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Hace algunas semanas recibí una grata visita del extranjero de un amigo al que hacía tiempo que no veía. Ya se había quedado varias veces conmigo en Verona, así que no me quedaba mucho que enseñarle en cuanto a monumentos, museos, restaurantes típicos o recorridos por las bodegas. Todo visto y digerido. Así que intenté mostrarle algunas cosas nuevas que están sucediendo en la ciudad y que los veroneses aprecian especialmente.

Mi amigo llegaba entrada la noche al aeropuerto, así que pensé en llevarlo a tomar algo. Hacía tiempo que había oído hablar de un nuevo bar de copas llamado Soda Jerk, abierto siempre hasta tarde pero tan pequeño y frecuentado que hay que reservar siempre. Pensé que sería una buena oportunidad para probarlo. Es un lugar fascinante. Fuera no hay cartel, la única forma de echar un vistazo dentro es una pequeña ventanilla. La puerta está cerrada y para entrar hay que llamar al timbre. Por eso, una vez que entras, parece que forma parte de una sociedad secreta, compuesta de estudiosos de cócteles, que en este lugar son pequeñas obras de arte.

Al día siguiente, le organicé a mi amigo una visita a la bodega de vinos Pasqua, a las afueras de Verona. Lo especial de este lugar es que, además de degustar una amplia gama de vinos de la casa, te dan la posibilidad de crear tu propio vino, con la compañía y el asesoramiento de un enólogo. Nosotros elegimos una base de uva corvina (la variedad típica de Valpolicella) y la mezclamos oportunamente con uva Cabernet y Merlot. Salió una mezcla irrepetible. Y ahora conservo la botella con mi nombre y el tapón sellado de lacre para las mejores ocasiones.

Tema comida: en los últimos tiempos, han abierto muchos locales en Verona que proponen una cocina creativa pero hecha a partir de ingredientes de la zona. Tuvimos tiempo de probar un par de ellos. El primero es una hamburguesería muy moderna, cerca del teatro Romano, que se llama Buns. Además de que todos los ingredientes son locales, desde la carne al queso (todo procedente de ganaderías de la Lessinia, las montañas al norte de Verona), sus recetas también se inspiran en la tradición: por ejemplo, nosotros probamos una hamburguesa marinada en vino Amarone. El otro lugar es Tapasotto, un bistró abierto en el centro por el chef más famoso de Verona, Giancarlo Perbellini que, a través de un estilo similar a un bar de tapas, propone algunas de sus creaciones a precios muy asequibles. Recuerdo especialmente un tartar de caballo y una fritura de alcachofas.

Por la noche, fuimos a oír un poco de música en directo. Cuando era niño, Verona estaba llena de pequeños locales en los que se organizaban de vez en cuando conciertos. Con el tiempo fueron desapareciendo debido a las protestas de los residentes y a favor de otras actividades más rentables, como locales de comida rápida o pizzerías. Por ese motivo recibí como un soplo de aire fresco la inauguración del Cohen (dedicado a Leonard Cohen, el cantautor canadiense que murió en noviembre de 2016), cerca de plaza Corrubbio, una zona al abrigo del centro que está viviendo un resurgimiento. En él la música es un miembro más, sobre todo los fines de semana (haz clic aquí para ver el programa): en el escenario se alternan sobre todo grupos de folk, country y jazz. Lo mejor que puedes hacer es reservar una mesa en la balconada y ver la interpretación desde arriba con un vaso en la mano. Aunque también merece la pena explorar los detalles del local, desde su mercadillo de vinilos usados a los menús que están impresos con las tapas de grandes discos del pasado.

Mi amigo se quedó muy satisfecho con su fin de semana veronés, muy diferente de lo que se había imaginado. Y poco antes de irse me dio las gracias diciéndome «No me imaginaba para nada que hubiera lugares así en Verona».

Uno de los muchos ritos a los que los veroneses no renuncian nunca es a salir al centro el fin de semana, sobre todo el sábado por la tarde. Recorren de arriba abajo la calle principal de tiendas, vía Mazzini, donde a menudo hay tanta gente que hay que moverse a ciegas, como si se estuviera braceando en el agua. Ya sea para ver escaparates o para comprar, los veroneses quedan para tomar una copa con los amigos y terminar la noche con una botella de vino y una buena cena en un restaurante.

Mi sábado por la tarde personal y típico es algo diferente, pero no demasiado. Normalmente empiezo mi ruta por el centro en Dischi Volanti. Hace años, cuando era un niño, la ciudad estaba llena de tiendas de discos independientes, que más tarde desaparecieron con la revolución digital. Todas menos una. Y hay más de una razón para explicar la supervivencia de este cuchitril abarrotado de discos hasta el último rincón: siempre se ha centrado mucho en los vinilos (que hoy se han vuelto poderosamente de moda), incluso en el momento de pleno apogeo de los CD, y se encuentran rarezas que ni siquiera en Internet están disponibles.

Tras salir de la tienda con algo nuevo para escuchar, toca tomar un café. Por suerte, estamos a dos pasos del mejor lugar de la ciudad para disfrutar de un espresso: Tubino (todos los veroneses lo conocen con este nombre, aunque hoy se llama Caffè Borsari). También es un local minúsculo, donde te tienes que beber el café de pie a menos que tengas suerte y encuentres libre una de las tres sillas disponibles. Este negocio es un verdadero y auténtico templo laico del café. Y aunque lo sirvan de miles de formas, a mí me gusta tomarlo negro, hirviendo y sin azúcar, para saborearlo mejor y hasta el fondo.

Cuando llega la hora de cenar, si no es ninguna ocasión especial, me gusta tomarme una pizza con los míos. Verona, como muchas ciudades del norte de Italia con una numerosa comunidad del sur, dispone de una excelente oferta de pizzerías napolitanas. Hay muchas buenas (Leone, Bella Napoli), pero la más famosa y antigua de la ciudad es la pizzería Da Salvatore. También en este caso se trata de un local más bien pequeño en el que hay que esperar un rato para encontrar sitio. Su reputación es merecida, tanto por la decoración (sobre todo las mesitas de resina transparente, pequeñas obras de arte) como por la calidad de las pizzas que, sin embargo, en la carta son “no modificables”.

Si me apetece escuchar algo de música, hay una parada obligatoria muy cerca de la Arena. Le Cantine es una cervecería que recuerda a algunos clubes de jazz de Nueva York. Hay que subir una empinada escalera para acceder al local con bóvedas de ladrillo, en el que se ve enseguida un escenario en el que actúan continuamente algunos de los mejores músicos que pasan por Verona, de jazz, blues, rock, a menudo en torrenciales jam sessions. Las noches de música en directo suelen ser los martes, los viernes y los domingos por la tarde. La especialidad de la casa es la carne a la parrilla, con una espléndida barbacoa a la vista.

Para la clásica última copa no conozco un lugar mejor en Verona que el Frizzante Lab, un local aparentemente anónimo cerca del teatro Ristori. Aquí un cóctel no es una bebida para tomar entre una patata frita y otra; es una pequeña obra de arte que descubrir y saborear, dedicándole el tiempo necesario. Me gusta sentarme en la barra, explorar la magnífica carta en busca de lo que mejor interprete el momento y observar cómo los camareros lo preparan, como si fueran dos chefs en una cocina a la vista. No hay forma mejor de terminar una noche en Verona. Me bebo el último sorbo y sé que de verdad me puedo ir a la cama satisfecho.

 

 

Hace algunos años, un amigo me introdujo en una actividad deportiva, como mínimo, original. En vez de ir a correr a un parque o jugar un partido de tenis o de fútbol, nos veíamos un par de veces a la semana en la orilla del Adigio para dar un paseo en canoa antes de ir al trabajo por la mañana.

Nunca antes había tenido en mis manos una piragua y la primera impresión no había sido de las más sencillas. Íbamos siempre con la rigurosa compañía de un instructor desde la vieja dársena de la antigua aduana y remontábamos la corriente, puente tras puente, hasta el Ponte Pietra, que era insalvable para unos piragüistas aficionados como nosotros por la presencia de rápidos.

Más de una vez he volcado la canoa por un error en una maniobra; más de una vez he tenido que nadar en las gélidas aguas del río agarrado a la canoa volcada intentando llevarla a la orilla para después salir al agua de nuevo por enésima vez.

Esa experiencia, que a pesar de todo recuerdo con afecto, no desató en mí el amor por la canoa, para la que no creo tener grandes capacidades. Pero sí que hizo que me enamorara de mi ciudad vista desde el río. El centro histórico de Verona está rodeado por tres de sus lados por el Adigio, que está presente de forma continua. Pero desde abajo en la superficie del agua, la perspectiva es completamente distinta, inédita incluso para los que han nacido y crecido en Verona y creen que la conocen bien. Es como ver otra ciudad: compacta, con esos edificios de colores, las torres y los campanarios en fila y en perpendicular sobre los márgenes del río, como un largo y sinuoso horizonte, difícil de describir con palabras hasta que no lo ves con tus propios ojos.

En su paso por Verona, el Adigio, que es el segundo río más grande de Italia después del Po, por sus corrientes y su caudal, parece más bien un gran torrente que alterna tramos especialmente tranquilos con otros algo más salvajes. Su naturaleza no permite instalar un servicio de transporte fluvial como el de Londres o Paris, pero no hay que ser piragüista para saborear la emoción de un paseo por sus aguas.

El punto de partida para explorar el Adigio es sin duda alguna el Canoa Club Verona en la nueva sede del centro deportivo del Bottagisio, un centro construido recientemente y la más importante de todas las instalaciones deportivas de la ciudad. Una asociación organiza desde este punto excursiones de rafting, adaptadas a piragüistas mayores de tres años. Es un recorrido de gran valor paisajístico y también cultural, ya que se explica –en italiano y en inglés– todo lo que hay que saber sobre la historia de la navegación de este río, sobre los puentes que lo cruzan y sobre la relación de la ciudad con su curso de agua.

El recorrido de la ciudad no es el único lugar espectacular en el Adigio para un paseo en bote. De hecho, la misma asociación organiza también excursiones en su tramo más al norte (con salida del pueblo de Dolcè y llegada a Pescantina), donde resulta especialmente sugerente el cruce del estrechamiento del Ceraino, en el que el río serpentea por una serie de curvas ante las paredes rocosas del desfiladero, con la apariencia de un auténtico y verdadero cañón. Para los apasionados, precisamente en este tramo se organiza cada año la Maratón del Adigio que, junto con las frenéticas carreras, permite que los aficionados también se reúnan con sus canoas para un gran día de fiesta.

Durante siglos, la República de Venecia ejerció su dominio marítimo, sin embargo, uno de sus legados más importantes, y rasgo distintivo en la actualidad del paisaje de la región, lo constituye el conjunto formado por unas cinco mil villas venecianas diseminadas por sus territorios en tierra firme, algunas de las cuales son hoy por hoy patrimonio de la Unesco.

De entre dichas villas venecianas, concebidas como residencias de los grandes terratenientes de la época y a menudo construidas en un estilo neoclásico que evoca el de las villas de los señores de la antigua Roma, las más bellas y famosas son las de la provincia de Vicenza y las de la Riviera del Brenta, diseñadas por el arquitecto más prestigioso de aquel período: Andrea Palladio.

También en los alrededores de Verona es posible admirar numerosos ejemplos de villas venecianas. Me gusta particularmente detenerme en aquellas en las que se puede combinar fácilmente un recorrido cultural con uno enogastronómico. De hecho, algunas de las más famosas empresas vinícolas de la provincia de Verona cuentan con su sede representativa, o incluso con la bodega propiamente dicha, en este tipo de residencias.

Una de las villas que he frecuentado más en los últimos años es la Villa de la Torre en Fumane. Adquirida recientemente por la familia Allegrini, propietaria de la homónima bodega de la Valpolicella, se utiliza para recepciones y eventos culturales, pero vale la pena visitarla en cualquier circunstancia. Construida en el siglo XVI a partir de un proyecto en el que colaboraron dos «súperestrellas» de la época, como Giulio Romano y Michele Sanmicheli, su principal particularidad es la originalidad de su planta, que recuerda a las tradicionales domus patrizie, con un gran patio central que permite el acceso a los distintos ambientes. La propiedad se encuentra rodeada de viñedos donde se producen algunos de los mejores vinos de Allegrini.

A poca distancia, en el municipio de Gargagnago, tiene su sede, en una magnífica villa veneciana, otro de los grandes del vino de la Valpolicella: se trata de Masi, primer productor de Amarone, que tiene aquí su casa de huéspedes y su Wine Shop. La residencia en cuestión es la Villa Serego Alighieri, que lleva el nombre de una familia descendiente del «sumo poeta» italiano Dante Alighieri, que vivió durante varios años en Verona tras ser exiliado de Florencia. La villa, que data del siglo XIV y que fue ampliada posteriormente en varias fases, presenta una serie de salones con frescos y estucos, así como un magnífico y cuidadísimo jardín a la italiana, desde donde se puede admirar la gran finca agrícola en la que se cultiva la vid desde la época medieval.

Merece una mención especial la villa Mosconi Bertani (también conocida como Villa Novare), la villa más famosa e importante de la Valpolicella, aunque solo sea porque precisamente en esta bodega fue donde se inventó el célebre vino Amarone. Se encuentra en el valle de Negrar, también en la Valpolicella, y su construcción se remonta a la segunda mitad del siglo XVIII. Se trata de una villa de clara inspiración paladiana, con una impresionante fachada neoclásica, amplios salones adornados con frescos y un jardín inglés de impronta romántica por donde han paseado en busca de inspiración poetas del calibre de Hipólito Pindemonte y Ugo Foscolo. En el interior de la villa, hoy propiedad de la familia Bertani (otra conocida bodega de la Valpolicella), se encuentra una de las bodegas vinícolas más antiguas de Italia y aún en activo: precisamente aquí, en 1932, fue acuñado el término Amarone para definir ese vino producido mediante una técnica particular para la fabricación de uvas pasas y que, décadas después, alcanzaría fama mundial.

A pocos kilómetros al sur de Verona, Mantua conserva intacta la rica herencia de los Gonzaga, llena de plazas y edificios magníficos, y su importante tradición gastronómica. Además, la capital italiana de la cultura 2016 también es un popular destino para ir de compras.

Mantua fue nombrada hace poco capital de la cultura italiana para el año 2016. Un reconocimiento justo para la ciudad que acoge un festival de literatura de proyección internacional, que se desarrolla de forma anual el mes de septiembre en las plazas y los teatros. Pero por supuesto siempre hay un motivo para visitar esta ciudad al sur de Verona, a la que se puede llegar en tren o por autopista.

Desde el punto de vista geográfico y arquitectónico, Mantua es una pequeña joya. Llegando por el oeste, se la ve sobresaliendo como una isla. Si Verona está envuelta en el meandro del río Adigio, tres lados de Mantua están rodeados por los lagos formados por el río Mincio, que nace en el Lago de Garda y continúa su camino hasta desembocar en el Po. Estos espejos de agua contribuyen a aislar el centro histórico de todo lo que hay alrededor, hasta el punto de que el perímetro de la ciudad está fortificado por los muros.

De esta manera, si entras a Mantua por el Castillo de San Giorgio, tendrás la impresión de cruzar el umbral a un mundo aparte. Lo que aguarda al visitante es una sucesión de plazas magníficas y de edificios majestuosos, fruto en gran parte de la huella de los Gonzaga, la histórica familia que gobernó la ciudad durante cinco siglos.

La histórica residencia de los Gonzaga, el Palacio Ducal, es famoso sobre todo por la Camera degli Sposi, con una bóveda decorada con frescos del gran pintor Andrea Mantegna, el ciudadano más célebre de Mantua después del poeta latino Virgilio. Sin embargo, mi lugar preferido de Mantua está algo al sur del centro, a un cuarto de hora a pie desde la céntrica Plaza Sordello. Es el Palacio del Té, un oasis de paz y de maravillas artísticas realizado en el siglo XVI por el célebre arquitecto italiano Giulio Romano.

Visitar el Palacio del Té es como entrar en una pinacoteca. Solo que, en este caso, no hay cuadros en las paredes; los cuadros… son las paredes. Todas las habitaciones están completamente llenas de frescos, con escenas clásicas extraídas de la mitología griega, desde la sala de «Eros y Psique» hasta la «Caída de los gigantes», la que cuenta con una escenografía más espectacular para mi gusto. Si hace buen tiempo, se puede disfrutar también del parque que hay alrededor, un lugar ideal incluso para ir de pícnic.

Y hablando de comida: lo que hace que una visita a Mantua sea especialmente placentera es también su rica tradición gastronómica. Mantua forma parte de la región de Lombardía y tiene una fuerte influencia de la tradición emiliana. Así, en sus restaurantes y trattorias, puedes degustar tortelli de calabaza, tallarines, carnes estofadas y hervidas, pescado de agua dulce además del postre más típico de la ciudad, la sbrisolona, una tarta de pastaflora a base de almendras.

Mis amigos mantuanos me han aconsejado algunos lugares típicos de la ciudad para comer, y entre ellos el que más me ha impresionado ─y no solo por su peculiar nombre─ es el restaurante Quattro Tette (Cuatro Tetas en español): recetas sencillas, raciones abundantes, mesas compartidas y módicos precios, todo ello en una atmósfera muy familiar. El único problema es que solo abre dos horas (desde las 12.30 hasta las 14.30) y no acepta reservas, así que hay que tener paciencia.

A menudo voy a Mantua sin pisar siquiera la ciudad. El motivo es el Mantova Outlet Village, una verdadera y auténtica villa del shopping justo fuera de la salida de la autopista, con decenas y decenas de tiendas de grandes marcas con un gran surtido de prendas a precios competitivos.

Antes de Navidad y con motivo de las rebajas de fin de temporada, el Outlet se llena de miles de personas y se forman largas filas de coches justo fuera de la estación de peaje. En esos casos, mejor renunciar al shopping y dirigirse al centro de Mantua: dejo el coche en el aparcamiento de Sparafucile, recorro a pie el puente de San Giorgio y me sumerjo en la ciudad, un oasis de paz a salvo del frenesí y la confusión.

Verona no es solo la Arena, Castelvecchio o el Teatro Romano. Y no hay nada mejor que entrar en uno de los museos de la ciudad para darse cuenta. Tal vez los cinco que incluimos en la lista de abajo no sean los más famosos y visitados de la ciudad, pero son seguramente los más originales.

Galería de Arte Moderno

La mayor parte de los turistas pasa por aquí para acceder a la Torre dei Lamberti, desde donde se puede contemplar la vista más bonita de la ciudad. Sin embargo sería un error ignorar la Galería de Arte Moderno, que expone obras pertenecientes a importantes colecciones privadas y que posteriormente fueron donadas a la ciudad y llegan hasta las grandes vanguardias del siglo XX. El continente es tan importante como el contenido: el museo está ubicado en el Palazzo della Ragione que fue el tribunal de la ciudad desde la Edad Media hasta los años 80 del siglo XX. La restauración, finalizada en 2007, permite respirar ahora la historia del lugar. Y desde sus ventanas se ven algunos de los rincones más bonitos de Verona, en Piazza Erbe y en el patio del Mercato Vecchio.

Centro Internacional de Fotografía

Este espacio expositivo en Scavi Scaligeri, en el corazón de Verona, merecería una visita aunque estuviera vacío. Se encuentra en los subterráneos de un importante complejo medieval entre los restos arqueológicos de una antigua ciudad romana con mosaicos preciosos. En esta localización única se organizan exposiciones de fotografía de óptimo nivel. Hace algunos años, por ejemplo, vi aquí una exposición monográfica sobre Robert Capa que contaba con imágenes la historia del siglo XX. Por desgracia el centro permanecerá cerrado hasta el próximo 15 de mayo de 2016 por obras, así que apuntad esa fecha en el calendario.

Museo de Frescos

Normalmente los frescos decoran los edificios o las iglesias donde han sido encargados y pintados. Pero visitando este museo, que volvió a abrir hace poco con un nuevo itinerario expositivo, se descubre que durante un par de siglos (desde el XVIII hasta el XX) se tenía la costumbre de «arrancarlos» de las paredes para exponerlos en sitios diferentes. Una notable selección de frescos se encuentra en este museo, dedicado a un importante historiador del arte del siglo XIX, Giovanni Battista Cavalcaselle, en el mismo edificio que alberga la tumba de Julieta. Los frescos son de dos periodos principales, Edad Media y Renacimiento. Espectacular, desde el punto de vista escenográfico, el ciclo del desfile a caballo de Carlos V y Clemente VII.

Museo de Historia Natural

Es un museo de viejo estilo en un edificio histórico frente al río Adige, con los restos custodiados en grandes tablones de madera, a lo largo de pasillos algo tétricos y paneles amarillentos y antiguos. A la espera de un futuro traslado programado a una localización más moderna, esta decoración de estilo dieciochesco le da una fascinación vintage.  La verdadera joya del museo es la colección de fósiles, buena parte de ellos procedentes de la «Pesciara di Bolca», uno de los yacimientos de fósiles más grandes del mundo de la época terciaria, que se encuentra en las colinas al este de Verona. La variedad de peces es impresionante, tanto por la cantidad como por el estado de conservación. Aunque, desde el punto de vista escenográfico, los árboles y las plantas que superan los tres metros de altura crean una especie de bosque petrificado que es insuperable. En cambio, la gran sección faunística con los animales embalsamados es la preferida por los niños de todas las edades.

Museo Nicolis

Se encuentra en Villafranca, una ciudad a una decena de kilómetros al sur de Verona, cerca del aeropuerto Catullo. A pesar de que no soy un gran apasionado del mundo del motor, siempre me ha fascinado este museo nacido por el impulso de un industrial, Luciano Nicolis, que era un gran apasionado de los coches y las motos de época.  La exposición hace justicia a su increíble colección de los primerísimos modelos de Fiat, Ferrari, Isotta Fraschini, Alfa Romeo, Lancia. Y además hay algunas joyas que valen ellas solas el precio de la entrada, como el triciclo a gasolina construido en 1885 por Karl Benz, pionero de los primeros automóviles, o el DeLorean Dmc 12, que se hizo famoso como «máquina del tiempo» en la trilogía «Regreso al Futuro» de Robert Zemeckis.

Hace poco que ha terminado la Primera Guerra Mundial. Italia está entre las naciones vencedoras de un conflicto que ha destrozado Europa. Pero es una victoria amarga, no solo por las enormes pérdidas humanas. Muchos territorios limítrofes habitados por italianos se han perdido también. «Victoria nuestra, no te mutilarán», promete el famoso poeta Gabriele D’Annunzio.

Hay que tener en cuenta este contexto histórico cuando se visita el Vittoriale degli Italiani, la gran casa-museo que D’Annunzio mandó construir en los años veinte del siglo XX en la orilla occidental del lago de Garda, en el pueblo de Gardone Riviera.

D’Annunzio era un personaje muy famoso en esa época, y no solo por sus méritos literarios. Sus aventuras románticas eran de sobra conocidas, así como sus vuelos demostrativos y temerarios (tenía el certificado de aviador). Animó a que Italia entrara en la guerra, combatió y resultó herido. Después del armisticio intentó conquistar la ciudad de Fiume, cedida a Yugoslavia (Rijeka, hoy en Croacia).

El Vittoriale fue construido precisamente para celebrar lo que D’Annunzio consideraba su «vida inimitable» y, al mismo tiempo, para glorificar el gran pasado de la Italia finalmente vencedora pero «humillada» por el conflicto mundial.

La primera vez que estuve en el Vittoriale yo era un niño y me quedé con la boca abierta. ¿En qué otra villa del mundo hay una buque militar en el jardín? ¿O un avión suspendido de la cúpula de un auditorio (el mismo con el que D’Annunzio sobrevoló Viena lanzando manifiestos en los que se leía «Viva Italia»)? ¿O incluso un teatro al aire libre, con forma semicircular, como los de los antiguos romanos, con vistas al lago?

¿Y qué decir del interior de la casa? Todas las habitaciones tienen un nombre sonoro («habitación de la música», «habitación del mapamundi») donde cada centímetro cuadrado de espacio está cubierto de objetos: libros, cuadros, esculturas, prensa, fotografías, adornos, muebles, alfombras, jarrones. Incluso el baño parece un museo. Siempre me he preguntado cómo una sola persona pudo conseguir acumular tal cantidad de objetos en una sola vida.

Si estás en Verona, el Vittoriale no está exactamente a la vuelta de la esquina. Está a unos setenta kilómetros, la mitad de ellos a lo largo de una carretera provincial que suele tener mucho tráfico. Pero hay un atajo muy pintoresco.

De hecho, desde Torri del Benaco, en la orilla veronesa del lago, hay un ferry (equipado para el transporte de automóviles) que, en unos veinte minutos, lleva a la orilla opuesta, atracando en el pueblo de Toscolano Maderno. Desde allí a Gardone Riviera hay solo cuatro kilómetros, en dirección al sur.

¿Pero por qué limitarse al Vittoriale? Una vez que estás en la otra orilla, puedes aprovechar la ocasión para explorar un tramo de costa precioso, con montañas que – a medida que se continúa hacia el norte – están cada vez más sumergidas en el agua. Hay quien lo compara, por su belleza, con la costa Amalfitana.

Una de mis metas preferidas por esta zona es Gargnano, a pocos kilómetros al norte del atraque del ferry. Un pueblecito pintoresco, con cafeterías y restaurantes que dan al puerto, donde la especialidad es el pescado de agua dulce (empezando por el lucio) capturado en el lago.

Si tienes tiempo, puedes seguir hasta Limone sul Garda, la verdadera joya de este tramo de costa, donde desde hace siglos se practica el cultivo del limón más al norte de toda Europa, mérito del particular microclima del lugar. Pero hay otra particularidad que hace famoso a este pueblecito aislado durante siglos, hasta la construcción de la carretera del Garda en los años treinta del siglo XX: la longevidad de sus habitantes.

De hecho se descubrió que los «limonesi» de verdad tienen en la sangre una proteína especial que disminuye el riesgo de dolencias relacionadas con la edad. Una especie de elixir de la vida que corre por su sangre. Por tanto, es por esto que el pueblo presume de un porcentaje de centenarios extraordinariamente superior a la media. Y es sin duda un buen sitio donde envejecer.

Verona es una ciudad que sabe embelesar por la belleza con que se muestra, por sus rincones pintorescos, sus animadas plazas, sus edificios majestuosos. Pero, al mismo tiempo, es también una ciudad que sabe esconder algunos de sus tesoros más preciados.

Esto es cierto, en concreto, cuando se trata del Jardín Giusti. Para mí ha sido un descubrimiento reciente. Es verdad, siempre había oído hablar de ello pero, al igual que muchos veroneses, nunca había estado allí y no sabía muy bien ni dónde se estaba. Quien lo había visto me lo contaba con grandes hipérboles, como una joya. Y yo me decía: «¿Es posible que algo tan poco conocido sea tan extraordinario?».

Pues bien, la respuesta es sí. Es posible. Y la paradoja es que, probablemente, es más famoso en el resto del mundo que para los propios veroneses. Se quedaron cautivados personajes del calibre de Mozart y Goethe, que paseando por sus senderos bien cuidados, se quedó particularmente impresionado por los cipreses.

«Un árbol que desde abajo hasta la cumbre tiende hacia el cielo todas sus ramas, tanto las más antiguas como las más nuevas, y que vive sus buenos trescientos años, es verdaderamente venerable», anotó el escritor alemán a propósito de uno de los cipreses, conocido hoy como el «ciprés de Goethe».

Pero, antes de hablar del Jardín Giusti, es mejor ubicarlo, porque, como ya se ha dicho, puede escapar fácilmente a la vista. Para alcanzarlo, hay que dejar atrás el Teatro Romano y, con el río Adige a la derecha, hay que continuar por la izquierda en vía Santa Chiara. Tras un rato, la calle cambia de nombre y se convierte en vía Giardino Giusti. Y precisamente aquí, en un edificio renacentista en la calle, se accede a través de un atrio del siglo XVI.

Desde fuera, nada deja percibir aquello que se desvela una vez dentro. Se trata de un prestigioso jardín del siglo XVI a la italiana, cuyo eje central está constituido por una imponente avenida de cipreses que conduce a una escalinata que lleva a una cueva excavada en la roca. Encima de ella, hay una terraza mirador desde la que se domina todo el jardín y se aprecia su diseño geométrico y los juegos de perspectiva que lo hacen parecer aún más grande de lo que es.

Merece de verdad la pena perderse en este jardín, que es también un pequeño museo al aire libre del arte renacentista y neoclásico. Así lo quiso el conde Agostino Giusti, un noble toscano que se había mudado a Verona y quiso recrear un oasis verde como los que había entonces en su Florencia natal, el primero de ellos el Boboli. Aprovechando la pendiente natural del terreno, se consiguieron las terrazas que permiten al jardín empinarse sobre la colina a sus espaldas y le dan su forma característica.

Entre los parterres floridos y los setos siempre bien cuidados, hay fuentes de mármol y estatuas que recuerdan a la mitología. Hay incluso un laberinto de setos de boj, que no será tan complicado como el del Minotauro, pero que todavía hoy es uno de los más antiguos de Europa. Y después, muchísimos rincones románticos y encantadores, que lo hacen una meta privilegiada para muchas parejas de enamorados.

El jardín Giusti se encuentra en el barrio de Veronetta, también lleno de sorpresas. Esta fue la primera zona de la ciudad en volverse de verdad multiétnica, con todo lo que resulta de ello en términos de tiendas y locales. Y es, al mismo tiempo, el barrio donde tiene sede la Universidad de Verona y donde viven, por lo tanto, la mayor parte de sus estudiantes.

Un punto de partida para explorar Veronetta es plaza Isolo, que se encuentra a cincuenta metros de la entrada del Jardín Giusti. Como dice el mismo nombre de la plaza, esta zona de la ciudad era una isla. Por la que hoy se llama vía del Interrato dell’Acqua Morta discurría un brazo del río Adige. En los tiempos de los condes, desde su precioso jardín, se oía el sonido del agua del río.

Los veroneses tienen el mar detrás de casa. Un mar que en realidad es un lago. El lago de Garda. El espejo de agua más grande de Italia. Siempre me ha parecido un gran privilegio vivir tan cerca de un lugar que millones de personas escogen para veranear. Es un lugar especial, de deslumbrante belleza, que sorprende siempre. Pero hay que conocer el Garda para poder deleitarse hasta el final, empezando por las playas.

La playa más famosa y bella del lago es la Baia delle Sirene (Bahía de las Sirenas), a pocos kilómetros al norte de la villa de Garda. Durante años, visitar este lugar mágico, sumergido en un bosque de olivos con una bahía de agua cristalina, ha sido una aventura. Había que aparcar en lugares prohibidos, al borde de la carretera, saltar una puerta o meterse en un agujero debajo de la valla, bajar por senderos pequeños y empinados antes de encontrarse en una especie de Paraíso.

Desde hace algunos años, la situación se ha reglamentado. Hay un aparcamiento de pago, y se paga también para entrar en la playa, equipada con tumbonas y servicios. El encanto salvaje del pasado se ha perdido un poco, pero el lugar ha ganado en limpieza y accesibilidad. Y la playa sigue siendo la misma, magnífica. Y, si estuviese muy concurrida, se puede optar siempre por un ambiente más recogido y refinado como Punta San Vigilio, a unos cientos de metros antes.

Un poco más al norte, justo después del promontorio de la Bahía de las Sirenas y poco antes de la localidad de Torri del Benaco, hay una playa ideal para quien busca tranquilidad y silencio. Desde la carretera Gardesana, se ve un simple cartel: Lido Brancolino. Bajando por las escaleras estrechas y empinadas uno se encuentra de pronto en un oasis de paz, equipado con tumbonas, duchas y bar.

Para acceder a estas playas se paga una modesta tarifa de entrada. Pero la mayor parte de las frecuentadas por los veroneses son libres. Una de las más conocidas es la llamada “Cavalla”, al comienzo de la Villa de Garda. Puede estar bastante concurrida, especialmente los fines de semana, pero un lugar para extender la toalla, antes de zambullirse en un baño refrescante, se encuentra casi siempre.

Siempre en Garda, hay al menos otros dos sitios dignos de tener en cuenta para quien, en una playa, busca también la música y la diversión. El primero es La Motta donde, alrededor de un quiosco que sirve bebidas y refrigerios, se reúne tanta gente para tomarse un aperitivo. El público aquí es muy joven y llena las fiestas que, sobre todo el viernes por la noche, son una de las especialidades de la casa. El segundo es el Lido, donde se reúne un público un poco más maduro, para bailar y escuchar música en vivo.

Una de las reglas no escritas del lago de Garda es que cuanto más se avanza hacia el norte, más fresca y transparente es el agua. Probar para creer, Bahía Stanca, justo después de Torri del Benaco: aquí el lago adquiere un color casi esmeralda y – en los días más diáfanos – parece casi tocar la otra orilla con un dedo. Desde aquí hasta Malcesine hay una sucesión de pequeñas playas rocosas, con una vista magnífica: el único problema es cuál escoger.

Una experiencia “gardesana”, sin embargo, no sería completa sin una parada, volviendo a casa, para un último aperitivo, para cenar o para desenfrenarse en una pista de baile. Muchos veroneses, con ese fin, se paran en el café La Pedrera, en Affi, justo antes de entrar en la autopista.

Una inmersión en el agua, una toalla y un cóctel al atardecer: desde este punto de vista, nosotros los veroneses tenemos realmente mucha suerte. Podemos veranear cada año sin tener que movernos de casa.

Es domingo por la mañana, un bonito día de sol. Cojo mi bicicleta y pedaleo a lo largo del río Adige. Es un pequeño rito, compartido por miles de veroneses. De hecho, todos los domingos el tramo de lungadige Attiraglio, entre el puente Catena y la zona de Parona, está cerrado al tráfico. De esta forma, la calle, en lugar de automóviles, se llena de personas a pie, en patines clásicos y en línea, monopatines y, sobre todo, de bicicletas.

Es un trayecto simple y escenográfico. Se bordea el río, en dirección contraria a la corriente. Se puede bajar también por la orilla, donde hay un camino excavado en contacto directo con el agua. Al seguir pedaleando, al rato aparecen a la izquierda las verdes colinas de la Valpolicella, al frente se ven las montañas.

Normalmente llego hasta el puente de la Diga del Chievo, un barrio en la parte noroeste de la ciudad. Lo atravieso y regreso a la ciudad por el precioso carril bici que zigzaguea por el canal Camuzzoni. El trayecto completo, entre ida y vuelta, es un anillo de casi una decena de kilómetros que permite conocer una Verona distinta, popular, rural.

Esta es solo una de las muchas rutas posibles de Verona para quien ama montar en bicicleta. Verona es una ciudad de amantes de la bicicleta, con muchísimos ciclistas. Al mismo tiempo, la bici se usa cada vez más para los traslados en la ciudad como alternativa al coche. En los últimos años, se han creado numerosos kilómetros de carril bici. Y precisamente ha abierto en Verona la exposición internacional de bicicletas más grande de todo el país, que tiene lugar en septiembre en los pabellones de la feria de Verona.

Otra de mis rutas preferidas en bici tiene que ver una vez más con el río, pero por el otro lado de la ciudad, en lo que llamamos Parco dell’Adige Sud. Se parte girando a la derecha tras atravesar el puente San Francesco, se atraviesa el picadero del Boschetto, y se recorre un carril de tierra pero bien definido que se adentra entre bosques, prados y campos cultivados.

Desde aquí, atravesando el puente de San Pancrazio, te puedes adentrar en una de las partes más remotas y desconocidas de Verona, aislada en una estrecha ensenada del Adige. No es casualidad que se construyera precisamente aquí, sobre 1549, el Lazzaretto, un lugar para poner en cuarentena a los enfermos contagiosos, a partir de la epidemia de peste, del que hoy sobrevive la capilla diseñada por el arquitecto neoclásico Sanmicheli.

Si prefieres algo más cerca del centro de la ciudad, puedes probar la embriaguez de aventurarte por la ruta que se eligió para dos ediciones de los mundiales de ciclismo en ruta, los de 1999 y 2004. Aquí hace falta una buena bicicleta con cambios, buenas reservas de agua y una condición física aún mejor, porque en algunas partes la cuesta es muy empinada.

Esta ruta atraviesa las Torricelle, las colinas cercanas a la ciudad, que se distinguen de bosques, fortalezas militares y rincones panorámicos. Se recorre vía Nievo y después se sigue por vía Castello San Felice, donde la carretera empieza a empinarse. Si te das cuenta de que la subida es muy dura, siempre puedes parar a mitad de camino, en el precioso Parco delle Colombare, perfecto para recuperar energías.

Sólo los más entrenados conseguirán recorrer las siete curvas de las Torricelle hasta la cima. En ese punto, se gira a la derecha por vía Caroto y se pedalea hacia la ciudad, saliendo al barrio de Veronetta: desde allí se puede volver cómodamente al centro histórico.

Si no tienes una bicicleta a mano, puedes alquilar una en una de las muchas estaciones de bicis públicas (bike sharing) que se instalaron en la ciudad hace algunos años. Y de esta forma, dejándote guiar por la curiosidad y por el instinto, podrás llegar a descubrir una ciudad nueva distinta de la que aparece en las postales, pero igualmente preciosa.

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