Entre las cumbres de Sierra Nevada y el Mediterráneo, la Alpujarra granadina es un territorio de barrancos, bancales y pueblos blancos que se aferran a las laderas. Su geografía también ha dado forma a una cocina muy reconocible.
Jamones curados en el aire de la montaña, embutidos, quesos, miel, platos contundentes y vinos nacidos en viñedos de altura. Recorrer la comarca siguiendo sus sabores es una buena excusa para enlazar pueblos, productores y paisajes, desde el Barranco de Poqueira hasta Trevélez y las laderas vitivinícolas de la Contraviesa. Si ya conoces la vertiente más activa de esta zona —en Volare hemos recorrido anteriormente algunas de las mejores escapadas de naturaleza desde Granada—, esta vez te proponemos descubrirla de otra manera: con apetito.
Primera parada: Lanjarón, la puerta de entrada
A unos 45 kilómetros de Granada, Lanjarón es una excelente primera parada antes de adentrarse en la Alpujarra. Conocido por sus aguas mineromedicinales y su tradición balnearia, el pueblo marca también el comienzo de un paisaje en el que cada curva de la carretera parece alejarnos un poco más de la ciudad. Aquí el agua forma parte de la identidad local desde hace siglos. Puedes pasear entre fuentes, acercarte a su histórico balneario —que utiliza las aguas de seis manantiales— o descubrir una experiencia bastante más inesperada: una cata de aguas mineromedicinales, comparando aguas de diferentes manantiales y sus características. Al fin y al cabo, si durante este viaje vamos a catar vino y jamón, ¿por qué no hacer también una cata de agua?
La relación de Lanjarón con el agua ha terminado incluso formando parte de sus celebraciones: cada mes de junio celebra sus populares Fiestas del Agua y del Jamón, una combinación que resume bastante bien el carácter del pueblo. Y para quienes prefieran bajar el ritmo, siempre queda la opción de dedicar unas horas al balneario antes de continuar hacia los pueblos de montaña.
Completa la parada con algunos de los productos típicos de la zona: pan, aceite de oliva, quesos, miel, almendras, embutidos y dulces que todavía aparecen en pequeñas tiendas y despensas locales.

Pampaneira, Bubión y Capileira: sentarse a la mesa en el Barranco de Poqueira
La carretera continúa hasta uno de los paisajes más reconocibles de la comarca: el Barranco de Poqueira, donde Pampaneira, Bubión y Capileira se suceden escalonados en la montaña. Casas encaladas, tejados planos, tinaos, chimeneas y acequias conforman una arquitectura tan característica que el paseo entre pueblos merece por sí solo la excursión. Pero conviene dejar espacio también para comer.
Aquí tendrás que probar inevitablemente el famoso plato alpujarreño, probablemente la mejor síntesis de la cocina de montaña local: patatas a lo pobre, huevo, jamón, chorizo y morcilla, con pequeñas variaciones según el establecimiento. No es precisamente un almuerzo ligero, pero tampoco pretende serlo.

Alrededor de este plato hay todo un repertorio de cocina tradicional: migas, sopas, potajes, carnes, embutidos y guisos, especialmente apetecibles cuando bajan las temperaturas. Son sabores que conectan directamente con la cocina serrana que también encontramos al recorrer Sierra Nevada, aunque aquí el contexto es mucho más rural.
Trevélez: el pueblo donde el jamón forma parte del paisaje
Si hay un producto indisociable de la Alpujarra, es el Jamon de Trevélez. Su nombre está protegido por una Indicación Geográfica Protegida y el producto cuenta con reconocimiento europeo desde 2005.
El pueblo de Trevélez está situado a gran altitud, en la ladera de Sierra Nevada, y sus condiciones naturales han favorecido históricamente el secado y la maduración del jamón. Paseando por sus tres barrios —Bajo, Medio y Alto— es difícil olvidar cuál es el producto estrella: jamonerías, secaderos y tiendas acompañan las calles empinadas del pueblo. Aquí merece la pena hacer algo más que pedir una tabla de jamón. Visitar un secadero permite descubrir cómo influyen el aire y las condiciones de la montaña en el proceso de curación y entender por qué un producto aparentemente sencillo está tan ligado a un lugar concreto.

Y después, por supuesto, toca probarlo. Mejor solo, cortado fino y sin demasiadas distracciones.
Más allá del jamón: quesos, miel y despensas de montaña
El jamón se lleva buena parte de la fama, pero limitar la gastronomía alpujarreña a él sería quedarse a medias. En tiendas y mercados encontrarás quesos artesanos de cabra y oveja, miel, almendras, aceite, conservas, mermeladas y embutidos. Muchos son productos fáciles de llevar a casa y constituyen un recuerdo bastante más interesante —y sabroso— que el souvenir habitual.
También merece la pena prestar atención a la repostería. Como sucede en otras zonas de Andalucía oriental, la almendra, la miel y las masas fritas o horneadas tienen una presencia importante en los dulces tradicionales. La oferta cambia de un pueblo a otro, así que una buena estrategia consiste simplemente en entrar en la panadería que encontremos por el camino y preguntar qué es típico de allí.
La Contraviesa: viñedos en las laderas de la Alpujarra
Después de los pueblos más altos llega otro paisaje. Entre Sierra Nevada y el Mediterráneo se extiende la Contraviesa, una sucesión de laderas secas y soleadas donde la vid forma parte del paisaje desde hace siglos. Aquí se encuentra la subzona vitivinícola Contraviesa-Alpujarra, integrada dentro de la zona protegida de los vinos de Granada y formada por municipios como Cádiar, Albondón, Murtas, Torvizcón o Ugíjar. Es probablemente una de las partes menos conocidas de una escapada a la Alpujarra y, precisamente por eso, una de las más interesantes.
En lugar de grandes extensiones de viñedo perfectamente alineadas, encontramos parcelas adaptadas a un terreno abrupto, bodegas pequeñas y carreteras que ascienden y descienden constantemente. Algunas bodegas ofrecen visitas y degustaciones, por lo que merece la pena consultar previamente horarios y reservar.

Probar un vino aquí tiene además un atractivo añadido: en algunos puntos de la Contraviesa se intuye el Mediterráneo mientras Sierra Nevada queda a nuestra espalda. Pocos paisajes explican tan bien la extraordinaria geografía de la provincia de Granada.
De la montaña al Mediterráneo
Precisamente esa proximidad permite prolongar la ruta gastronómica hacia un territorio completamente diferente. Desde la Alpujarra se puede descender hacia la Costa Tropical, donde los jamones, guisos y vinos de montaña dejan paso a pescados, mariscos y cultivos subtropicales como el aguacate, el mango o la chirimoya. Si dispones de varios días, puedes combinar ambos paisajes. En nuestra ruta por la Costa Tropical de Granada encontrarás ideas para continuar hasta Motril, Salobreña, Almuñécar o La Herradura.
En pocos kilómetros, el viaje pasa así del jamón curado por el aire de la montaña a una mesa frente al Mediterráneo.
Una ruta gastronómica de dos días por la Alpujarra
Si el objetivo es combinar pueblos, paisaje y gastronomía sin pasar todo el viaje dentro del coche, dos días son una buena introducción.
Día 1: Granada – Lanjarón – Pampaneira – Bubión – Capileira. Sal temprano desde Granada y haz una primera parada en Lanjarón. Continúa después hacia el Barranco de Poqueira, recorriendo sus tres pueblos con calma. Reserva el almuerzo para probar cocina alpujarreña y pasa la noche en la zona. Si tienes tiempo, reserva también unas horas para caminar. La red de senderos de la Alpujarra permite combinar fácilmente la ruta gastronómica con paseos entre barrancos, acequias y pueblos, y alojarse en una casa rural es una buena manera de alargar la experiencia más allá de las visitas del día. Aquí el plan funciona especialmente bien cuando se alternan las mesas con el aire libre: caminar por la mañana, comer sin prisas y terminar el día en alguno de sus pequeños alojamientos rurales.
Día 2: Capileira – Trevélez – Cádiar – Contraviesa. Dedica la mañana a Trevélez y, si es posible, visita un secadero de jamón. Después continúa hacia Cádiar y la Contraviesa para conocer la cara vinícola de la comarca. Si vas a visitar una bodega, reserva previamente y recuerda que conductor y cata no hacen buena pareja.
Con un tercer día se puede continuar hacia la Costa Tropical o regresar a Granada haciendo pequeñas paradas por el camino.

Cuándo viajar a la Alpujarra para comer bien
La respuesta corta sería: prácticamente todo el año, aunque cada estación cambia bastante la experiencia. La primavera y el otoño son especialmente agradables para combinar pueblos, senderos y gastronomía sin el frío del invierno ni las temperaturas más altas del verano. En otoño, además, el paisaje se transforma: castaños y otros árboles de hoja caduca introducen tonos amarillos, ocres y rojizos entre las laderas, convirtiendo los paseos y senderos en un atractivo más del viaje. Es también una estación que encaja especialmente bien con el carácter de la cocina alpujarreña: guisos, migas, embutidos, vino y sobremesas largas después de una mañana al aire libre.
En invierno, la montaña muestra su cara más auténtica y los platos contundentes encuentran su momento perfecto. En verano, en cambio, conviene madrugar, aprovechar las temperaturas generalmente más frescas de los pueblos altos y reservar las horas centrales para una comida sin prisas.
Y esa puede ser precisamente la mejor manera de descubrir la Alpujarra. No ir únicamente en busca del pueblo más bonito ni del mirador más fotografiado, sino dejar que cada parada tenga también un sabor. Un plato de migas, unas lonchas de jamón, un queso comprado directamente al productor o una copa de vino de la Contraviesa cuentan tanto sobre estas montañas como sus casas blancas y sus barrancos.
Porque en la Alpujarra, el paisaje también se come.