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Es domingo por la mañana, un bonito día de sol. Cojo mi bicicleta y pedaleo a lo largo del río Adige. Es un pequeño rito, compartido por miles de veroneses. De hecho, todos los domingos el tramo de lungadige Attiraglio, entre el puente Catena y la zona de Parona, está cerrado al tráfico. De esta forma, la calle, en lugar de automóviles, se llena de personas a pie, en patines clásicos y en línea, monopatines y, sobre todo, de bicicletas.

Es un trayecto simple y escenográfico. Se bordea el río, en dirección contraria a la corriente. Se puede bajar también por la orilla, donde hay un camino excavado en contacto directo con el agua. Al seguir pedaleando, al rato aparecen a la izquierda las verdes colinas de la Valpolicella, al frente se ven las montañas.

Normalmente llego hasta el puente de la Diga del Chievo, un barrio en la parte noroeste de la ciudad. Lo atravieso y regreso a la ciudad por el precioso carril bici que zigzaguea por el canal Camuzzoni. El trayecto completo, entre ida y vuelta, es un anillo de casi una decena de kilómetros que permite conocer una Verona distinta, popular, rural.

Esta es solo una de las muchas rutas posibles de Verona para quien ama montar en bicicleta. Verona es una ciudad de amantes de la bicicleta, con muchísimos ciclistas. Al mismo tiempo, la bici se usa cada vez más para los traslados en la ciudad como alternativa al coche. En los últimos años, se han creado numerosos kilómetros de carril bici. Y precisamente ha abierto en Verona la exposición internacional de bicicletas más grande de todo el país, que tiene lugar en septiembre en los pabellones de la feria de Verona.

Otra de mis rutas preferidas en bici tiene que ver una vez más con el río, pero por el otro lado de la ciudad, en lo que llamamos Parco dell’Adige Sud. Se parte girando a la derecha tras atravesar el puente San Francesco, se atraviesa el picadero del Boschetto, y se recorre un carril de tierra pero bien definido que se adentra entre bosques, prados y campos cultivados.

Desde aquí, atravesando el puente de San Pancrazio, te puedes adentrar en una de las partes más remotas y desconocidas de Verona, aislada en una estrecha ensenada del Adige. No es casualidad que se construyera precisamente aquí, sobre 1549, el Lazzaretto, un lugar para poner en cuarentena a los enfermos contagiosos, a partir de la epidemia de peste, del que hoy sobrevive la capilla diseñada por el arquitecto neoclásico Sanmicheli.

Si prefieres algo más cerca del centro de la ciudad, puedes probar la embriaguez de aventurarte por la ruta que se eligió para dos ediciones de los mundiales de ciclismo en ruta, los de 1999 y 2004. Aquí hace falta una buena bicicleta con cambios, buenas reservas de agua y una condición física aún mejor, porque en algunas partes la cuesta es muy empinada.

Esta ruta atraviesa las Torricelle, las colinas cercanas a la ciudad, que se distinguen de bosques, fortalezas militares y rincones panorámicos. Se recorre vía Nievo y después se sigue por vía Castello San Felice, donde la carretera empieza a empinarse. Si te das cuenta de que la subida es muy dura, siempre puedes parar a mitad de camino, en el precioso Parco delle Colombare, perfecto para recuperar energías.

Sólo los más entrenados conseguirán recorrer las siete curvas de las Torricelle hasta la cima. En ese punto, se gira a la derecha por vía Caroto y se pedalea hacia la ciudad, saliendo al barrio de Veronetta: desde allí se puede volver cómodamente al centro histórico.

Si no tienes una bicicleta a mano, puedes alquilar una en una de las muchas estaciones de bicis públicas (bike sharing) que se instalaron en la ciudad hace algunos años. Y de esta forma, dejándote guiar por la curiosidad y por el instinto, podrás llegar a descubrir una ciudad nueva distinta de la que aparece en las postales, pero igualmente preciosa.

Verona está rodeada de montañas. En un bonito día de invierno, recorriendo el paseo Porta Nuova hacia plaza Bra se entrevé la cordillera del Carega, con sus cumbres nevadas. En cambio, en lugares como Lungadige Attiraglio, donde se tiene una perspectiva abierta hacia el oeste, se perfila el monte Baldo con sus más de 2000 metros de altura.

También se puede hacer a la inversa. Si tienes la voluntad y el espíritu de subir a la cima de estas montañas, sobre todo cuando el aire es cortante y el cielo está despejado, obtendrás a cambio una vista espectacular de la llanura bajo tus pies.

Desde el refugio Chiesa sobre la cumbre del Altissimo, a donde se llega tras una hora de trayecto de suave pendiente desde el refugio Graziani, se puede admirar el Lago de Garda en su totalidad. ¡Y hay quien, desde el refugio Bocca di Selva, en la Lessinia, ha conseguido fotografiar el Monviso a 330 km de distancia!

Es una forma de reconciliarse con la naturaleza, de dejar atrás el frenesí y los ruidos de la ciudad, además de respirar un poco de aire limpio: la mayoría de las veces sólo necesitarás un par de zapatos de senderismo y algo de buena voluntad.

Sin embargo la montaña veronesa también piensa en los perezosos. A la mayor parte de los refugios en la Lessinia es fácil llegar en coche, como el Dosso Alto en Conca dei Parpari, donde además el domingo se reúnen los jóvenes para comer platos típicos y montanos y para escuchar música en directo, algo que aquí siempre está garantizado.

Para llegar a la cima del Baldo sin esfuerzo, está el espectacular teleférico que parte de Malcesine, uno de los pueblecitos más característicos de los que dan al lago. El teleférico funciona todo el año y la subida desde las riberas del Garda hasta los más de 2000 metros de altura de la montaña es una experiencia que deja sin palabras.

Evidentemente, en invierno el principal motivo para ir a la montaña es la nieve. Cuando, como este año, hay poca nieve en las montañas veronesas, las tradicionales actividades que se realizan en invierno por estas zonas, como el esquí de fondo o las carreras en la nieve, se posponen para el año siguiente.

Por suerte, Verona está en una posición estratégica para llegar a algunos de los mejores complejos de esquí no solo de Italia, sino de toda Europa, en la región fronteriza de Trentino-Alto Adige.

Seguramente la localidad más famosa, entre las que están a tan solo una hora en coche de Verona, es Folgaria. Sus pistas son especialmente apreciadas por los esquiadores inexpertos y puede que un día no sea suficiente para recorrerlas todas. Puede valer la pena quedarse un día más haciendo noche en uno de los muchos hoteles a pie de pista o bien en el centro de Folgaria, que está lleno de locales y restaurantes.

Sin embargo, mi meta preferida para esquiar durante el día es el territorio de Polsa-San Valentino, en el altiplano de Brentonico, en las laderas trentinas del Monte Baldo. No hay nada que sea especialmente glamuroso, pero cuenta con una buena variedad de pistas de dificultad media o baja. Entre sus ventajas están también los precios especialmente bajos de los Ski Pass y además no hay nunca demasiado jaleo, ni siquiera los fines de semana.

A otra categoría pertenecen las instalaciones de las Dolomitas, auténticos y verdaderos paraísos para los amantes del esquí y del snowboard. Partiendo de Verona, en solo dos horas se llega a Obereggen, localidad famosa por sus pistas en el imponente Latemar. O bien en Carezza, con sus pistas soleadas en las laderas del Catinaccio.

Si continuamos más hacia el norte, hacia la Alta Badia o la Val Gardena, se entra en el territorio del «Dolomiti Super Ski, que con sus (atención) 1200 km de pistas es el complejo de esquí más grande del mundo. Yo no soy un gran esquiador, pero bajar desde los 3.300 metros del hielo de la Marmolada o desde la famosa y larguísima «pista negra» del Plan de Corones han sido algunas de las experiencias más emocionantes de mi vida.

Si la voz «Verona» apareciese en un diccionario de sinónimos, la palabra «vino» debería ser uno de ellos. Los veroneses aprendemos a apreciarlo desde jóvenes y estamos tremendamente orgullosos de que Verona sea la provincia italiana que más vino produce. Claro que hay tantas bodegas y variedades que, a la hora de pedir una botella en un restaurante, uno puede sentirse totalmente perdido. Así pues, ¿por dónde podemos empezar para orientarnos y tener unas nociones básicas?

Probablemente por el Valpolicella, que es nuestro vino tinto más popular. Es con el que más nos sentimos identificados, si bien es cierto que existen otros muchos vinos veroneses famosos, como el Soave y el Bardolino. El Valpolicella debe su nombre a las colinas que hay al noroeste de la ciudad, donde se cultivan sus uvas (aunque con el tiempo su zona de producción se ha extendido). Pero no basta con decir «Valpolicella», ya que existen numerosas variedades.

Hasta hace unas décadas, todo era más sencillo. Recuerdo perfectamente que mi abuelo, un pequeño viticultor de la Valpolicella como tantos otros, producía como mucho dos tipos de vino: el «Classico» y el «Recioto». El primero era un vino para todos los días, de graduación baja, perfecto para acompañar las comidas, aunque se podía beber en cualquier otro momento de la jornada. El segundo era el vino de las ocasiones especiales. Seguramente cuando nací, mi familia destapó una botella en mi honor. Es uno de esos insólitos vinos tintos dulces y se elabora con una laboriosa técnica especial de marchitamiento de la uva.

A día de hoy, la situación es muy diferente, más variada y compleja. Yo mismo descubro nuevos tipos de Valpolicella cada día. Lo que sí es cierto es que actualmente «el rey de la Valpolicella», que en los últimos años ha disfrutado de un increíble éxito a nivel internacional, es el Amarone. Este vino, que se obtiene con la misma técnica aplicada al Recioto, tiene un regusto ligeramente amargo (de ahí su denominación «amarone») y es un vino fuerte, estructurado y complejo que rivaliza con los mejores Chianti y Barolo incluso en precio. Es el vino que sirvo en la mesa cuando vienen mis amigos a cenar y quiero quedar bien.

Pero esto no es todo, ya que debido a la evolución de las técnicas de producción, en los últimos años han surgido nuevas variedades de Valpolicella, como el Valpolicella «Superiore», una evolución del «Classico», que muchos piden pensando que es superior en calidad, aunque la diferencia principal radica en que se refina en barricas de roble. Otra variedad bastante conocida es el «Ripasso», un Valpolicella clásico que se deja reposar en las vinazas del Amarone.

Hablando de vino, me ha entrado sed… Cuando tengo que comprar una botella para ir a una cena o una fiesta, suelo acercarme a la enoteca Dal Zovo, en Viale della Repubblica, una especie de templo laico para los amantes del vino con una variedad y una calidad prácticamente sin igual. Sin embargo, si quiero probar algo nuevo y diferente, me paro en SignorVino, en Corso Porta Nuova, que cuenta con etiquetas menos conocidas que vale la pena descubrir. ¡Salud!

«A mitad del camino de la vida/ en una selva oscura me encontraba/ porque mi ruta había extraviado». Era apenas un niño cuando aprendí el comienzo de la «Divina Comedia», el poema más famoso del poeta italiano más célebre de todos los tiempos, Dante Alighieri. Sin embargo, hace relativamente poco descubrí que la vida de Dante está muy ligada a mi ciudad, Verona, en muchos aspectos. ¿Y qué mejor que este año, en el que celebramos el 750.º aniversario de su nacimiento, para recordarlo (o redescubrirlo) a través de los sitios que fueron testimonio de su paso?

Dante vivió en Verona en dos épocas diferentes. Esta ciudad lo acogió entre los años 1312 y 1319 tras haber sido desterrado de su querida Florencia, donde los Güelfos, la facción fiel al Papa, se habían hecho con el poder. Verona, al igual que Dante, era gibelina, es decir, partidaria del emperador. Además, estaba gobernada por un soberano ilustrado, Cangrande della Scala, amante del arte y de las letras, y pionero de los mecenas del Renacimiento.

Cangrande solía acoger a artistas y literatos en su palacio, el Palacio de los Scaligeri, actual sede de la Prefectura de Verona, que se asoma a Piazza dei Signori. Hoy en día, esta plaza es más conocida como Piazza Dante por la estatua que representa al «sumo poeta» en su típica actitud contemplativa.

Cuando paseo por la plaza, me gusta pensar que lo que veo hoy se parece bastante a lo que veían los ojos de Dante. Quién sabe cuántas veces el poeta paseó por los dos bellos patios medievales que se encuentran junto a la plaza: el del Mercado Viejo, donde se sitúan el antiguo Palacio del Tribunal y la Escalera de la Razón, actual sede de la Galería de Arte Moderno de Verona, y el del Palacio del Capitán (mandado construir por Cansignorio, un sucesor de Cangrande), donde se ubica el Centro Scaligero de Fotografía, un notable espacio expositivo subterráneo que se erige entre los restos de una villa romana.

Mientras Florencia se consumía entre las llamas, Dante encontró en Verona el oasis de paz y libertad que le permitió completar su obra maestra. De hecho, escribió el tercer canto de la «Divina Comedia», El Paraíso, dedicado a Cangrande, en la Biblioteca Capitular. En la época de Dante, esta biblioteca, una de las más antiguas del mundo, ya tenía casi mil años de historia. Está situada junto al Duomo, y en sus estantes se conservan valiosos manuscritos sobre la historia de la ciudad y de la Iglesia. La primera vez que la visité fue en una excursión escolar, y me llamó mucho la atención la «Iconografía Rateriana», un dibujo datado del siglo XIII y considerado el primer plano ilustrado de Verona que hoy se puede encontrar reproducido en muchas tiendas de recuerdos.

En la «Divina Comedia» aparecen numerosas señales que dan fe de las largas temporadas que Dante pasó en Verona. En El Infierno se habla del Palio del Paño Verde, una carrera de caballos por las calles de la ciudad que es más antigua que el famoso Palio de Siena. Esta celebración, que fue abolida durante la dominación francesa de la ciudad, se recuperó en el año 2008 con motivo del 600.º aniversario de su primera edición, y se celebra cada año entre febrero y marzo.

Por otro lado, en un terceto del Purgatorio se hace referencia a las familias Montecchi y Cappelletti, cuya rivalidad entre las estrechas calles de Verona sirvió de marco a la tragedia de William Shakespeare sobre el amor prohibido pero inmortal entre un cierto Romeo Montesco y su enamorada Julieta Capuleto. Pero esa es otra historia…

Desde hace unos quince años, hay un pequeño barrio de los suburbios de Verona famoso en toda Italia y en el mundo – al menos entre los apasionados de fútbol. Se llama Chievo y se encuentra en la parte noroeste de la ciudad, que limita con el ferrocarril que lleva a Trento.

Durante muchos años, la única cosa digna de atención para el visitante fue el pintoresco puente – dique sobre el río Adige, construido entre 1920 y 1923 y aún hoy peatonal, desde el que se pueden admirar de cerca los tabiques de hierro que protegen la ciudad de posibles inundaciones y desde el que se ramifica el Canal Camuzzoni.

Más tarde, en 2000, todo ha cambiado. Ese año, de hecho, la Asociación Deportiva Chievo Verona – para todos, simplemente, el Chievo – fue ascendida a la serie A, la primera división del campeonato italiano de fútbol. Un logro construido en dos décadas de paciente y constante mejora en las ligas menores. Pero nadie en ese momento podía imaginar que ese equipo de barrio como tantos otros hubiese podido llegar tan lejos.

“Pasará a la serie A cuando los burros vuelen”, se burlaban los aficionados del Hellas Verona, el primer equipo de la ciudad y el único “provinciano” del fútbol italiano que ganó un campeonato, en 1985, en la era del fútbol moderno. Y es así que cuando el Chievo asciende y todos los periódicos hablan del “cuento de hadas”, los artéfices de ese milagro deportivo se ganan un apodo que les queda para siempre: “Mussi Volanti” (Hocicos Voladores).

La “fábula” del Chievo dura desde entonces. Con excepción de un solo descenso a la serie B, reparado al año siguiente con un ascenso inmediato, el Chievo se ha convertido en una de las presencias estables de la Liga de Primera División. A menudo lucha en las posiciones inferiores, pero hay años en los que se quita más de una satisfacción: tal vez ganándole al Juventus o al Inter. Un año se clasificó incluso en la ronda preliminar de la Liga de Campeones, la máxima competición del fútbol europeo.

Sin embargo, quien piensa que al llegar a Chievo, se respira la atmòsfera de un barrio loco por el fútbol quedará descepcionado. La verdad es que el barrio no ha cambiado mucho desde que, cuando yo era un niño, me llevaban a ver el dique con los patos y cisnes que nadaban en las plácidas aguas antes de la presa. O bien a pasear por el espléndido parque de Villa Pullè, magnífica pero decadente residencia en estilo neoclásico del siglo XVIII. O a explorar el fuerte habsbúrgico en perfecto estado de conservación.

El centro del barrio es siempre la pequeña plaza de la iglesia y los únicos signos distintivos de la epopeya del Chievo son una pequeña tienda de merchandising del equipo y la bandera colgando fuera del bar de la calle Berardi, histórico lugar de encuentro de los aficionados. Después de todo, es esta normalidad aparente que vuelve único un lugar como Chievo y una de las razones del éxito de su equipo: muchos de los jugadores de fútbol que pasaron por aquí siempre han hecho hincapié en que este es un gran lugar para jugar, por la ausencia casi completa de presiones.

En realidad, una cosa ha cambiado en Chievo. Basta seguir las indicaciones para  “Bottagisio” para descubrirlo. El que una vez era el histórico campo de entrenamiento del Chievo desde 1957, cuando todavía jugaba en las ligas provinciales y regionales, hoy es un centro deportivo multidisciplinar de vanguardia. Una serie de campos de juego en césped sintético son el terreno de entrenamiento de todos los equipos juveniles del Chievo. El sábado y el domingo tantos apasionados de fútbol recorren el hermoso carril de las bicicletas a lo largo del canal Camuzzoni y se paran aquí para ver jugar a los jóvenes talentos que en el futuro, quizás, llegarán a ser verdaderos futbolistas . La “fábula” del Chievo, después de todo, empieza aquí. 

La Arena es indiscutiblemente el símbolo de Verona, su monumento más querido y reconocible. Para los veroneses, forma parte de su identidad, y hasta el periódico de la ciudad se llama así. La Arena fue construida por los romanos en el siglo I d. C. y ha llegado hasta nuestros días en tan buen estado de conservación que cada verano acoge un festival de ópera y, en los últimos tiempos, conciertos de rock, pop y jazz, así como espectáculos de variedades y otros eventos. No obstante, a menudo se olvida lo que la Arena ha significado para Verona a lo largo de su milenaria historia y lo que puede representar para su futuro. He aquí cinco cosas que (probablemente) no sepas sobre esta joya declarada Patrimonio de la Humanidad.

1. La Arena se construyó fuera de Verona. Actualmente, la ubicación de la Arena se considera el centro de Verona, pero los romanos la erigieron fuera de las murallas de la ciudad. De hecho, en la parte posterior del anfiteatro aún se puede ver un pequeño tramo de fortificación romana de unos 10 metros de longitud. Lo que no ha cambiado es que siempre ha tenido una función principalmente lúdica: espectáculos de gladiadores, naumaquias, etc.

2. Con las piedras de la Arena se reconstruyó buena parte de la ciudad. En su origen, la Arena estaba rodeada por un anillo exterior decorado con estatuas del que actualmente solo queda una pequeña parte (llamada el «ala») que sobrevivió al terremoto que sacudió la ciudad en el año 1117. En lugar de reconstruir el monumento, los veroneses de entonces utilizaron los escombros y las piedras calcáreas de la Arena para reconstruir sus casas, que habían quedado destruidas tras el seísmo.

3. La Arena también se utilizó como almacén. El Arco dei Gavi, coetáneo de la Arena, era un escenográfico monumento situado en la principal vía de acceso a la ciudad (parte de la antigua vía Postumia), a poca distancia de la puerta Borsari. Cuando Napoleón conquistó Verona en 1805, lo consideró un obstáculo para la entrada de sus convoyes y lo mandó destruir. Las piedras estuvieron apiladas bajo los arcos de la Arena hasta 1932, cuando fue reconstruido junto al Castelvecchio.

4. Quieren cubrir la Arena. La primera restauración de la Arena fue llevada a cabo en el siglo XVI. La manutención del monumento cuesta hoy en día millones de euros cada año, y para protegerlo de la lluvia (pero también para poder utilizarlo para acoger espectáculos en invierno), el Ayuntamiento de Verona tiene previsto lanzar un concurso de ideas para equiparlo con una cubierta móvil, una noticia que ha dado mucho de qué hablar en la ciudad.

5. El otro lado de la Arena. La Arena es famosa en todo el mundo por el festival de ópera que alberga en verano, pero su orquesta es protagonista el resto del año en el Teatro Filarmónico, en cuya cartelera figuran óperas, conciertos de música clásica y espectáculos de ballet.

Si pienso en una experiencia verdaderamente única que se pueda vivir en mi ciudad, me viene a la cabeza una en concreto: asistir a la representación de una ópera en la Arena de Verona. E incluso si no sabes nada de lírica, si no sabes distinguir un barítono de un soprano, si nunca has oído hablar de Verdi, Puccini o Donizetti, hay mil y una razones para no dejar escapar esa oportunidad.

Normalmente, la ópera se representa en los teatros. Y sin embargo, desde hace más de cien años cada verano esta arena romana con dos mil años de historia se convierte en el escenario de uno de los festivales líricos más famosos del mundo. Frente a miles de espectadores (hasta 13.000 cuando se agotan las entradas), sin un techo encima, los cantantes tienen que hacer llegar su voz hasta las últimas gradas sin la ayuda de micrófonos.

Este marco espectacular tiene también una gran ventaja: el escenario es muy grande y, por lo tanto, permite imponentes escenografías. Los directores (como Franco Zeffirelli, que desde hace años dirige Carmen de Bizet) pueden realizar reconstrucciones a escala real de palacios y pirámides (como en el caso de la Aída de Verdi, ambientada en el Antiguo Egipto), y utilizando un gran número de comparsas.

La producción de un espectáculo de la Arena es un gran esfuerzo colectivo que emplea a miles de personas, no solo en el ámbito artístico. Al cumplir los 18, como muchos chicos de mi edad, yo mismo trabajé durante algunos años para el festival lírico de la Arena. Llevaba un esmoquin y todas las noches me colocaba en la cancela número 1, la que da acceso a la platea, para controlar las entradas.

Hay decenas de vigilantes de seguridad, enfermeros de urgencias (a menudo hay personas que se sienten indispuestas por el fuerte calor), vendedores. Y después, fundamentales, los técnicos y tramoyistas: a ellos les toca desmontar cada noche las complejas escenografías de la ópera recién representada y preparar las de la noche siguiente, a tiempo para la subida del telón.

Además, la chácena es una ciudad dentro de la ciudad. Un pequeño ejército compuesto por encargados de vestuario, maquilladores y diseñadores trabaja a pleno ritmo para que los artistas siempre estén perfectos en escena, desde el punto de vista estético. Después les toca a ellos dar lo mejor de sí mismos desde el punto de vista de la interpretación, sobre un escenario que en las últimas décadas han pisado todas las grandes estrellas de la lírica, desde Maria Callas a Luciano Pavarotti, desde Plácido Domingo a José Carreras.

Las entradas de la Arena se dividen principalmente en dos categorías: las numeradas y las no numeradas. Las primeras pueden ser muy caras, pero al estar más cerca del escenario permiten ver y oír mejor. Además los espectadores pueden llegar incluso pocos minutos antes del inicio del espectáculo.

Las entradas no numeradas tienen precios más populares, pero hay que estar preparados. Hay que hacer cola desde la tarde si se quieren conseguir los mejores asientos. Y hay que considerar que las gradas de piedra, después de todo un día bajo el sol de julio y agosto, pueden ser especialmente abrasadoras (por este motivo, en el interior se alquilan cojines). Dicho esto, desde las gradas, a pesar de estar más alejadas del escenario, se tiene una vista espectacular del anfiteatro y la acústica a menudo es óptima.

El sol y el calor no son la principal amenaza para los espectadores de la Arena, sino la lluvia. Cuando cae la primera gota, la orquesta deja de tocar y los músicos corren a cubierto para proteger sus valiosos instrumentos. Cuando deja de llover, la representación se reanuda donde se había interrumpido, a menos que la tormenta no sea pasajera: en ese caso, el espectáculo se anula y se devuelve el dinero de las entradas.

La lluvia en la Arena puede ser una experiencia bastante frustrante, pero no hay que ser fatalistas y armarse de paciencia. Puede ocurrir que haya que esperar hasta bien entrada la noche antes de oír el famoso coro del Nabucco, «Va pensiero, sull’ali dorate…». Pero seguramente habrá valido la pena.

Aunque perdiese de repente la noción del tiempo, seguro que reconocería la inminente llegada de la temporada navideña por un detalle inconfundible. Si mientras paseo por Piazza Bra veo la enorme estrella cometa fijada al suelo, con la cola que describe un gran arco que desaparece dentro de la Arena, solo me viene un pensamiento a la cabeza: ya está aquí la Navidad.

La Stella de Piazza Bra es el símbolo indiscutible de la Navidad en Verona junto a la tradicional muestra de los belenes, que se desarrolla en el interior de la Arena y que este año cumple 32 ediciones. Mis padres me llevaban siempre de pequeño y, para refugiarme del frío invernal, me pegaba a los escaparates y me quedaba mirando anonadado los arroyos y las cascadas que presidían bucólicas escenas rurales con pastores, artesanos y herreros.  Ahora que soy padre, veo el mismo asombro en los ojos de los niños.

Por lo que respecta a las compras, el principal atractivo navideño de Verona en los últimos años es un producto de importación. Se trata de los puestos del mercado de la ciudad alemana de Núremberg, que ocupan Piazza dei Signori, una de las más bellas de las muchas que tiene la ciudad. Adornos navideños, dulces, salchichas a la plancha, etc. Todo ello en un clima de fiesta, y de confusión. El mercado ha logrado un éxito increíble y ha conseguido que Verona se llene de gente que visita la ciudad en Navidad solamente para verlo.

Sin embargo, yo prefiero otros puestos que me traen recuerdos de la infancia: los de la fiesta de Santa Lucía, que se celebra el 13 de diciembre y que para los niños veroneses equivale a Papá Noel. Mucha gente se queja de que los productos que se venden ya no son como los de antes, pero también hay que tener en cuenta que los gustos de los niños han cambiado. En cualquier caso, ahora que tengo una cierta edad, ya no voy para comprar juguetes, sino por motivos gastronómicos. Solo aquí, en Verona, me permito el capricho de comer ¡un «bombolone» frito!

Estas Navidades, mientras se pasea por Verona, uno se puede tropezar con dos exposiciones que vale realmente la pena visitar. La primera, dedicada al posimpresionismo en Europa, presenta obras de Van Gogh, Seurat y Mondrian, y ocupa el Palacio de la Gran Guardia, que da justo a Piazza Bra.

La segunda tiene lugar en el Palacio Forti, que también es la sede del museo de la ópera AMO, y dedica una muestra monográfica a Tamara de Lempicka, una pintora de origen ruso que alcanzó el éxito en los años 20 en París gracias a sus obras elegantes, modernas y transgresoras, entre las que destacan numerosos desnudos de algunas de sus amantes.

En cualquier caso, lo que más me gusta de la Navidad en mi ciudad no son ni los mercadillos ni las exposiciones, sino el ambiente que se respira en el centro, que se anima con la gente que busca desesperadamente un regalo, los amigos que se reúnen en las cafeterías para desearse felices fiestas y las familias que pasean disfrutando de las luces y los adornos. Bajo la estrella de Piazza Bra, todo el mundo parece mejor.

Uno de mis lugares preferidos de Verona está situado en una callejuela cerca de la Catedral, llamada via San Giacomo alla Pigna. Desde aquí, una de las zonas medievales mejor conservadas de la ciudad, se accede a la pequeña plaza de una iglesia románica desconsagrada.

No hay otro lugar como este, según mi humilde opinión, que transmita de manera tan directa el pasado de Verona. Por desgracia (o acaso por suerte) es una alegría reservada a pocos, por lo general la puerta metálica que da sobre la calle está cerrada y solo se puede adivinar qué hay más allá, espiando a través de la red.

Esta pequeña joya en el corazón de Verona, sin embargo, es accesible a todo el mundo durante el Tocatì, el festival de juegos de calle que, desde hace más de diez años, revive el inicio del otoño en la ciudad.

No hay otro evento en Verona que permita vivir realmente la ciudad – y sobre todos sus plazas, incluso las más escondidas – como el Tocatì, que no por casualidad está experimentado una popularidad creciente año tras año, con decenas de miles de visitantes.

La filosofía de este festival, cuyo nombre deriva de una expresión dialectal que significa “Te toca a ti”, es al mismo tiempo muy simple y muy original. En épocas en las que hasta los juegos, al igual que la mayor parte de nuestras vidas, son “virtuales”, en las que los mejores amigos de los niños son cada vez más la pantalla de un teléfono móvil o un ordenador, el Tocatì ha apostado por los juegos antiguos, esos de antaño, los juegos de calle, ahora olvidados, casi extinguidos, pero no por eso menos encantadores si se crea el entorno justo para que los aprecien los niños y los jóvenes de hoy.

En ese contexto es justamente el casco histórico de Verona que, durante un fin de semana, se convierte en “ciudad abierta” a los juegos tradicionales. Tratándose además de un festival internacional, cada año se celebra un hermanamiento con un país o una región diferente del mundo, y en las plazas de la ciudad se practican incluso los juegos tradicionales de esos lugares (los últimos han sido de México, Hungría, Cataluña y China).

Por supuesto, yo soy un aficionado de los juegos de la tradición italiana y, sobre todo, de la tradición de Verona. El más famoso (y practicado) de todos es el “s-cianco” (que en italiano se llama comúnmente “lippa”). Es un juego muy antiguo, con más de 4 mil años de historia: con un bastón se levanta del suelo una pequeña pieza de madera curvada y luego se la golpea en el aire, haciéndola volar lo más lejos posible. El equipo oponente debe volver a lanzarla hacia atrás haciéndola caer en un área bien definida, con el fin de eliminar al bateador.

Hay decenas de este tipo de juegos, por los que los adultos se vuelven locos aun más que los niños y jóvenes. La Associazione Giochi Antichi di Verona, formada totalmente por voluntarios, los ha catalogado con carácter casi filológico: porque el Tocatì es el punto culminante de un trabajo de investigación profundo que involucra incluso universidades y escuelas.

Pero el Tocatì, que puede ser la oportunidad de disfrutar de una ciudad diferente de la de los lugares turísticos más famosos, no vive solo de juegos. Y la pequeña plaza de la calle San Giacomo alla Pigna, donde durante el Tocatì se instala la “Osteria del Gioco”  (“Taberna del Juego), no es el único rincón por descubrir.

Otro lugar que durante el Tocatì se transforma è lungadige San Giorgio. Desde este paseo peatonal a lo largo del río Adige, entre el puente Garibaldi y el puente Pietra, se disfruta tal vez de la vista más bella de la antigua ciudad, con la colina de San Pedro en el fondo. Por lo general es un sitio tranquilo, adonde los veroneses van a correr o a pasear el perro. Pero en los días del festival, al ponerse el sol, se vuelve el lugar más concurrido de la ciudad: es aquí, de hecho, donde la gente se encuentra para cenar como en una gran fiesta popular, con platos y tentempiés estrictamente tradicionales.

Y ahora “te toca a ti”, porque al final de cuentas el mensaje del Tocatì es que el juego es fuente de conocimiento, cultura, intercambio, descubrimiento. Una lección sempre actual, no solo durante los cuatro días del festival.

Florida tiene Disneyland. Dinamarca, Legoland. Y en Italia, tenemos Gardaland. Junto al Lago de Garda, a aproximadamente veinte kilómetros de Verona, se encuentra el parque de atracciones más famoso de toda Italia, el cual además es un destino elegido por millones de turistas, entre los que no todos son niños. Y es que esta región se ha convertido con el tiempo en un auténtico lugar de ocio apto para grandes y pequeños.

Cuando era niño, me hacía muchísima ilusión que mis padres me llevaran a este parque. Y ahora que soy padre, reconozco esa misma emoción en los ojos de mi hija. Una vez llegamos a la zona de la entrada, todas esas sensaciones culminan al reconocer la silueta de “Prezzemolo”, el simpático dragón que es, a la vez, el símbolo y la mascota del parque. Y es justo al atravesar la puerta del castillo con la que nos adentramos en este mundo de fantasía, cuando me asaltan los recuerdos más felices de mi infancia.

Podría decir que en mi época Gardaland era mucho más pequeño que ahora y, sin embargo, a mí me parecía gigantesco. En aquel entonces, las principales atracciones eran un tren que atravesaba veloz un paisaje del lejano oeste mientras esquivaba rocas que se precipitaban en caída libre y huía de los asaltos de los indios, y una canoa que se adentraba en un escenario con una atmósfera selvática.

Hace poco volví a Gardaland, esta vez como acompañante, y busqué esas atracciones sin éxito. Ya no existen. Las atracciones actuales son mucho más espectaculares y emocionantes y, además, incorporan una tecnología mucho más avanzada. Podemos subirnos en montañas rusas que alcanzan alturas vertiginosas para enseguida caer en picado entre inversiones y curvas en espiral. También nos podemos aventurar en canoas que descienden por rápidos y cascadas. O podemos divertirnos en atracciones que simulan caídas libres.

Hubo un tiempo en que el eslogan “el sueño de un niño es ir Gardaland” recogía a la perfección el espíritu del parque. Aún recuerdo como si fuese ayer la ansiosa espera antes de que se inaugurara la atracción Ramses, inspirada en el antiguo Egipto. Hoy en día, el parque ha sabido adaptarse también a las exigencias del público adulto, al que le gusta experimentar las emociones de los deportes extremos por un día.

Sin embargo, los niños siguen siendo sin duda los verdaderos protagonistas de Gardaland. Incluso los más pequeños ahora pueden disfrutar de atracciones mucho más sofisticadas. Con una ambientación de fantasía y con Prezzemolo como anfitrión, existe una zona del parque reservada en su totalidad a los niños, incluso para aquellos de menos de un metro de altura que, gracias a una norma del parque aún vigente en la actualidad, entran gratis. Entre los trenecitos, avionetas, juegos de agua y otras divertidas atracciones, no resulta nada fácil elegir por dónde empezar.

Con el paso del tiempo han ido apareciendo cerca de Gardaland otros parques de atracciones. Uno de los más conocidos es Caneva Aquapark, un parque de atracciones acuático lleno de rampas y toboganes situado a pocos kilómetros al norte de Gardaland. En este caso el objetivo también es alcanzar más velocidad y llevar a límite las emociones, por lo que se construyen toboganes cada vez más rápidos.

Al lado del parque acuático también se ha abierto MovieLand, un enorme parque de atracciones con una temática cinematográfica en la que además de la escalofriante casa del terror o el simulador del submarino U-571 reconstruido a escala 1:1, se pueden vivir en directo algunas escenas inconfundibles de películas de acción, como una persecución de coches y motos con tiroteos incluidos a través de las calles de San Francisco en los años 70.

Cuando recuerdo las cosas que más ilusión me hacían de pequeño, el único lugar capaz de competir con Gardaland era el Parco Natura Viva, situado en Pastrengo, a medio camino entre Verona y el Lago de Garda. En aquella época era un simple zoológico safari donde se podían ver animales exóticos como leones, elefantes o hipopótamos en semilibertad, en un entorno que replicaba su hábitat natural. Hoy en día el parque ha evolucionado y se ha convertido en uno de los zoológicos más importantes dedicados a la protección de especies en vías de extinción. Entre los proyectos de conservación más importantes destacan los del panda rojo, el ibis eremita, el bisonte europeo o el leopardo de las nieves. Y cada vez que se produce un nuevo nacimiento, el parque lo celebra por todo lo alto.

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