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La primera vez que me fui de Verona fue después de acabar el instituto. La ciudad en la que había nacido se me quedó pequeña, me parecía demasiado provincial y, en cualquier caso, quería ver mundo, descubrir nuevos sitios, escuchar y hablar en otros idiomas y conocer culturas exóticas.

Después de casi diez años, volví. Con un montón de experiencias en la maleta y unos cuantos años más, empecé a mirar Verona con ojos nuevos. La volví a descubrir, como si la viese por vez primera, y me enamoré. Y aquí me he quedado.

Desde el pequeño piso que tengo alquilado cerca del Duomo he recorrido todos los callejones, placitas y puentes de la ciudad. Y he entendido por qué el conjunto del centro histórico ha sido declarado Patrimonio Mundial por la Unesco.

El legado romano está por todas partes: en las puertas Borsari y Leoni (que se conservan en perfecto estado), en los restos al aire libre visibles desde Via Cappello, o en el Arco dei Gavi.

La Signoria dei Della Scala, el linaje que hizo de Verona una ciudad importante en la Edad Media, dejó en herencia palacios fastuosos, monumentos fúnebres imponentes (los sarcófagos Arche Scaligere) y un castillo situado en pleno centro de la ciudad (Castel Vecchio) que parece salido de un cuento de hadas.

Pero es que además de estos monumentos, todos los edificios presentan un estilo diferente, del gótico al renacentista pasando por diversas amalgamas arquitectónicas, con muros decorativos que, en ocasiones, están recubiertos de frescos. Hay balcones que parecen jardines y plazas que parecen cuadros.

Me dan un poco de pena los turistas que hacen una excursión desde Venecia o Milán y se limitan a visitar la Arena y la casa de Julieta. Me gustaría decirles: «explorad la ciudad, que está llena de tesoros y no sabéis lo que os estáis perdiendo».

Además, Verona es una ciudad viva, mucho más de lo que me parecía cuando era adolescente. Hay restaurantes tradicionales que en cincuenta años no han cambiado ni las sillas situados junto a locales a la última moda.

Hay calles por las que perderse en medio de la multitud y, justo al lado, rincones llenos de paz y silencio. Hay avenidas flanqueadas por boutiques de las grandes firmas de la moda, pero también por tiendas artesanales y pequeños establecimientos típicos.

Si se cruza el puente Pietra y se suben las empinadas escaleras que llevan a Castel San Pietro, entre cipreses y adelfas, justo al lado del teatro romano, se ve la ciudad desde lo alto: abrazada por el río Adige, con su trazado urbano geométrico, sus innumerables campanarios apuntando al cielo y la torre Lamberti que se eleva desafiante.

¿Cómo puede uno no enamorarse de un sitio así? No está bien que lo diga yo, pero Verona es la ciudad más bonita del mundo.

En los últimos años, Verona se ha convertido en uno de los principales destinos turísticos de Italia durante las vacaciones navideñas. Este año, se esperan dos millones de visitantes, de ellos, 200 mil pasarán al menos una noche en la ciudad. Además de disfrutar de la ciudad iluminada y magníficamente decorada y de perderse de compras por sus calles, podrán participar en toda una galería de eventos que involucran a 1200 operadores, también en el lago de Garda.

Antes, no era así. Recuerdo muy bien que, cuando era niño, la Navidad de Verona era un asunto exclusivo de los veroneses y de algún que otro visitante que acudía a pasar el día. Se paseaba por la plaza Bra admirando la gran cometa de metal con su cola que forma un arco hasta el interior de la Arena. Luego, sin falta, se visitaba la tradicional muestra de belenes de todo el mundo, siempre dentro de la Arena. Al final, antes de volver a casa, se acababa tomando un bombolone caliente en los puestos de Santa Lucía, el Papá Noel de los veroneses, puestos que se siguen levantando en la plaza Bra hasta el 13 de diciembre.

Para mí, la Nochebuena, la tarde del 24 de diciembre, siempre ha sido un día especial. Los veroneses tienen la costumbre de encontrarse en el centro para intercambiar felicitaciones navideñas. Las plazas se llenan de gente tarde, cuando salen del restaurante después de cenar. La mayor parte de la acude a la plaza de las Hierbas, o a la calle Sottoriva, sobre todo al bar del mismo nombre donde se dan cita para un brindis a medianoche.

Todo ello forma aún parte de la Navidad de Verona, pero actualmente los días navideños ofrecen mucho más. Y no solo en la ciudad: todas las instituciones se han unido para promover «el distrito de Navidad”de Verona, cuyas atracciones ya consolidadas son los mercadillos, siempre llenos, de la plaza de los Señores en el centro de la ciudad, la muestra de artesanía veronesa del Palacio de la Gran Guardia de la plaza Bra, el Pueblo de Navidad, que este año cumple veinte años en el Flover de Bussolengo.

Al lado de esta oferta más comercial, Verona está buscando asociar la Navidad con otras propuestas de tipo cultural. En estas fechas, la ciudad alberga dos de las muestras más importantes que tienen lugar por ahora en Italia. Sobre todo, está la de la civilización maya, también en el Palacio de la Gran Guardia: un salto a una cultura milenaria entre leyendas, calendarios astronómicos y arte, con 250 restos arqueológicos provenientes de los más importantes museos de México. La muestra permanecerá abierta hasta el 5 de marzo del 2017.

La otra muestra que suscita cada vez mayor interés entre los veroneses es la de figuras de Pablo Picasso en el Palacio Forti, abierta hasta el 21 de marzo: 91 obras, entre cuadros y esculturas, del célebre artista español llegan por primera vez a Italia en gran parte desde el museo Picasso de París.

La novedad quizá más interesante de estos días navideños no es un evento en sentido estricto, sino un proyecto que intenta descubrir una parte de la ciudad bellísima y rica en historia, pero actualmente algo alejada de las rutas turísticas. Se llama Verona Minor Hierusalem, “Verona, pequeña Jerusalén”. Turistas, visitantes y fieles descubrirán que a partir del siglo IX se fundaron en Verona diversas iglesias que quisieron imitar los santuarios de Jerusalén, creando así una alternativa a los costosos y peligrosos viajes a Tierra Santa. Una forma de turismo religioso precursor que actualmente se puede revivir recorriendo el itinerario que sale del puente Piedra y pasa por cinco iglesias, excepcionalmente abiertas gracias a la participación de centenares de voluntarios, entre ellas la espectacular iglesia de los Santos Siro y Libera, justo en la ladera de las colinas de San Pedro.

En el año 2000 la Unesco incluyó a Verona en la lista de ciudades patrimonio de la humanidad no solo por la belleza de su arquitectura levantada a lo largo de 2 milenios de historia, sino también porque “representa de forma excepcional el concepto de ciudad fortificada en más etapas, característico de la historia europea”.

Con el paso de los siglos, se han construido en Verona tres murallas distintas. La primera fue la muralla de la época romana, que cerraba la ciudad, ya protegida por sus otros tres lados por la ensenada del río Adigio. Después, en el siglo XII, las murallas “comunales” al sur de la Arena y que aún hoy son bien visibles por la vía Pallone. Y finalmente, la imponente intervención de fortificación de la Señoría de los Scaligeri a inicios del siglo XIV, delimitando la ciudad histórica, los barrios limítrofes y las colinas. Esta estructura, que se extiende por unos nueve kilómetros, fue reforzada después por los venecianos, en primer lugar, y por los austríacos, que le dieron a los muros su aspecto actual.

Es verdad que a día de hoy los muros ya no tienen su función original. No hay ejércitos enemigos ni invasores de los que protegerse y la ciudad se ha desarrollado mucho fuera de su perímetro. Pero igualmente su presencia sigue haciéndose notar. Además, a diferencia de muchos otros lugares y monumentos veroneses, aún no han sido valorados turísticamente. Esto, después de todo, puede ser incluso algo bueno para quien quiera apreciar hasta el fondo su autenticidad.

Los muros más antiguos, los romanos, han desaparecido, a excepción de un pequeño tramo visible solo detrás de la Arena. No importa: aún permanecen perfectamente conservadas dos magníficas puertas de acceso a la ciudad romana, la Porta Leoni y sobre todo la Porta Borsari: esta última se encontraba en una importante calle consular como la vía Postumia, y fue llamada así porque aquí los soldados “borsari” cobraban los aranceles a las mercancías que entraban e iban directas al mercado de Piazza Erbe.

Los muros que todos ven hoy llegando a Verona son los llamados “magistrales”, sobre el perímetro de la ciudad en los tiempos de la Señoría de los Scaligeri y del posterior dominio veneciano. Las majestuosas puertas diseñadas por el arquitecto renacentista Michele Sanmicheli son aún hoy los principales puntos de entrada a la ciudad.

Las principales son Porta Vescovo, Porta Nuova, Porta Palio y Porta San Zeno. Esta última es mi preferida, no tanto por su calidad arquitectónica sino por el lugar. De hecho, mientras las otras se presentan ya incluidas en los enlaces viales, en San Zeno la puerta todavía está visiblemente unida a los imponentes bastiones perfectamente conservados.

Lo bonito de los bastiones no es mirarlos desde abajo, sino subir hasta la cima y disfrutarlos desde arriba. El acceso es fácil, con innumerables puntos de acceso a pie de calle. En la cima, hay todo un mundo elevado por descubrir y un parque urbano informal donde los veroneses pasean y hacen jogging. Recorriéndolos se descubrirá, por ejemplo, que a la sombra de la muralla ha nacido una especie de ciudadela del deporte, con campos de fútbol, tenis y piscinas. Se puede tropezar con un zoo abandonado, del que solo quedan las jaulas vacías de los animales. Se pueden descubrir muchísimas grietas en las que, según nos contaban nuestras profesoras del colegio, los veroneses evacuados de la Segunda Guerra Mundial se protegían de las bombas.

La parte más espectacular de la muralla es la que sube por las colinas. Tal vez sea la mejor ruta de senderismo urbano que se pueda encontrar en Verona, pero si quieres enfrentarte a ella, mejor que tengas un buen par de zapatos, tiempo y algo de entrenamiento, porque en algunos tramos la subida es muy empinada. Yo aconsejo partir de la escalinata de vía San Nazaro, llegando a la magnífica terraza del instituto Don Calabria, continuando hasta el Fuerte San Felice de los Austria. Desde aquí se puede bajar hacia el característico barrrio de San Giovanni in Valle por la vía Nazareth, o bien continuar hacia Castel San Pietro. Un último consejo: entre vistas impresionantes, muros medievales, jardines y olivares, es mejor tener siempre a mano una cámara de fotos.

Para aquellos que sufren con el calor, la llegada del otoño supone todo un alivio. Sin embargo, para quienes solo se encuentran a gusto bajo el cálido sol del verano, el otoño es sinónimo de achaques y dolores. Lo que está claro, independientemente de cómo se perciba el otoño, es que es la mejor estación para disfrutar de un baño termal.

Seguramente Verona no es el primer sitio que a uno le viene a la cabeza cuando se habla de termas. Sin embargo, a un centenar de kilómetros al este, cerca de Padua, se encuentra el famoso centro termal de Abano que, en las últimas décadas, ha visto cómo alrededor de sus fuentes termales se iba levantando toda una ciudad dentro de la ciudad, compuesta por piscinas, hoteles y centros médicos. Por otro lado, en Alto Adige se encuentran las termas de Merano, un gran centro especializado, construido en estilo noreuropeo y dotado de spa y sala de fitness. Ambos destinos se sitúan a poco más de 1 hora en tren.

Los habitantes de los alrededores de Verona conocen los beneficios de las aguas termales desde la Antigüedad. Los descubrieron los romanos, y en Caldiero, a 15 km al este de la ciudad, los poderes terapéuticos de la fuente de Juno son célebres desde la época del Renacimiento. Además, en la ribera del Garda, el microclima mediterráneo y los manantiales de agua caliente crean un binomio extraordinario: aquí vinieron a curarse Thomas Mann y Franz Kafka siguiendo los pasos de Goethe y Nietzsche.

Hoy en día, hay al menos tres lugares en las proximidades de Verona que vale la pena visitar si se quiere pasar una tarde en las termas. Todos tienen algo en común: una vez sumergido en el agua caliente, se puede disfrutar de un paisaje espectacular.

El centro termal más próximo a Verona es también el de más reciente construcción: se llama Aquardens y está en Pescantina, junto a la famosa región vinícola de Valpolicella. Abierto desde hace unos años, Aquardens es un gran complejo de arquitectura moderna con una imponente piscina, parcialmente cubierta, con duchas a presión e hidromasaje. Una vez fuera, uno se encuentra rodeado de colinas verdes cubiertas de viñas y salpicadas de pueblos tradicionales que se prestan gustosamente a hacer una parada para disfrutar de una experiencia gastronómica. Entre ellos cabe destacar Castelrotto.

Para quienes prefieren un formato más íntimo y acogedor, Villa dei Cedri es una parada obligatoria. Situada en Colà di Lazise, en las colinas morrénicas que hay en las inmediaciones del lago de Garda, este centro está inmerso en el majestuoso parque de una villa, repleto de árboles centenarios. La piscina principal, especialmente por la tarde, adquiere una dimensión mágica cuando los vapores del agua rica en azufre se disipan en la oscuridad. La zona de hidromasaje se encuentra en una cueva. Las instalaciones han sido remodeladas recientemente y ampliadas con un nuevo edificio para los vestuarios y el restaurante.

Y por último, las termas de Aquaria, en Sirmione, la famosa localidad ubicada a unos 20 km al oeste de Verona donde el poeta latino Catulo mandó construir la magnífica villa que hoy en día es su principal atractivo. Las termas se encuentran a las afueras. Uno se mete en el agua desde el interior del edificio, pero la piscina continúa en el exterior, con hidromasajes, duchas y una zona de spa. Las vistas son espectaculares, sobre todo cuando el cielo está despejado, ya que el centro se sitúa en la parte final de un istmo en pleno corazón del lago de Garda, y uno tiene la sensación de encontrarse en una isla. La entrada cuesta un poco más, pero incluye el acceso a un nuevo centro fitness y, en cualquier caso, vale la pena.

¡A disfrutar del baño!

La leyenda narra que, cuando concluyó la guerra entre el rey ostrogodo Teodorico y el general romano Odoacro, a las puertas de la ciudad, en el año 489 d.C., se les concedió a los veroneses, agotados de hambre, poder alimentarse, de manera excepcional, de los cadáveres de caballo que habían quedado en el campo de batalla. Así surgió el gusto local por la carne de caballo, que ha durado hasta hoy.

Verona es una de los pocas ciudades –la única que he visto– donde hay tantas carnicerías dedicadas exclusivamente a la carne de caballo, y no solo de caballo: también de burro y de mulo. Solo en el territorio municipal, hay al menos unas diez, la más afamada es seguramente la carnicería Avesani de la placita Monte, en pleno centro histórico.

La carne de caballo es la base de algunas de las recetas tradicionales veronesas, sobre todo de la pastisada de caval, una especie de relleno cocido muy lentamente en vino rojo, pero también de las albóndigas, los filetes, las salsas y tanto productos más.

Pero nos quedaríamos cortos si dijéramos que a los veroneses les gusta el caballo solo en el plato. Les gusta mucho más. Porque en el mismo mes de Noviembre tiene lugar en Verona, desde hace más de un siglo, la Fiera Cavalli, la Feria del Caballo, la más antigua de la ciudad y la más importante del sector en Italia.

Actualmente, la Feria del Caballo es uno de los eventos de mayor atractivo de la ciudad. La primera edición tuvo lugar en el ya lejano 1897 pero, en realidad, en Verona hay feria de caballos desde hace mucho tiempo. La compraventa de caballos, en una ciudad que siempre ha sido un importante centro agrícola, además de centro comercial, era una actividad muy importante antes de la llegada del automóvil.

A día de hoy, los caballos no se compran ya para tirar de carruajes o de máquinas agrícola, sino para competir en las pruebas hípicas o para el turismo a caballo. La Feria del Caballo que se celebra en los pabellones de la feria de muestras de la ciudad, es sobre todo una gran exposición que va desde los más bellos purasangres del circuito internacional a los potros que pueden convertirse en los campeones de mañana.

Pero la Feria del Caballo resulta siempre un evento que atrae a los aficionados y a los operadores del sector y también a millares de jóvenes y niños. Se programan espectáculos ecuestres, demostraciones y competiciones, existe la posibilidad de probar por primera vez la locura de montar a caballo o solo de acariciar a un poni.

La provincia de Verona, con sus colinas cubiertas de viñedos, sus montes de suaves pendientes con bosques y pastos y sus ríos (el Adige y el Mincio), es la zona ideal para montar a caballo pero en la cercanía de la ciudad no faltan tampoco lugares donde se puede dar un paseo a caballo, en contacto con la naturaleza.

La cuadra más cercana al centro histórico es el círculo hípico Scaligero: se encuentra en el Boschetto, a la entrada del parque del Adige sur, una amplia zona de bosques y campos cultivados con senderos y claros. Siguiendo al borde del Adige, pero curso arriba, hacia el norte, a la altura de Corte Molon, se encuentra otro centro ecuestre  que organiza paseos a caballo también en las colinas de Valpolicella y del monte de la Lessinia.

En Verona, lo que falta, es un hipódromo de verdad. No importa: en menos de dos horas de coche o de tren, en dirección norte, se llega a Merano  que, además de presumir de hipódromo, alberga todos los años, a finales de septiembre, uno de los más apasionantes premios hípicos italianos. También yo fui allí un día, y probé la locura de apostar a los caballos: obviamente, perdí mis doce euros …

Verona es el escenario de una de las obras más famosas de William Shakespeare, Romeo y Julieta. Puedes deducir sus orígenes romanos en las antiguas ruinas repartidas por todo el centro de la ciudad, gracias a las cuales Verona forma parte de la prestigiosa lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. La ciudad entera está rodeada por el río Adigio y varias colinas –a tan sólo un par de minutos a pie de la urbe– desde las cuales podrás disfrutar de impresionantes vistas panorámicas. La Arena di Verona es un teatro al aire libre que fecha del período romano; y su Festival de Ópera veraniego es conocido en toda Europa. Verona es también capital mundial del vino y el cuarto destino turístico más popular en Italia. Está sólo a 20 minutos del Lago Garda, un paraíso para navegantes y fans del windsurf, con pueblitos pintorescos situados en la misma orilla del lago y rodeados de olivares.

Al principio estás en la orilla del lago, en mangas cortas, disfrutando del sol y el rumor de las olas. Diez minutos después estás en alta montaña, a dos mil metros de altura, respirando un aire cortante y con un anorak puesto.

Hay pocos lugares en el mundo donde se pueda cambiar de paisaje y clima en un periodo de tiempo tan breve: uno de ellos es Malcesine, uno de los pueblos con más encanto de la ribera oeste del Garda.

El cambio de perspectiva es posible gracias al teleférico Malcesine-Monte Baldo, una de las principales atracciones de la provincia de Verona, visitada cada año por más de 300 000 personas, y que sigue aumentando.

La subida desde las orillas del lago hasta la cima es tan rápida como espectacular. Puedes acceder al teleférico justo al salir del centro del pueblo y ganar altitud. Se hace una primera parada a mitad de camino para cambiar de cabina, y después se hace el último tramo hasta llegar a la cima del Monte Baldo.

El Baldo es un macizo montañoso de la provincia de Verona que, geográficamente, se extiende por la ribera oeste del lago de Garda. Es especialmente conocido por la variedad de su flora, tanto que recibe el sobrenombre del «Jardín de Europa».

El teleférico es la forma más cómoda de acceder a la cumbre del monte Baldo, al que de lo contrario solo se podría ir a pie. La cabina del teleférico está diseñada para girar sobre sí misma durante la subida. De este modo, el mismo viaje es espectacular y permite apreciar a 360 grados un paisaje cada vez más amplio a medida que se gana altitud.

Una vez que llegues a la estación, te aconsejo que llenes bien los pulmones de aire bueno y te gires para admirar el paisaje.

Quien sufra de vértigo que se agarre al brazo de un amigo. Es un poco como encontrarse en la terraza del gran cañón, solo que debajo no está el río Colorado sino el lago de Garda, el más grande de Italia, que puede contemplarse por completo desde aquí.

En los meses de invierno, cuando la montaña está cubierta de nieve, el ambiente a gran altitud es aún más mágico. La última vez que estuve, salí de Malcesine una fresca mañana de febrero: cielo despejado y temperatura de 6-7 grados. Al terminar la subida la temperatura había caído a 5 grados bajo cero.

Había nevado algunos días antes y había cuajado. Por eso alquilé un par de esquís y pasé todo el día recorriendo de arriba abajo las pistas del pequeño pero espectacular territorio cavado en esta ladera.

En verano, el teleférico se convierte en el medio con el que los turistas del lago huyen del bochorno. Cuando el calor se vuelve sofocante y ni siquiera un chapuzón en el lago es de mucha ayuda, no hay nada mejor que un paseo a gran altitud.

Desde aquí, para quien le guste el senderismo, se pueden hacer algunas excursiones muy bonitas, no muy complicadas ya que, estando ya en la cima, no hay que tener muy en cuenta el desnivel.

Si vas hacia el sur, llegarás en una hora de camino al refugio Telegrafo, y desde allí, en los 2200 metros de la cima, hay otro punto panorámico espectacular, sobre todo por toda la parte meridional del lago. En cambio, si sigues hacia el norte, llegarás al refugio Chiesa y desde allí se ve otra cumbre, la del monte Altissimo.

Después, cuando quieras bajar, hay dos opciones. La primera, volver a bordo del teleférico y hacer el camino inverso. De esta forma estarás en 10 minutos en el punto de partida.

La segunda opción es mi preferida: bajar a pie desde la cima del Baldo hasta el lago. El camino tiene tramos empinados, pero está bien marcado y es todo cuesta abajo. Además, se atraviesa una reserva natural integral, un ecosistema puro que permite ver un bosque completamente análogo a los que, en siglos pasados, cubrían cada ladera de esta montaña, cuyo nombre deriva del alemán bald, «bosque».

Los alrededores de Verona son un descubrimiento continuo, incluso para quien haya nacido y crecido por esta zona, como es mi caso. Me gusta llevar una lista de los lugares que me impresionan o a los que me gusta volver, para hacer una excursión o dar un paseo los fines de semana. Os presento una pequeña selección de los cinco lugares que, por diversos motivos, están a la cabeza de mi clasificación personal.

Cascadas de Molina: En la Alta Valpolicella, justo al norte de Fumane, en una zona de profundas gargantas con torrentes y recubiertas de una exuberante vegetación, se encuentra el parque de las Cascadas de Molina. Hay un montón de senderos que lo recorren muy bien delimitados: es una meta perfecta sobre todo en los días más calurosos, para disfrutar de la sombra del bosque y la frescura de sus muchos lagos color esmeralda, o para explorar las cuevas en las se alojaron los hombres prehistóricos. Sin embargo, la mayoría de visitantes viene al parque para contemplar sus espectaculares cascadas. Se puede llegar desde la preciosa aldea medieval de Molina.

Puente de Veja: No es un puente propiamente dicho, sino más bien un gigantesco y espectacular arco natural de piedra de unos cuarenta metros excavado por un torrente en el curso de los milenios. Es una visión única, que inspiró a escritores y artistas desde la antigüedad: el pintor Andrea Mantegna lo reprodujo en su famoso ciclo de frescos de la Cámara de los Esposos. Pero cuidado con mirar hacia abajo: puede que te dé vértigo. Se puede llegar en coche subiendo el valle de Negrar, en Valpolicella. Aunque para los más temerarios se puede llegar también a pie, recorriendo el sendero europeo número 5 que une Verona con Austria.

Borgetto: Cuando salen las clasificaciones con los pueblos italianos más bonitos de Italia, Borghetto –una fracción de Valeggio sul Mincio– está entre ellos. Un lugar muy solicitado para las bodas, tan de cuento de hadas que parece ficticio. Pero en realidad es completamente auténtico. Se trata de una pequeña villa fortificada compuesta por un montoncito de casas y unos cuantos molinos que da al río Mincio, río receptor del lago de Garda. La simbiosis con el agua es total, como se puede concebir al admirar Borghetto en su plenitud desde el imponente puente Visconteo del siglo XIV. Si puedo, evito ir a Borghetto los domingos o los días festivos, ya que se llena de turistas hasta límites inimaginables, que van en masa a sus restaurantes, famosos por los tortelli de calabaza. Sin embargo, cualquier otro día es un placer para la vista y el gusto.

Soave. Cuando era niño e iba a la escuela de arte, los profesores nos llevaban aquí con telas, pinceles y caballetes para pintar un paisaje de este pueblo en las colinas en la zona este de la provincia de Verona. Además Soave es un pueblo de postal: está dominado por el castillo medieval construido por los Scaligeri, los históricos señores de Verona, mientras sus pintorescos callejones son una sucesión de iglesias y edificios históricos. Es obligatorio parar en alguna taberna a degustar el vino blanco, tranquilo y perfumado, que toma su nombre de este pueblo; es uno de los grandes vinos veroneses por popularidad, solo en Valpolicella.

Campo. Yo mismo descubrí este pueblo sobre la ladera intransitable de la montaña que domina Brenzone, en el lago de Garda, en tiempos más bien recientes. Y es tal vez uno de los secretos mejor guardados de la provincia de Verona. Campo, desde el Medioevo, era una casa de postas situada de camino a Verona que se abandonó con la apertura de la carretera del Garda que bordea el lago. Hoy es una villa casi fantasma (vive allí una familia de pastores), a la que solo se puede llegar a pie, con una pequeña iglesia con frescos que es una joya, y desde la que se puede ver uno de los paisajes más espectaculares que recuerdo. En verano, una fundación que lucha por su recuperación organiza por sus callejuelas un precioso festival de música y teatro.

La apertura de un nuevo teatro me pone siempre de buen humor. Quiere decir que hay alguien dispuesto a apostar por la cultura, por los actores, los músicos, los bailarines y por un público de personas curiosas y sensibles, dispuesto a pagar una entrada para verlos. Un nuevo teatro es además un fenómeno de regeneración urbana: las áreas a su alrededor se vuelven más interesantes, se enciende una nueva vida.. Es una de las cosas más hermosas que, hoy en día, puede pasar en una ciudad. Y, afortunadamente, en Verona, en los últimos tempo, ha sucedido varias veces.

Verona, hay que decirlo, tiene una gran tradición de teatro, incluso popular. Son muchos los que actúan en compañías amateur, a menudo en dialecto. A los teatros más prestigiosos, como el Filarmonico (utilizado para óperas y sinfonías) y al teatro Romano (donde en el verano tiene lugar un importante festival dedicado a Shakespeare), se suma el Teatro Nuovo, punto de referencia para la prosa. Pero, como ya dicho, la oferta ahora se ha ampliado.

Durante tantos años, a pocos pasos de Castelvecchio, escondidas en una pequeña plaza, estaban las ruinas del teatro Ristori. Fue construido en 1837 para albergar espectáculos circences, inicialmente al aire libre, con dos filas de pequeños palcos. Luego se construyó el el techo y durante un siglo y medio, hasta 1983, fue una de las instituciones de la ciudad. Por su palco pasaron los más grandes, de Totò a Roberto Benigni, de Domenico Modugno e Paolo Conte. Después, durante 25 años, estuvo cerrado y abandonado.

Desde 2012, tras una larga y complicada restructuración, que lo ha transformado en un lugar tecnológicamente de vanguardia aun conservando la fascinación del ochocientos,  el Ristori ha vuelto a abrir, volviéndose muy pronto un punto de referencia importante de la vida cultural de Verona . Hoy alberga varias reseñas, de la danza contemporánea a la música jazz, mientras que el domingo por la tarde está reservado tradicionalmente a la proyección de óperas y conciertos.

Un espacio totalmente nuevo es, en cambio, el Teatro Fonderia Aperta, que se abrió en 2015. Está a pocos minutos a pie de la plaza Bra, en los locales cerca de un instituto profesional que, una vez, tenía un taller de fundición. Más tarde, con el desarrollo de la industria manufactura, el taller cayó en desuso y se cerró. Hasta que un director de Verona lo vio y se enamoró.

Roberto Totola, este es su nombre, tardó más de diez años en realizar su sueño. Reunió a algunos amigos y, en su tiempo libre, aprendió a ser carpintero, pintor y albañil (de esta pequeña epopeya ha hecho incluso una película), siempre con el objetivo de mantener el espíritu de “fábrica” del lugar, con sus maquinarias y sus estructuras.

Es un lugar de un encanto sin igual: cuando estuve en la inauguración me recordó un teatro de New York, o uno de esos lugares que vuelven especial a Berlín. En la cartelera hay representaciones teatrales y conciertos, pero vale la pena ir aunque más no sea a por una copa, justo para respirar un poco de su atmósfera.

Hoy no es una exageración hablar de Verona como una de las capitales italianas del teatro, especialmente después del anuncio, a comienzos de 2016, que Dario Fo – el último italiano que recibió el premio Nobel de literatura, en 1997  – ha decidido llevar su inmenso archivo justamente a Verona. Fo es de Milán, pero aquí ha encontrado el espacio que desde hace tiempo buscaba para realizar el sueño de toda una vida: un museo-taller del teatro italiano, desde la Edad Media hasta nuestros días.

El archivo de Fo- rebautizado Musalab – se encuentra en una de las zonas potencialmente más interesantes de Verona, los ex almacenes generales, que desde la postguerra hasta los años noventa fueron uno de los corazones productivos de la ciudad, justo enfrente del predio ferial. Desde hace algún tiempo, los enormes espacios se están rehabilitando y aquí encontramos oficinas, tiendas y áreas verdas, además del archivo de Fo, albergado en los locales del Archivo de Estado de Verona.

Muchos enamorados han llegado a Verona atraídos por la leyenda que esconde la Casa de Julieta, supuesta vivienda de la mítica familia Capuleto. Shakespeare escogió Verona y el escenográfico balcón de esta casa para ubicar la historia de amor más dramática y romántica jamás contada y, desde entonces, la Casa de Julieta recibe ocho mil cartas de amor y desamor al año,

dirigidas a la bella dama, y que un equipo de voluntarios se encarga de responder. En el patio interior hay una estatua de bronce de Julieta, realizada por el escultor italiano Nereo Constantini. La leyenda cuenta que si tocas su pecho derecho, o bien serás afortunado en el amor para siempre o bien volverás a Verona. Cualquiera de las dos opciones sirve, ¿verdad?

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