Arquitectura de una ciudad volcánica
Catania

Arquitectura de una ciudad volcánica

Autor: Luisa Santangelo

Lo primero que impresiona de Catania cuando se llega de fuera, me dicen, es que es una ciudad negra. Yo nunca me había parado a pensar en ello, visto que, habiendo crecido aquí, para mí ciertos colores eran absolutamente normales. Lo pensé cuando estaba en Edimburgo y, mientras charlaba con un amigo español (me gusta decirlo porque a veces la geografía sabe ser divertida), él me dijo «Catania, qué ciudad tan fea. He estado allí y no volvería nunca». Yo me quedé fatal. Porque, a pesar de reconocer todos sus defectos, estoy profundamente enamorada de mi ciudad. Tanto como para haberme quedado aquí cuando habría podido irme lejos.

Le pedí más explicaciones a mi amigo español. «Es una ciudad oscura –me dijo–. Todos esos edificios negros, todas esas calles negras, te hacen sentir angustia». Encima él, antes de visitar Catania, había estado en Ortigia, en Siracusa. Y Ortigia es el centro histórico blanco por excelencia. De un blanco tan puro que es casi cegador. Ortigia se abre al mar, es una especie de terraza. Catania es prácticamente todo lo contrario. Por lo que no es extraño que, viniendo de un lugar completamente diferente, la capital etnea pueda provocar un efecto particular. «Y, además, déjame que te lo diga –continuó mi amigo español–, no entendí para nada ese elefante en la plaza principal».

Reflexioné durante un tiempo sobre esta historia de mi Catania fea y oscura y decidí que, en realidad, mi amigo español no la había observado bien. Entendí que no se había parado lo suficiente. Porque en realidad Catania es oscura porque es negra como la lava del volcán en el que está ubicada. El Etna la expulsa roja e incandescente, pero cuando se seca se vuelve durísima y del color de la pez. Y los cataneses, a quienes se nos da muy bien transformar las desgracias en oportunidades, la hemos usado para construir allí los edificios que las catástrofes naturales nos han destruido periódicamente. Catania es negra porque está hecha de lava, y la hemos remodelado del mismo modo porque esa es su identidad y no podíamos cogerla y eliminarla.

Piazza Duomo, via Etnea, via Crociferi: los lugares simbólicos de la ciudad están construidos con los materiales que la montaña –para nosotros el volcán es una chica– nos ha dado. Después de haberlos destruido todas las veces que ha tenido la oportunidad. Y nosotros, pacientemente, los hemos reconstruido todas esas veces. Mejores que los anteriores. Por ejemplo, hay una cosa que a menudo se tiende a olvidar: el estilo con el que se construyó la Catania de hoy tiene un nombre propio. Se llama «barroco siciliano», con un marcada personalidad en la zona de Catania. En 1693 un terremoto derribó todo lo que pudo, y el estilo imponente con el que se levantaron después los edificios siempre me ha parecido un desafío. Algo así como: «¿Y ahora? ¿Crees de verdad que todo esto puede derrumbarse?».

Hasta ahora aguanta, y está allí. Oscuro, sí, gracias a la alternancia de la piedra lávica de la que hablábamos. Pero también tan lleno de significados escondidos en las formas. Por ejemplo, descubrí hace pocos días que las fachadas de las iglesias, cuando tienen curvas, hay que saber leerlas. Si la fachada es convexa, entonces es una iglesia dedicada a un personaje de sexo masculino. En cambio, si la fachada es cóncava, entonces la iglesia está dedicada a un personaje femenino. Una cuestión de iconografía, me dijo un experto en la materia. El vientre materno a un lado y la exuberancia masculina al otro. Un encaje perfecto que, después de haber oído hablar de él, empecé a buscar por las calles de la ciudad. Dos ejemplos: la iglesia de la Colegiata, en via Etnea. y la iglesia de San Michele ai Bianchi, en via Vittorio Emanuele. Que además, no hace falta decirlo, son también un bonito paisaje sin pensar demasiado en las ondas de la arquitectura.

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