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Unos días en Venecia para empaparse de historia y arte, pero también para vivir momentos de ensueño con tu pareja.

Febrero en Venecia es sinónimo de carnaval, aunque el día 14 coincide también con la celebración de San Valentín, la fiesta de los enamorados. Por eso, ¿cuál es el mejor lugar de esta romántica ciudad para celebrarlo como se merece?

De hecho, en el imaginario colectivo, Venecia representa la ciudad del amor. Si bien existen otras ciudades que poseen lugares románticos, Venecia es toda ella un lugar romántico… Cada calle, cada pequeño canal y cada paisaje ofrece, dependiendo de la hora del día y de las condiciones meteorológicas, unas vistas y unos escenarios sobrecogedores.

Nada puede suscitar un sentimiento tan intenso y dulce como un atardecer que tiñe de fuego el cielo sobre la bahía de San Marcos. Y si se observa desde el largo paseo de la Riva degli Schiavoni, con las manos entrelazadas, el tiempo pasa volando.

Además, aunque el cielo esté encapotado o la niebla lo envuelva todo, la ciudad adquiere una atmósfera mágica, casi de cuento de hadas, que invita a soñar.

¿Y qué es el amor sino un bellísimo sueño con los ojos abiertos?

También tenemos el paseo por antonomasia de los enamorados, sentados uno junto al otro, mecidos por el suave balanceo de una góndola que se desliza silenciosamente por los estrechos canales, entre edificios que se alzan hacia el cielo y que permiten entrever sus destellos.

Incluso sentados en cualquier escalera que desciende hacia algún canal, los amantes pueden olvidarse de todo, abrazarse mientras charlan con su media naranja o sumirse en un lánguido silencio para admirar los reflejos de las luces o la luna en el agua.

He aquí solo algunas de las sugerencias que ofrece la ciudad con sus vistas y su atmósfera. Lugares que parecen sacados de un cuento de hadas donde, tras una cena solo para dos, quizás a la luz de las velas, la velada solo puede terminar con un «te quiero» susurrado al oído, casi con temor a romper el encanto que los rodea.

¿Has pensado en pasear por Venecia a caballo?

Puede que sea mejor evitar el centro, aunque hasta finales de la Edad Media, cuando se prohibió, se andaba por la ciudad a caballo, incluso por la plaza de San Marcos.

Una de las campanas de San Marcos se llama trottiera o «trotadora» porque sonaba para llamar al Maggior Consiglio y al oírla los nobles se acercaban a caballo, trotando.

Pero sí que se puede seguir haciendo en el Lido: disfrutar de un paseo por la orilla de la laguna, la playa o por las murallas a lomos de un caballo tranquilo nos descubrirá lugares y vistas nuevas de una manera distinta. En el Circolo Ippico del Lido, en via Colombo 41, se pueden realizar estos paseos para admirar Venecia desde otro punto de vista y descubrir paisajes insólitos.

Si no nos queremos alejar del centro ni de los canales, podemos aprender a remar al estilo veneciano, de pie en la popa de un sandolo o de una batella a coda di gambero (las barcas típicas de la laguna), como hacen los gondoliere con un remo o, para los más temerarios, con dos remos o a la valesana, como se hacía en las zonas de pesca. Podemos reservar una clase e ir tomando confianza mientras navegamos por los pequeños canales, lejos siempre del Gran Canal y de las zonas con más tráfico, para descubrir una Venecia única, casi de otra época.

Otra opción para los que buscan experiencias nuevas y originales: descubrir la ciudad desde el agua misma, con una excursión en kayak. Una alternativa a las embarcaciones más típicas pero que también requiere de remo, ideal para la ciudad de los canales. Navegar por canales tranquilos y silenciosos es una manera ideal para ver Venecia desde otro punto de vista, quizá el más apropiado para una ciudad nacida sobre el agua. Podemos imaginar cómo era la vida y cómo se movía la gente en otras épocas. Con la fuerza de los brazos, remando, empujando embarcaciones llenas de verduras procedentes de las islas, de pescado de la laguna o el mar, de mercancías transportadas hasta los depósitos de la ciudad y de personas, como aún ocurre hoy en día.

Para los turistas más curiosos y los amantes de la literatura o el cine, pasear por las calles de Venecia en busca de lugares que aparecen en novelas y películas puede ser una manera distinta de descubrir la ciudad.

Venecia es una ciudad que ha servido de inspiración para incontables novelas y películas. Así, por ejemplo, Otelo y El mercader de Venecia de Shakespeare están ambientadas en la ciudad de los canales e, incluso, a la entrada del Gran Canal encontramos un majestuoso palacio conocido como la “Casa de Desdémona”.

A estas famosas historias, con los años, se les han unido otras, a menudo sacadas de películas en las que la ciudad es el escenario de una ficción ambientada en el pasado, con frecuencia más imaginario que real, o en tiempos más cercanos a nuestro presente.

Imposible olvidar la rocambolesca fuga de Roger Moore como 007 en una “góndola con ruedas” por la plaza de San Marcos en la película Moonraker y más recientemente en Casino Royale o a Indiana Jones perseguido hasta la iglesia de Campo S. Barnaba en La última cruzada.

Moviéndonos entre el presente y el pasado, recordamos las películas El turista y Muerte en Venecia. Esta última, basada en la novela homónima de Thomas Mann, está ambientada en el Lido y grabada parcialmente en el Hotel Des Bains. No podían faltar, para terminar con los largometrajes, todos los inspirados en el veneciano más famoso: Giacomo Casanova.

Venecia es también el lugar donde vive y trabaja otro personaje muy famoso procedente del mundo de la novela de intriga: el comisario Brunetti, creado por la escritora estadounidense Donna Leon, que recorre la ciudad resolviendo numerosos casos de asesinato. Las historias de este comisario veneciano han tenido tanto éxito fuera de Italia que su creadora no ha querido que se tradujeran al italiano. Sin embargo, esto no ha evitado que la televisión alemana grabara en distintas partes de la ciudad una serie de televisión basada en sus novelas.

Un nuevo veneciano de adopción, el escritor galés Philip Gwynne Jones, ha ambientado dos de sus novelas en la ciudad: Vengeance in Venice y The Venetian Game, en las que el cónsul honorario británico Nathan Sutherland es el encargado de resolver los enigmas que se le presentan. Y no hay mejor lugar para situar el domicilio del cónsul que en “Rio Tera’ dei Assasini”.

Un septiembre envuelto en la magia del arte del vidrio.

Venecia se conoce como “la ciudad del vidrio” gracias a su isla de Murano, cuna de esta tradición vidriera, en la que existen multitud de fornaci o vidrierías de distintos tamaños donde las manos expertas de los maestros vidrieros producen objetos de lo más variopintos para decorar nuestros hogares.

Desde hace un par de años, en la segunda semana de septiembre se celebra The Venice Glass Week, un interesante festival que se dedica al vidrio y a su uso para la fabricación de objetos decorativos, cotidianos y artísticos muy variados y que a menudo se confunden unos con otros.

Un calendario de exposiciones itinerantes por la ciudad y otros eventos relacionados sirven de excusa perfecta para recorrer Venecia y, como no podría ser de otro modo, la isla de Murano, donde se pueden admirar las obras maestras que allí se crean y conocer las fases de transformación del vidrio en cualquiera de sus vidrierías.

Una inmersión total en busca de la belleza a través del vidrio y una ocasión perfecta para conocer este material, sus orígenes y su tratamiento.

Este año, The Venice Glass Week se celebrará del 7 al 15 de septiembre. En la web oficial de la organización (www.theveniceglassweek.com) se puede consultar información práctica y una muestra de todo aquello que podrá verse y visitarse.

Una pausa y algo de relax para descansar durante las largas caminatas por la ciudad, mientras programamos la ruta del día siguiente.

El aperitivo en Venecia es sagrado para los venecianos y, con más motivo, para los turistas que la visitan en vacaciones. Si bien son muchos los lugares donde tomarse un «spritz», entre mis favoritos están los numerosos bares a lo largo del hermoso paseo del Zattere o del situado enfrente de la Giudecca, donde podremos degustar lentamente nuestro «spritz» mientras disfrutamos de las vistas e, incluso, aprovechamos para broncearnos un poco bajo el sol.

Otro bar que me gusta especialmente es el del Museo Correr, con vistas a la plaza de San Marcos desde sus ventanas, poco o nada frecuentado por los venecianos al situarse en el interior del museo. Sin embargo, lo curioso es que puede accederse a él sin necesidad de entrar al museo (aunque también recomiendo esta visita).

Para quienes busquen disfrutar de una vista panorámica de la ciudad, pueden hacerlo desde la terraza situada en la azotea del Fontego dei Tedeschi, también conocido como Tfondaco, unos grandes almacenes que ofrecen todas las marcas de moda más importantes y famosas. En la última planta, es posible acceder gratis a la hermosísima terraza con vistas panorámicas al Canal Grande y a la ciudad. La afluencia de público a la terraza está restringida, por lo que es necesario hacer cola si hay mucha gente. Tras embriagarnos con la panorámica sobre los tejados de Venecia, siempre podemos bajar y sentarnos en el bar del patio interior para tomar el aperitivo.

Para disfrutar de un tentempié rápido a la par que delicioso, con una variada carta, en Calle della Bissa, a unos metros de Rialto, se sitúa una mítica rosticceria que ofrece primeros y segundos para consumir de pie o sentados, con una relación calidad-precio excelente.

En cambio, para quienes prefieran escapar del bullicio del centro, en el Lido se puede tomar un autobús para llegar al pequeño barrio de Malamocco, donde, a modo de reminiscencia de la antigua Venecia, es posible degustar un buen pescado o un buen bacalao mantecado casero mientras admiramos la laguna.

Un increíble viaje, en el tiempo y en el espacio, cómodamente sentados a la mesa degustando un exquisito plato de la cocina véneta.

Entre los platos tradicionales de la cocina de Venecia se halla una receta cuyo ingrediente principal es un pescado que no se captura en el mar Adriático: el bacalao.

Cuenta la historia que, en 1432, Pietro Querini introdujo en el Véneto el uso del pescado seco, tradicional del norte de Europa, por causas totalmente fortuitas y trágicas.

La carraca Querina había zarpado de la isla de Creta con rumbo a Flandes cargada con vino malvasía, producido en los terrenos de la familia Querini en la isla, y otras mercancías preciadas.

Para nosotros, acostumbrados a movernos rápidamente de un continente a otro, así como a enviar y recibir mercancías en todos los rincones del planeta, este viaje no sería nada del otro mundo. Sin embargo, si pensamos en cómo se viajaba entonces y en el tiempo que se tardaba, no podemos ocultar cierta admiración por aquellos hombres que se enfrentaban a largos viajes y dificultades que ni siquiera podemos imaginar.

La Querina nunca llegó a su destino… Tras surcar el cabo Finisterre, con rumbo Norte y vientos en contra, permaneció a merced de las tormentas que rompieron su mástil y la hicieron navegar a la deriva. Los veintisiete miembros supervivientes de la tripulación decidieron abandonar el navío.

Solo once tripulantes, entre ellos Pietro Querini, lograron alcanzar sanos y salvos una pequeña isla deshabitada del archipiélago de las Lofoten (Noruega), donde fueron rescatados por pescadores de la isla de Rost, donde nuestro personaje conoció el bacalao y su modo de conservación.

A través de una declaración escrita por Antonio De Cardini del relato de los supervivientes, que se conserva en la Biblioteca de San Marcos de Venecia, podemos conocer tanto la arriesgada historia del naufragio como el rescate, así como los hábitos y costumbres de esos pueblos.

Finalmente, con ayuda de los pescadores, Pietro Querini viajó hasta Bergen, desde donde pudo regresar a Venecia y traer consigo el bacalao, un pescado exquisito, apreciado por sus carnes magras y por su modo de conservación, que permite mantenerlo en buen estado durante mucho tiempo.

En la sala de los «appartamenti del Doge», conocida también como «dello Scudo», del Palacio Ducal, el nombre de nuestro Querini aparece sobre una puerta, junto con el de otros famosos navegantes venecianos que surcaron los mares para descubrir tierras lejanas.

Por suerte, tras esta aventura, el bacalao comenzó a comercializarse desde el lejano norte hasta las cocinas venecianas, donde se convirtió —hasta hoy en día— en una especialidad muy apreciada, con sus dos preparaciones más famosas: «a la vicentina» o «mantecado». Por eso, nadie que visite Venecia o el Véneto debería perderse estos deliciosos platos.

La historia de la navegación militar y civil como factor determinante de la hegemonía económica de Venecia en los siglos pasados.

El Palacio Ducal, Ca’ Rezzonico o la Galería de la Academia son solo algunos de los numerosos museos que la ciudad de Venecia ofrece al visitante para satisfacer toda suerte de intereses e inquietudes.

Sin embargo, ninguno de ellos existiría si Venecia no hubiese sido la gran potencia marítima que fue gracias a su flota mercantil y militar.

Y este importante vínculo se puede apreciar al visitar uno de los museos que más adoro desde siempre, cuando era niño y vivía muy cerca: el Museo de Historia Naval.

Este extraordinario museo, que reabrió sus puertas hace poco tras varios años cerrado por labores de mantenimiento, se sitúa a pocos metros de la plaza de S. Marcos.

Ya el edificio que lo aloja es un pedacito de la historia de la ciudad que se remonta al siglo XV, cuando era utilizado como granero. Actualmente, sus cinco plantas las ocupan piezas de la historia de la navegación, en el sentido más amplio del término: desde cañones, falconetes, culebrinas, sables, uniformes y estandartes usados en navíos antiguos hasta importantes reliquias de la marina militar italiana de las dos últimas guerras mundiales que fascinarán a los entendidos.



Instrumentos de navegación antiguos y más recientes, maquetas de barcos de vela, incluida una muy interesante y detallada de una galera, pero también modernos buques militares, de pasajeros y de transporte, objetos y utensilios recuperados del mar, modelos a escala e ilustraciones del dominio veneciano por el Adriático y el Egeo. Además, en sus paredes cuelgan antiguas imágenes marineras y panorámicas de Venecia, en particular, del desarrollo del sector astillero, donde se aplicó «ante litteram» la producción en cadena.

Tampoco podía faltar una sala de góndolas, donde se muestra su construcción y los distintos tipos que existen, así como otra donde se exponen todas las maquetas de los barcos tradicionales de la laguna para las distintas actividades, desde la pesca hasta el transporte.

El museo se divide en dos secciones, ambas situadas a pocos metros entre sí. Cerca de la puerta principal del Astillero se encuentra el Pabellón de los Navíos, donde se conservan numerosas embarcaciones que han surcado las aguas de la laguna.



© pictures artslife.com – visitmuve.it

Poco antes de atravesar la laguna, en el largo puente de autovía y ferroviario que lleva a Venecia, encontramos Mestre. Se trata de una localidad que se ha desarrollado a partir de las grandes actividades económicas de la tierra firme veneciana: puertos, astilleros navales, grandes fábricas y refinerías que se establecieron en la zona del nuevo puerto comercial y de Marghera.

Poco sabemos de la antigua Mestre. Pese a que los primeros documentos en la que aparece citada son del año 1000, lo que sí se sabe a ciencia cierta es que fue un importante cruce de rutas de comercio entre la laguna y el continente. En la ribera del cercano río Marzenego surgió Porto di Cavergnago que, en la época medieval, se convirtió en un importante puesto de defensa gracias a la construcción de los castillos de Castelvecchio y Castelnuovo, de los que actualmente apenas quedan unos restos de la muralla y sus 11 torres. Un rastro bien visible del pasado es la Torre dell’Orologio o Torre del Reloj, situada en la Piazza Ferretto.

Mestre fue posteriormente un importante punto defensivo terrestre de Venecia, primero bajo dominio veneciano y luego austriaco. Para reforzar sus defensas, se realizaron una serie de fortificaciones que dieron forma a las trincheras de Mestre. Estas construcciones, utilizadas también durante la Primera Guerra Mundial, se pueden visitar en un interesante recorrido en bici que atraviesa los campos de los alrededores y el bosque de Mestre.

Forte Marghera, con un gran complejo atrincherado, se encuentra al lado del Parque de San Giuliano y merece sin duda una visita. Acoge exposiciones y eventos musicales, especialmente por la noche, y en la zona interior encontraréis algunos sitios donde comer.

El centro de la ciudad presenta multitud de comercios con una gran oferta para los amantes de las compras, en un ambiente menos saturado de turismo que la cercana Venecia.

En lo referente a las conexiones por carretera y tren, es bueno tener en cuenta que por las estación de Mestre pasan todos los trenes que van y vienen de Venencia, y en los alrededores del aeropuerto hay una gran oferta de hoteles que son una opción cómoda también para los que quieren llegar a Venecia en transporte público. Además, es un buen punto de partida para visitar las cercanas Padua y Treviso.

He aquí algunas sugerencias de actividades que no puedes perderte en Venecia en esta época mucho más tranquila.

Quien decide visitar Venecia en diciembre seguramente busca una ciudad más sosegada y con menos turistas. Efectivamente, el visitante encontrará en esta época un ambiente muy distinto del alboroto que reina en temporada alta, bajo el cálido sol estival, pero también días en que la niebla envolverá la ciudad y creará una atmósfera mágica, casi encantada.

El visitante ya habrá metido en la maleta una lista de los museos que quiere visitar y de los lugares donde degustar las especialidades de la cocina véneta.

Además de lo anterior, a los aficionados a la arquitectura y a todos los demás, les recomiendo que no se pierdan el Negozio Olivetti, un lugar que, a pesar de haberse diseñado y construido a finales de los cincuenta, sigue siendo un maravilloso ejemplo de armonización entre la modernidad y lo antiguo que representa la Plaza de San Marcos en la que se encuentra.

Hasta el 6 de enero, están abiertas dos exposiciones que deben visitarse, aunque solo sea por el propio lugar donde se celebran.

La primera es una exposición sobre Tintoretto en el Palacio Ducal y, la segunda, una exposición dedicada al famoso fotógrafo Willy Ronis, compuesta por más de cien fotografías de 1934 a 1998, en la conocida como Casa dei Tre Oci de la Giudecca, un lugar fascinante por sí mismo que bien merece una visita y que ofrece una visión de San Marcos desde una perspectiva diferente.




Tras la visita, según la hora que sea, no dejes pasar la oportunidad de tomar un aperitivo en uno de los numerosos bares que existen a lo largo de la ribera o de comer en uno de los muchos restaurantes de la zona.

La conmemoración de los difuntos y las fiestas de San Martino y de la Madonna della Salute se celebran tanto dentro de las iglesias como fuera, con recetas típicas de esta época del año.

Noviembre es el mes en el que se empieza a notar que el invierno está a punto de llegar. A veces la lluvia produce el típico fenómeno de «acqua alta», que inunda una parte de la ciudad y obliga a los venecianos a sacar las botas de goma que grandes y pequeños siempre tienen preparadas.

Noviembre también es el mes de algunas de las festividades más típicas de la ciudad. El gris del cielo contrasta con los colores alegres que lucen los escaparates de las pastelerías, llenos de los dulces típicos de esta época del año. Destacan los «fave», dulces de pasta de almendra para conmemorar a los difuntos o «San Martin», dulces típicos de galleta con forma de caballero montado sobre su caballo y decorados con alegres colores, para recordar la historia del santo.

Una fiesta religiosa que sigue siendo de las más populares es la de la Madonna della Salute. Los venecianos atraviesan el puente provisional que atraviesa el Canal Grande entre Santa Maria del Giglio y San Vito, y se acercan a la iglesia para pedir la intercesión de la Virgen para que vele por la salud de sus familias.

La festividad tiene sus orígenes en la epidemia de peste que en el 1630 decimó la población de Venecia. Para dar las gracias por acabar con la plaga, el Senado de la República de Venecia decretó la construcción de la iglesia.

Pese a que ahora no es tan popular, los alrededores de la iglesia se cubrían de puestos que vendían, además de velas decoradas para la Virgen, comida y dulces para regalar a los más pequeños.



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