mar y de los comercios que se desarrollaron en torno a él, por lo que naves y barcas se volvieron una parte imprescindible de la ciudad, mientras que las grandes naves con remos y de vela, las famosas galeras y galeazas, surcaban el Adriático y el Mediterráneo para comerciar con Oriente. Las embarcaciones de menor dimensión se utilizaban para la pesca o para el comercio en el Adriático; por otra parte, las embarcaciones pequeñas, que disponían casi todas de un fondo plano para navegar por aguas bajas, se usaban dentro de la laguna para el transporte de mercancías por la ciudad, en especial de los productos agrícolas que se cultivaban en las distintas islas de la laguna.

En la actualidad, los visitantes pueden seguir disfrutando de un paseo en góndola o, si tienen la suerte de coincidir con una de las regatas mencionadas antes, pueden observar algunas de estas tradicionales embarcaciones. Desde hace algunos años también se puede participar en excursiones por la laguna en algunas de estas barcas, que obviamente funcionan a motor y no con remos.

Hasta casi la primera mitad del siglo XX todavía se podían ver embarcaciones especiales, como los quechemarines, impulsados a vela y después de propulsión mixta a vela y motor, que se usaban para la pesca o como barcas de carga que llegaban a Venecia procedentes de la costa istriana del Adriático, normalmente cargadas con materiales inertes para la construcción; algunos ejemplares de estas barcas se pueden encontrar en el Museo della Marineria de Cesenatico.

Desde hace algunos años, la benemérita Asociación veneciana, el Club degli Amici del Nuovo Trionfo, después de haber adquirido el último quechemarín de la laguna, ha estado llevando a cabo una compleja y paciente obra de restauración con el objetivo de conservar un testimonio de este tiempo pasado que, por desgracia, va desapareciendo con la irrupción de la irrefrenable «modernidad».

El «Nuovo Trionfo», que es como se llama el quechemarín, se construyó hace 90 años y ahora mismo está en proceso de restauración con unas dilatadas obras de mantenimiento imprescindibles por todo el casco para garantizar su conservación y su navegabilidad.

Un fragmento de historia veneciana, menos conocida, para transmitir en el futuro y que volverá pronto a su amarradero en la Punta della Dogana, en la desembocadura del Gran Canal, donde lo podrán ver también todas las personas que visitan Venecia.

Si buscas como era la Venecia de hace medio siglo y quieres encontrar algo de paz y silencio, la isla de Pellestrina es el destino perfecto para sumergirte en un mar de tranquilidad.

Hoy, un bonito día soleado con un magnífico cielo azul tras pasar dos días de intensas lluvias y nubarrones, me he subido a un autobús de la línea 11 en dirección a la isla de Pellestrina, que sigue siendo un pequeño rincón paradisiaco natural, que no ha sufrido nada o casi nada las consecuencias del turismo en masa porque está algo apartado y a unas dos horas de viaje.

Partiendo de San Marco, tras una agradable travesía de la laguna, se llega al Lido, donde se puede subir a un autobús de la línea 11, que  lo recorre todo hasta llegar a Alberoni, en el sur. Aquí el autobús sube a una lancha de desembarco que cruza en pocos minutos la entrada del puerto, uno de los accesos a la laguna desde el mar, y llega a Santa María del Mare.

Una vez que el autobús baja de la lancha, recorre todo el litoral de Pellestrina hasta llegar al extremo opuesto, donde se encuentra un servicio regular de vaporettos que une la zona con Chioggia.

A pesar de que en los últimos años esta isla ha supuesto un descubrimiento para el turismo naturalista, en el extremo sur se encuentra el oasis naturalista de Ca’Roman, al que se puede llegar en bicicleta desde la cercana localidad de Chioggia.

Una sucesión de pequeños conglomerados de casas, Portosecco, San Pietro in Volta y se llega al pueblecito de Pellestrina, que da nombre a la isla completa. Un lugar que ha crecido en los últimos tiempos con nuevas edificaciones y donde la principal fuente económica es la pesca, algo que se puede deducir por la interminable y casi ininterrumpida sucesión de botes y barcos pesqueros amarrados en el zona de la laguna.

Lo que impresiona tras pasear un rato por la laguna es el silencio, interrumpido de vez en cuando por el graznido de las gaviotas y por el sonido del agua al romper contra el caso de alguna esporádica y lenta embarcación de paso.

Las charlas de algunos grupitos de mujeres, con su particular y típica forma de hablar, con una cadencia musical, divertida de escuchar y distinta al dialecto que se habla en la ciudad, o los pocos turistas en bici son los únicos sonidos que salpican de un lado a otro el silencio, que reina soberano de una forma casi innatural para los que vienen del caos del tráfico de la ciudad. Mientras tanto en el otro lado, en la playa, solo el sonido de la resaca es alterado por el motor de los pocos coches que pasan por la larga carretera que recorre toda la isla.

Los largos diques (Murazzi), construidos en tiempos lejanos para defender a la población, esconden una playa, protegida y defendida de las obras hechas después de la gran inundación de 1966; natural y salvaje, frecuentada durante la temporada de verano casi exclusivamente por los residentes, sin instalaciones típicas de playa, ni cabinas, ni quioscos ni establecimientos: solo una larga fila de taráis ocultan la vista de la población.

Hay itinerarios por Venecia diferentes de las rutas habituales y famosas para los visitantes que se quedan varios días en la ciudad o para los que ya la conocen y vuelven para saber más sobre ella, tanto entre la multitud como casi en solitario, con diferentes puntos de vista.

Recorrer la ciudad a pie perdiéndose por sus estrechas calles y plazas, en busca de rincones ocultos y menos frecuentados por las grandes masas de turistas puede ser una manera de conocer Venecia de forma más detallada.

Puedes vivir una experiencia agradable y poco habitual participando en el «Su e zo per i ponti», una cita anual para un paseo no competitivo que se realiza el primer domingo de abril y que este año ha celebrado su 39.ª edición.

Dos rutas por delante, una completa y otra reducida, a elegir en función de las capacidades de cada uno. Este paseo, que recibe participantes de todas las edades, con familias completas, desde abuelos hasta nietos, comienza y concluye en San Marco y recorre zonas de la ciudad menos conocidas; al final del recorrido no hay vencedores y todos los participantes reciben al llegar a la meta una medalla de recuerdo.

Otra forma de conocer la ciudad, más específica y típica de Venecia, es desde el agua.

Cada año, el último domingo de mayo o el primero de junio se celebra la «Vogalonga», que recorre toda la laguna y que requiere un duro esfuerzo con sus 33 kilómetros remando, accesible solo para los que están bien entrenados.

Además del clásico paseo en góndola por los canales de Venecia, desde el agua también se puede visitar la ciudad participando en uno de los paseos en kayak que se organizan desde hace algunos años desde la Isla de La Certosa, con excursiones guiadas en grupo en estas embarcaciones, descubriendo la ciudad desde la superficie del agua.

Hace tiempo se podían alquilar barcas con remos, pero acabaron desapareciendo y hoy solo se pueden alquilar embarcaciones a motor, aunque son más apropiadas para el transporte de mercancías que de personas. En ellas se pueden recorrer los canales de la ciudad, teniendo obviamente unos conocimientos mínimos de cómo conducir una barca y prestando atención al tráfico y a los numerosos límites y prohibiciones que existen también en Venecia para el tráfico acuático, al igual que los hay en todas las ciudades para el tráfico de automóviles.

Una última opción para ir por el agua es alquilar una «haus-boat», con la que podrás descubrir la laguna y sus islas y rincones remotos, tan fascinantes como la ciudad, aunque evidentemente no es posible entrar en los canales de Venecia debido a las dimensiones de estas embarcaciones, de estas «caravanas sobre el agua».

Pero también se puede descubrir la ciudad desde las alturas, no solo subiendo a los campanarios, sino desde una altura aún mayor.

Desde el aeropuerto Nicelli del Lido, el más antiguo de Italia después del de Roma con la terminal original de los años 30 bien conservada, se pueden realizar vuelos en helicóptero por Venecia y por la laguna de diferentes duraciones y costes.

Una visión desde las alturas de la ciudad, de sus canales, de la laguna y de sus numerosas islas, grandes y pequeñas, que deja fascinados y sin palabras incluso a los que conocen bien la ciudad.

Aeropuerto Nicelli

http://www.aeroportonicelli.it/

https://www.facebook.com/AeroportoNicelli/?fref=ts

Isla de la Certosa

https://es.wikipedia.org/wiki/La_Certosa

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Como todas las ciudades con una larga historia a sus espaldas, hay miles de cosas que ver y muchas de ellas están ante nuestros ojos, pero ni nos detenemos en ellas porque nos dejamos atraer más por otros lugares más famosos o más visibles.

También en Venecia tenemos lugares así, que son menos conocidos o visitados en comparación con los clásicos con gran reclamo, como plaza San Marco con su basílica y el Palacio Ducal, el puente de Rialto o la Galería de la Academia, por citar algunas de las metas turísticas más famosas.

Uno de estos lugares, algo más desconocidos y escondidos, aun estando a poca distancia de la plaza San Marco, es la iglesia ortodoxa de San Giorgio dei Greci y su antiguo museo del Instituto Helénico de Estudios Bizantinos.

Tengo que confesar que yo también los he descubierto hace poco, a pesar de que sabía de su existencia y de haber pasado por delante en innumerables ocasiones por una calle que recorría muy a menudo, ya que en esa zona vivía mi abuela materna y algunos familiares y porque era un recorrido que a veces hacía para volver a casa de la escuela.

Lo que pasó exactamente hace poco fue que, al pasar por delante un día, mientras paseaba sin meta y sin compromiso alguno, me pregunté maravillado por qué no había visitado nunca esta iglesia y su museo, a diferencia de muchos otros lugares de la ciudad. Por otra parte, tengo que admitir que uno de los países que más me apasionan es, precisamente, Grecia, que conozco muy bien al haberlo visitado muchas veces en varios viajes.

Y así fue como, al pasar por delante por pura casualidad en pleno horario de apertura, acabé visitando el museo, lleno de importantes testimonios iconográficos, y la iglesia.

Este lugar tiene una historia muy antigua, de hecho, Venecia siempre estuvo muy unida por raciones comerciales y de diverso tipo a Grecia y en la ciudad existió desde siempre una numerosa comunidad griega que, en la segunda mitad del año 1400 obtuvo permiso para fundar una «Escuela» para que asistieran sus compatriotas y una iglesia en la que seguir las celebraciones con el rito ortodoxo que hasta entonces estaban concedidos a la iglesia de San Biagio.

Por tanto, esta primera visita mía fue un descubrimiento muy agradable del interior de estos edificios y de la interesante exposición de iconos bizantinos y pinturas de escuela greco-veneciana que corresponden a un periodo comprendido entre 1500 y 1800.

Visitar una ciudad significa ver sus lugares característicos, los monumentos, los museos, conocer un poco su historia y “respirar” su aire sintiéndose, durante esos pocos días, un ciudadano del lugar.

Sin embargo, además de estas modalidades tan conocidas existen otras que ayudan a conocer aún mejor el carácter de la ciudad y una combinación de todas nos hace sentir algo más un habitante del lugar.

Algunas podremos definirlas como “lúdicas” y quizá un poco menos culturales, siendo la primera la compra en las tiendas, no solo las de recuerdos, sino donde acuden los residentes, como los mercados y las tiendas normales y corrientes.

Otra forma de conocer el territorio donde uno va es la gastronomía típica, muy a menudo cada vez más difícil de encontrar, cada vez más superpuesta a una pseudococina internacional llamada a satisfacer la necesidad primaria de la nutrición, que contente un poco a todos pero sacrificando a veces la tradición con discutibles aires a un “master chef”.

La cocina clásica veneciana ofrece una amplia gama de platos que vienen de las antiguas tradicionales locales y acusan también las aportaciones de otros países del Mediterráneo con los que Venecia, en el pasado, ha tenido importantes vínculos y contactos gracias al tráfico marítimo comercial.

Actualmente existen numerosos mesones y restaurantes que ofrecen una elección de menú con recetas típicas venecianas a menudo, como se dijo, con sabores más diluidos que se adaptan un poco a todos los paladares, gustos y costumbres de los numerosos turistas provenientes de cada parte del mundo.

Sin embargo, existen también mesones que ofrecen, en la temporada apropiada del año, los platos típicos tradicionales preparados con las antiguas recetas y con nombres que nos remontan al pasado: la “castradina”, una sopa con carne de carnero; las “sarde in saor”, una forma antigua de conservar las sardinas durante mucho tiempo; los “bigoi in salsa”, espaguetis un poco bastos con un condimento a base de anchoas; las “sepe col nero”, típica preparación de las sepias; diversos risotos “co i bisi”, con guisantes; “de go’”, típico pececito del fondo de lagunas arenosas.

Recetas que van desde el uso de lo que proporciona el mar hasta los productos de la tierra, en concreto de las primicias que se cultivaban en las distintas islas de la laguna y que no desdeñan a las carnes.

Algunas recetas se realizan rápidamente y con pocos ingredientes, mientras que otras son más elaboradas y requieren una larga preparación.

Los platos típicos tradicionales que creo que todos han comido alguna vez de pequeños y que, aun actualmente, tienen cierto efecto de la “madeleine” de Proust, que nos retrotrae a la infancia, cuando volvíamos a casa del colegio y nos esperaba sobre la mesa un buen plato humeante de estas pitanzas.

Una de estas recetas que solía cocinarse en casa es el famoso hígado a la veneciana, cuyos ingredientes son las cebollas blancas y el hígado de buey o ternera, aunque antiguamente se utilizaba el de cerdo, de sabor más fuerte.

Después de haber cortado en tiritas finas la cebolla blanca, se saltea un poco en una sartén amplia con un poco de mantequilla, se añade medio vaso de vino blanco y se deja consumir prestando atención a que no se doren.

Mientras tanto se corta en trozos pequeños o en tiritas el hígado y se añade a la sartén con las cebollas, dejándolo cocinar durante varios minutos, pero no demasiado, de lo contrario el hígado queda demasiado duro.

El sabor dulce de las cebollas suaviza el gusto fuerte del hígado y el plato se acompaña con polenta amarilla de maíz.

Perderse por las calles de Venecia tal vez sea la mejor forma de descubrir la ciudad, saboreando su esencia a través de lugares insólitos, algo extraños, fuera de los itinerarios más turísticos y que aún frecuentan los pocos venecianos que quedan en la ciudad.

Solo hay que desviarse durante el recorrido de uno de los clásicos ejes principales hacia la Piazza S. Marco, dirigiéndose por una de las miles de pequeñas callecitas y luego, a pocos pasos, te encuentras perdido en un laberinto de calles estrechas.

A veces hay algunas verdaderamente estrechas en las que una única persona pasa a duras penas por ellas y en las que solo esperas no encontrarte a nadie en sentido opuesto, ya que de lo contrario hay que volver atrás o hacer acrobacias propias de contorsionistas para poder seguir el camino.

Por no hablar de cuando te encuentras a alguien que pasea con una carretilla transportando mercancías varias, en cuyo caso hay que subir –si lo hay– al escaloncito de un portón, pegándote bien a él.

Algunas de estas estrechas calles desembocan al final en otra más ancha; a veces terminan en un canal en el que se puede observar una visión diferente de la ciudad, una perspectiva perfecta para una foto fuera de lo común.

Al final de estos estrechos callejones suele haber una pequeña plaza, silenciosa y tranquila, decorada con uno de los tantos pozales que dominan diversas zonas de la ciudad.

Los hay pequeños y grandes, sencillos o decorados con grabados esculpidos en la piedra, desde emblemas de las casas nobles a las que pertenecían a decoraciones florales o de otro tipo distinto.

Hasta principios del siglo XX se utilizaban para extraer el agua que contenía el subsuelo veneciano, o se construían –sobre todo en los patios de palacios o en los claustros de los monasterios– sobre una gran cisterna subterránea que recogía el agua de la lluvia.

A partir de la posguerra todos estos pozos artesianos se fueron inutilizando poco a poco y dejaron de usarse sobre todo tras comprobar que extraer agua de la capa freática inferior contribuía al agravamiento de la subsidencia del suelo y a todos los problemas relacionados con ello.

Y por eso todos los pozos se inutilizaron y cerraron con coberturas metálicas.

Algunos de estos pozales tienen una valiosa confección y con el paso de los años, para preservar sus mármoles y su piedra de Istria, se han restaurando para conservarlos íntegros y hoy se pueden apreciar por toda la ciudad.

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